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06 diciembre
2017
Ensayo Literatura
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LO PÚBLICO Y LO PRIVADO

Por Antonio Rangel

Yo cometo indiscreciones de un modo tan ingenuo que no suelo dar la impresión de ser cínico; aunque he sido acusado de serlo y, es cierto, los personajes cínicos me son simpáticos. Así que tampoco podría negar que cargo cierta dosis de cinismo.

Hace poco se me ocurrió que la maldad puede clasificarse en dos tipos: la maldad cínica y la maldad hipócrita. Tal vez por influencia católica es que prefiero a los cínicos sobre los hipócritas. Acaso sea el gusto por las armonías y las congruencias lo que me hace enfurecer contra las hipocresías y sonreír ante los cinismos.

La banalidad del mal, como bien ejemplifican los burócratas, no es cínica ni hipócrita, sino puramente obediente; pero detrás de la burocracia está la hipocresía estatal. El Estado se promueve como un defensor, un juez y un educador imparcial, que nos vigila, nos castiga y nos adoctrina por nuestro propio bien. No sólo el Estado,  cualquier autoridad comunitaria se ofrece como una organización desinteresada que procura el bien común y, dice, que con tales propósitos coarta la libertad de los individuos.

Hay un ámbito, o una esfera, en la que las autoridades no solían inmiscuirse: lo privado. Actualmente me parece que en México y en los países enfebrecidos por la sociabilidad virtual, tanto el Estado como diversos grupos ideológicos atacan y promueven ataques contra la mal amurallada esfera privada.

Ahora bien, ¿tenemos claro cómo se divide lo público y lo privado? ¿De dónde saco ese plural “tenemos”’?, ¿yo y quién más? Pues tú, lector, no te hagas. Porque yo, la verdad es que no lo tengo tan claro. Por eso precisamente comencé diciendo que suelo cometer indiscreciones.

Hace poquito comencé a pensar en esto de lo público y lo privado, y me di cuenta de que no tenía claro en qué momento se oculta información pública y, por lo tanto, se atenta contra el derecho a la información; ni en qué momento, por priorizar el traslado de información, se lesiona el derecho a la privacidad.

Quise hacer un experimento en Facebook: contestar todas las preguntas públicas que se me hicieran con total sinceridad. ¿Y las preguntas privadas las contestaría de igual forma? Tendría que ser muy cínico, muy valemadres o muy aburrido. Así que no: no las contestaría. ¿Pero lo público y lo privado están divididos solamente por lo que yo estoy dispuesto a revelar? No, por supuesto que no. Es público lo que en mi actuar afecte a otros individuos. Lo cual me conduce a preguntar, ¿hay algo que yo haga que sólo me afecte a mí mismo?

Para mí es claro que un socialista y un liberal tienen concepciones contrarias con respecto a lo que es público y lo que es privado. Por mi parte creo que sólo me he decantado por un lado u otro según mi propia conveniencia; ahora quiero comprender de qué lado estoy.

Por una parte, considero que es beneficioso que se ejerza el derecho a la información. Que sepamos quiénes dan las órdenes, quiénes las ejecutan y quiénes son consultados. Cuando las autoridades ocultan información dan lugar a la sospecha y, lamentablemente, también a la corrupción.

He leído y escuchado a mucha gente quejarse de la corrupción del PRI, sin que se den cuenta de que en su modo profesional de actuar ocultan información, buscan el beneficio personal a costa de sus compañeros y reparten discrecionalmente, en lo oscurito, prerrogativas a sus consentidos o a sus amistades. Así que esto no debe tenerse como una desgracia de un mal partido político y ni siquiera de toda la clase política. Deberíamos empezar a ver si esto no es idiosincrasia mexicana, si en nuestras familias no reproducimos el vicio de ocultar información, “que no vayan a andar diciendo”, “que esto es en corto entre tú y yo”, “que ya mejor no hay que platicar ahorita de esto”. No se puede esperar que la ciudadanía tome las decisiones más racionales y eficaces si la información está comprometida y es propiedad privada de unos cuantos. Dicho de otro modo, para que haya una república democrática eficiente la información debe respetar su naturaleza pública, y me parece que contribuiríamos a esto si en nuestra vida también fuéramos abiertos y transparentes, o por lo menos, mucho más de lo que hemos sido cargando continuamente con esas “máscaras mexicanas” que nombró Octavio Paz.

Sin embargo, ¿nuestra vida, pienso en el núcleo familiar, no es algo puramente privado? ¿Si comenzara ahora a decir que “lo personal es político” no estaría afirmando una antítesis bastante fea, además de irracional? Mi vida personal no es política. De ningún modo voy a aceptar la intervención del Estado en mi esfera privada. A ninguna autoridad le voy a permitir que se meta con mi vida sexual, con mis emociones ni con mis relaciones. Lo cual, por supuesto, me coloca en una zona liberal. No es casual que gobiernos socialistas se hayan afanado en el espionaje, piénsese en la Stasi, la KGB o los CDR. Si espiaban en ámbito privado era porque para el socialismo es importante aniquilar la individualidad y, por supuesto, les conviene hacer creer que todo es político para que todo quede controlado por la policía. Es el Estado socialista el que principalmente quiere decidir sobre cuestiones privadas: tu lugar de residencia, tus vacaciones, tus relaciones amorosas, la cantidad de hijos que debes tener, los amigos que debes tratar y demás.

“Lo personal es político” es un lema para coartar la libertad, para permitir que el gobierno patee la puerta de la esfera privada.

La cultura del siglo XXI ha sido, contrario a lo que el mundo cree, más socialista que liberal. Nos hemos acostumbrado a “publicar”, es decir a volver pública, nuestra vida privada en Facebook, en Twitter, en Ask, en Instagram. De esa manera yo puedo saber con quién come, con quién vive y de quién se enamora un funcionario público; pero no puedo saber sus planes estratégicos, su programa de acción ni los informes que elabora. Hemos llegado a esto: se custodia la información pública para que las políticas del gobierno en turno no sean cuestionadas antes de que se apliquen, a cambio de eso,  nos enteramos de información privada.

Hace poco en un jardín (que es el lugar idóneo para la educación), alguien me preguntó: ¿crees que si le cuentas a muchas personas algo que es muy tuyo vaya perdiendo valor? Lamentablemente no pude responder como lo merecía una pregunta tan interesante. Hoy tampoco puedo responder con la amplitud y la profundidad que espero tener algún día. Sin embargo, sé que debemos valorar lo que nuestros amigos nos confiesan a solas y ser discretos, porque nos están valorando al contarnos algo privado. Si yo puedo ser infidente con mi propia vida, pueden estar seguras mis amistades que no lo seré con la suyas. Lo personal es privado  y punto. El Estado no debe meterse en lo personal.

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