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14 septiembre
2017
Cuento Literatura Narrativa
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LA GRACIA AMARGA EN LAS ACEITUNAS DE ROMERO

Por Eleuterio Buenrostro

El cinco de septiembre de dos mil uno recibí una llamada que, debido a un zumbido en la línea, me ocasionó un problema auditivo, agravado por una punción en el pecho y una extraña sujeción cerebral. Al atender al teléfono, y escuchar lo que se me decía, deseaba, por salud mental, que todo aquello fuera un mal chiste. Los que conocen de estos trastornos dicen que sufro de una obsesión compulsiva. Que en ciertas circunstancias no sé soltar las emociones que llegan a afectarme. Que me aferro al pasado ―esa es la palabra―, y que es notorio al analizar la forma en que cuento los sucesos.

La primera vivencia en que experimenté el trastorno fue con mi padrastro, Manuelito Romero. Lo cierto es que yo no sabía que lo quería tanto, y no lo supe hasta que no lo conté entre los vivos. Mi Papá Manuelito ha sido la única persona verdaderamente libre y feliz que he conocido en mi vida. Era muy malo para contar chistes, bruto, pero lo malo era proporcional a lo que los disfrutaba como buenos. Manuelito Romero solía preguntar: “¿Sabes quién se murió?”, para lo cual había dos posibles respuestas, una era “se murió gente que antes no se había muerto” o “Benito Juárez”. En una ocasión en que intenté ganarle y respondí con las dos opciones me increpó muy serio, diciendo: “No. Se murió Fulano de Tal”. A las horas supe que no estaba mintiendo y que efectivamente, Fulano, el músico que vivió en la casa contigua, había muerto ese mismo día. Manuelito creía en los ovnis, en los sueños y en las premoniciones. Era fanático de los números y le gustaba descifrar señales. Jugaba a la Lotería Nacional y creía en la suerte. Un sueño supersticioso le había dictado que el año que visitara el medio oriente moriría; “por eso yo nunca voy a visitar esas tierras” declaraba en tono serio. Tenía su casa al este del puerto. Vivía en solitario, pues le gustaba su libertad. Cuidaba de un huerto de olivos que año con año le brindaban aceitunas, las cuales contaba y era capaz de decir cuántas había dado cada árbol y en qué fecha. Le gustaba hacer el proceso de cocido, en sosa cáustica, y regalarlas en frascos a quien se las pidiera. Las curtía con una técnica en la que era preciso utilizar las manos sin guantes, “para sentirlas y así saber si están en su punto” decía. A Manuelito Romero le precedía su buen corazón. Mucha gente se aprovechó de ello, pero él no tenía un pelo de tonto. Ayudaba y confiaba en las personas a sabiendas de que solemos fallar. Todo mundo lo reconocía en la calle y respondía con su distintivo saludo de peace and love. Era un trabajador sin cansancio y los mejores consejos que obtuve de su parte fueron encaminados a trabajar y a no tomar lo que fuera ajeno. La última vez que lo vi fue un año, aproximadamente, antes de su muerte. Habíamos pasado unos días, mi esposa y yo, en el puerto y estábamos a punto de regresar a la ciudad. Manuelito Romero esperó en casa de mi suegra, como nunca lo había hecho, y optó por quedarse hasta que partiéramos. Estaba sentado a la mesa con su característica taza de café en la mano. La gente con la que platicaba, y que lo conocía de años, le recordaba que él, Manuelito Romero, el de la Comisión Federal de Electricidad, era un hombre inmortal, pues lo habían visto sufrir caídas de postes altos y salir ileso. En aquella ocasión lucía delgado, acababa de salir de una enfermedad que lo mantenía débil. Yo me acercaba, tomándolo de la espalda, como medio abrazándolo, para hacerle saber que lo quería. En una de esas le di un beso en su pelo cano y corto. No era muy afecto a esas cosas, pero sonrió orgulloso. Nunca, cuando alguien salía de viaje, se despedía de mano, pues decía que se le figuraba que no lo volvería a ver. Ese día, el último que lo viera con vida, ya estando en el carro, volví la vista atrás y lo salude de lejos. De lejos como sí era posible, pues no me permitía quebrantar ninguna de sus locas ideas. Levantó su mano y el hombre de hierro, sonrisa en los labios, mi Padre, se despidió de lejos y yo, haciendo uso de mi trastorno, me puse a llorar compulsivamente.

 Al atender el teléfono, aquel cinco de septiembre de dos mil uno, me perturbó, como dije, un zumbido en la línea, el mismo que me ocasionó un dolor en el pecho, y que por años no pude asimilar mentalmente: Manuelito Romero, el hombre inmortal, había muerto. Sucedió en la madrugada. Seis días antes de que los del medio oriente vinieran a las torres gemelas. Se la había pasado haciendo aceitunas en el mismo cuarto en que dormía. Estuvo respirando el humor de la sosa cáustica. Salió de su casa contaminado. Tuvo un paro respiratorio. Lo encontraron en la calle, sobre su auto. Su auto sobre la banqueta. Inconsciente. Lograron recuperarlo un par de horas, pero la muerte fue inminente. El doctor dijo que la sangre la traía envenenada, que no había utilizado guantes para la preparación de sus aceitunas. Tres años tuvieron que pasar para que los acúfenos disminuyeran. Lo suficiente para asimilar que al hablar de su vida no debo excederme en nostalgia. Dicen, los que saben, que un recuerdo pasado se puede recordar, mas no debe doler en el presente, que están escindidos por un largo espacio; el recuerdo de su sonrisa, en aquella despedida, no me deja atravesar su espacio, sin dolor… Ahora, en honor de mi padre, Manuelito Romero, quiero contarme un mal chiste de los que algún día él me contó: ¿Sabes quién se murió?

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Vino y aceitunas >> Óleo (41 x 33 cm) >> Pilar Pradales

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