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31 enero
2016
Literatura Narrativa Relato
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LA ECUACIÓN FALLIDA EN EL HILO ROJO DEL DESTINO

Por Equum domitor

Sus ojos eran tan tristes que en una ocasión, sin saber por qué, lloré con sólo observarlos. Me hicieron sentir culpable, de algún modo, de un dolor que yo le causaría a futuro. Esos ojos tristes guardaban secretos que nunca pude conocer al cien por ciento. Pero Ella siempre fue así, misteriosa y triste, portadora de una sencillez natural y compasiva, que a la par de su porte la hacían una bruja muy bella.

La ecuación fallida del hilo rojoEn una ocasión que hicimos el amor descubrí su secreto. Al levantar su blusa vi una cinta roja con nudos que giraba alrededor de su cintura. Eran veintiún nudos que contenían trozos de ajo y del cual nunca supe su significado; me conformaba con decirle que estaba amarrado a Ella por el poder de su brujería. Y aun cuando no creía en supersticiones, siempre me dejé atrapar por su influjo; no uno gobernado por fuerzas ocultas, sino el de la gracia para sonreír y mantenerme enamorado.

El veintiuno fue nuestro número cabalístico, nos hicimos novios un veintiuno de enero, decidimos huir a mis veintiún años de edad, nos casamos al tiempo, un martes veintiuno, a nuestra hija la conocí un día después de nacida, en un día veintiuno; pero nunca nada en la réplica cíclica de ese número fue planeado, existía subyacente, marcando un punto en la casualidad.

Sería muy difícil exponer los altibajos de veintiún años de estar juntos, pero, a pesar de las vicisitudes, logramos ese día. En el rol que nos tocaba, Ella seguía siendo la bruja capaz de contener a un monstruo obsesivo compulsivo, y yo, el mismo monstruo que a la una de la tarde le mandaba un sincero te amo.

En la búsqueda de incógnitas que exaltaran nuestra historia, me topé con una leyenda que hablaba sobre la existencia de un hilo rojo invisible que conecta, desde el meñique derecho de cada persona, a aquellos que están destinados a encontrarse, sin importar tiempo, lugar o circunstancia. La deidad a cargo de la continuidad del hilo rojo se llama Yue Lao y vive en la luna. Según la leyenda, el hilo se puede estirar o contraer, pero nunca romperse. Esa historia encajaba perfectamente en nosotros, ya que hasta el habernos conocido era una casualidad infinita.

En el paso de los veintiún años de estar juntos, el tiempo transcurrió habitual. En una de sus noches, después de haber dejado a nuestra hija en el ballet, Ella me pidió que aparcara el auto, y así lo hice. Me dijo que necesitábamos jugar un Blackjack y que quería apostar algo importante. Mi corazón latió apresuradamente, pero acostumbrado a los desbalances del matrimonio acepté el reto. Fuimos a una sola partida y me ganó con tan sólo dos cartas; la suerte estaba de su lado. ¿De qué iba la apuesta?, pregunté temeroso al ver su mirada injuriosa. Enmudeció un instante y bajó la cabeza, como cuando le dije por primera vez que me había flechado y que estaba loco de amor por Ella. Necesito que me regreses el hilo rojo del destino, me dijo, y al escucharla sentí un golpe en mis oídos, con mayor fuerza en cada palabra, y experimenté el peor de los vértigos existenciales. Al verla en la oscuridad, observé su sombra debatida en un sollozo silente que le hacía convulsionarse.

Pero eso es imposible, le dije, el hilo no puede romperse. Mis palabras sonaban huecas. El dios lunar, Yue Lao, nos miraba a la distancia y sonreía. Ella me tomó de la mano, sabedora de mi condición ingenua, y la levantó a la altura de mis ojos para que notara que no poseo una tercera parte de mi dedo meñique derecho. El objeto faltante, y patrón de todas mis inseguridades, se hizo evidente; sentí un frío repentino sobre mi humanidad. Quiero respuestas, necesito respuestas, saber por qué está sucediendo esto, dije en la serenidad del abatimiento. Me miró lastimeramente, se notaba que estaba siendo difícil también para Ella. Se quitó sus ojos frente a mí, los puso sobre mis manos y pidió que me los pusiera. Insistió tanto, que terminé accediendo. Me quité los míos, y tomé los de Ella, incrustándolos en mis cuencas; después de un sobresalto pude ver fielmente su mundo.

