LOS SUEÑOS SUEÑOS SON

por Antonio Rangel

Por Antonio Rangel

Tuvo casi la certeza de que estaba dentro de un sueño. Esto le sirvió para tranquilizarse y sentir una especie de respaldo metafísico. Pudo ver con detenimiento los instrumentos de extracción que sujetaban las mujeres: eran excesivos, demasiado plateados, extremadamente gruesos y de un tamaño absurdo. ¿Cómo alguien en el mundo real podría sacar muelas con esas armas? Además las cinco mujeres que amagaban con violar su boca con tales fierros eran conocidas suyas: una maestra de la secundaria, cuyo nombre tambaleaba en su memoria sin decidirse a caer o a esfumarse; una amiga de la universidad, a quien no veía desde hacía dos años; ninguna de las dos era dentista. Estaba también la prima de su novia que trabaja como enfermera, ella era la única un poco consistente con la sala de dentista en la que él se hallaba, sin embargo, tal chica no llevaba una bata blanca sino unos pantalones de mezclilla muy ajustados y un escote exactamente igual a la primera vez que la vio.

Sonrió porque pensó para sí mismo que definitivamente estaba en un sueño. Las otras dos mujeres tenían rostros que se difuminaban, como si fueran fotografías que no lograran revelarse. Quizá una era su tía y la otra una mujer que conoció en un viaje y con la que vivió un buen fin de semana. ¿Qué otra cosa podía ser si no era un sueño?

La supuesta prima lo anestesió con un golpe de las descomunales pinzas dentales que traía: sintió la humedad de la sangre bajando con lentitud desde su ceja. Quedó aturdido. ¿Hace cuánto que no tenía un sueño tan vívido? Luego oyó que con una voz que parecía no pertenecerle a la joven enfermera, le preguntaba si le gustaría vengarse dándole una nalgada. Pero como tardó en responder, pues su desconcierto proseguía, recibió otro golpe en otra zona de la cara, la cual cubrió con ambas manos temiendo una embestida.

Después, la maestra de escuela, quizá se llamaba Nayeli, le dijo que ya podía estar tranquilo, que se descubriera el rostro, que ella no le haría daño. El hombre miró las palmas de sus manos en cuanto las separó de su cara. Se sorprendió de que no estuvieran manchadas de sangre. Antes de que se preparara, Nayeli, o como se llamara, le había introducido un taladro y le destruía una muela. Comprendió que tenía piernas y brazos amarrados al sillón reclinable. Necesito despertar, se dijo, ¿qué diablos significa este sueño hijo de puta?

Su probable tía también se acercó, al verla de cerca notó que parecían sus facciones hechas de humo. ¿Qué pasa? Se atrevió a preguntarle. Tienes que perder tus tres dientes, ya te destruyeron uno y ahora te quitaré otro. Le metió los dedos a la boca, atenazó el incisivo central y de un tirón se lo voló. A pesar de que seguía creyendo que se trataba de un sueño, el hombre comenzó a llorar.

Su amiga de la universidad lo tomó de la mano, entre sus labios comenzaba a moverse un hilillo de sonrisa, no de burla, sino de coquetería. Vamos a huir, Pepe. Él no pudo responder ni articular palabra ni siquiera en su mente. Si me desnudas no voy a resistirme, dijo ella. Y él se dio cuenta que ya no estaba en el sillón de la tortura dental. A huevo es un sueño, dijo casi llorando, y ella decidió subir su falda desde la altura de la rodilla hasta la cintura.

Cuando me doy cuenta de que un sueño es un sueño puedo manipularlo. Pongo todo a mi favor y luego despierto. Sin embargo, mientras Pepe —si acaso así se llama— pensaba eso, paradójicamente sufría angustia. La piel la tenía de gallina, temblaba de frío, le palpitaba como una pelota demente el corazón. Pero la mujer seguía encuerándose, y estaba bonita.

Intentó hablar con ella. Helena, Helena, le dijo sin poder armar una frase. Luego con verdadero pavor se acercó la mano al aliento, la detuvo a muy corta distancia de la dentadura, cerró los ojos y dos instantes después, gritó como un niño de tres años. Quiso luego recobrarse, sin pensar con claridad, decía: me arrancaron los dientes, es que es el mismo sueño, y si no despierto, pesadilla no sueño, igual debo despertar, qué significa esto, qué cené, no recuerdo nada.

Parece que no te gusto. Dijo la mujer, casi desnuda: todavía tenía sus zapatos de tacón. Enseguida le dio una patada que le hizo perder otro par de dientes. Se arrastró por el suelo tras los dientes que botaron. Tembló y luego se contrajo y sus párpados se entrecerraban y sus dedos con mucha con rigidez se retorcían.

La otra mujer difusa, la del viaje, hizo un intento por calmarlo. Así que estaba de nuevo sobre el sillón reclinable, pero con herramientas dentales de tamaño y formas regulares.

 —Aunque estoy seguro de que esto es un sueño, no me siento consolado.

—¿Y si supieras que esto no es un sueño?

—Es horrible, me han destruido la boca, me quitaron los dientes.

—¿Es tan grave?

—Me da mucho miedo.

—¿Qué?

—No sé qué significa, pero me da mucho miedo.

—¿Recuerdas dónde nos conocimos?

—Sí, en Venezuela, justo después del fallido golpe de Estado contra Hugo Chávez, una asociación política me había invitado a Caracas, pero me escapé a Maracaibo y nos conocimos en un bar, no recuerdo su nombre, ni el nombre de la calle, sólo sé que está a la vuelta de un teatro, y en la esquina hay un semáforo demasiado alto, eso recuerdo, qué semáforo tan alto, nadie lo puede ver, entonces te vi, estabas enojada, luego te me quedaste viendo fijamente, luego bajaste, porque hay que bajar tres escalones para entrar al bar, y me dijiste con mucha seguridad que te invitaría esa noche todo lo que tú quisieras.

—¿Qué más recuerdas de mí?

—Eras psicóloga, especializada en niños, vivías sola porque tu madre había muerto. Estabas divorciada. Tu única hija había preferido vivir con su padre. Estuvimos desnudos muchas horas. Dos días. Tuve que volver a México. No te gustaba usar internet y… no sabía que en los sueños se puede recordar, quiero decir sin vivir o revivir, ¿si me explico?

—No. ¿Por qué crees que esto es un sueño?

—Nada tiene sentido, hay saltos en el tiempo y en el espacio: mira ahora este es mi departamento.

—¿Qué vas a hacer?

—Voy a intentar dormirme, me siento muy cansado, molido. Ojalá estuvieras conmigo en la vida real, quiero decir, entonces sacrificaría mi descanso con tal de hacerte unas caricias. Me vendría muy bien tu presencia, mis padres recientemente han muerto y para colmo perdí el trabajo. Al menos cuando despierte tendré mis dientes. ¿Por qué hay privilegios sólo soñados?

 Unas horas más tarde Pepe despertó: amarrado, con cuatro dientes menos y viendo frente a él otra vez los mismos instrumentos de tortura dental.

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La vida es sueño >> Óleo sobre lienzo >> Miguel Ángel Ojeda

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