En él no sólo observé el sufrimiento de su niñez, sino que pude sentirlo: el haber conocido a alguien hasta los doce años del cual fue separada, su vida sin padre y su nueva vida con un segundo padrastro que le lastimaba. Un sino imposible hasta que llegué a su encuentro, lo cual lo hizo más soportable, aunque no dejaba de ser una vida mala. La desposé a los dieciséis años. Yo era un posesivo que no le pidió permiso para tener un tesoro en casa. La vi llorar infinidad de veces por mi culpa, hasta que cansada y haciendo uso de su portento de bruja, bailó desnuda ante Yue Lao, quien admiró su danza sicalíptica mientras acariciaba su cabello en cola de caballo. Convinieron que había destruido mi dedo desde los ocho años y que no merecía el amor; lo sentí un recurso falso, pero utilizable. Seguí indagando en su vida y los secretos que escondían sus ojos tristes y me vi a mí mismo llorando por ellos, por este instante, en el pasado. Cuando fui a valorar la balanza, para saber si en algún punto me quiso lo que había amado a alguien más, me quitó sus ojos y no me permitió seguir ahondando en su vida.

Siento como si estuviera muriendo, le dije. La muerte por amor no existe, contestó, es sólo el sentimiento de ausencia de una vida que pasó a tu lado. En lo que resta, sentirás morir por más mujeres, hasta que te des cuenta de que lo único persistente es la soledad de tu ego. Cada uno de nosotros permanecerá en su existencia para buscar el vínculo idealizado nombrado amor. Tú en tu mundo yo en el mío, y en mi mundo tú estarás muerto y en el tuyo yo lo estaré, pero te aseguro que, a pesar de ello, los dos viviremos para continuar con nuestras vidas. Por eso es que ahora has desbordado en recuerdos. Es lo único que queda de sumar tiempo sin sentir amor, forma parte del desligamiento, me dijo, pero tu tiempo a mi lado ha culminado. Ahora es necesario que tanto tú como yo bebamos de la pócima de la separación, la que nunca pensaste beberías, ya que no tenías una vida pensada para ello, y veremos quién es el que sobrevive en esta farsa, dijo, enjugándose las lágrimas, y no me dio tiempo de reponer que yo la amaba.

Me tomó de la mano y me forzó a beber su brebaje y ella lo hizo al mismo tiempo. El líquido era amargo y difícil de tragar, venía acompañado de estrechez de angustia en garganta y pecho. Al intentar reaccionar había muerto en mi mundo, y quizá ahora estaba liberada desde el suyo, sin mí.

La vi tendida aun sobre el asiento, sus hermosas facciones no habían cejado a la muerte, permanecían para mi recuerdo. La tomé fuertemente, en un abrazo frío, en un último intento por recuperarla; pero su alma ya no estaba. Te sentías muerta porque nunca me amaste, ¿verdad?, le pregunté a su ausencia, pero no respondió a mi llanto ahogado; no respondió.

Quizá algunas cosas no hayan sucedido como las cuento, vinieron implícitas en imágenes vagas, ya que escribo desde el recuerdo que intensifica cada que subo al auto y siento su ausencia. Desde ese cambio repentino, de números que inician y terminan en mi vida, me siento incompleto. La constante que permanece es saber si a pesar de que Ella ahora ama a alguien más, en algún instante logró sentir amor por mí. El vacío en mi pecho es enorme y profundo, no se llena con tantas lágrimas. Si fuera cierto que la muerte de amor no existe, como Ella dijo, y siendo que aún respiro, quisiera saber ¿por qué, si este es mi mundo, siento que también en él estoy muerto?

***

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