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14 noviembre
2018
Crónica Literatura Relato
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JULIO CHÁVEZ LÓPEZ Y EL 68 DEL S. XIX

Por César Abraham Vega

La bruma chalquense se levantaba retadora ante los rifles del pelotón, del otro lado arropaba espectral y amorosamente al inerme cuerpo de Julio, parado, firme, ante uno de los muros de adobe de la Escuela del Rayo[i] que les servía de paredón a los militares; eran las diez de la mañana y el sol no aparecía; los cielos se cerraban sobre los bonetes marciales y parecía que irían a caer como puño nebuloso, tenaz y represor sobre estos… en cambio, comenzó llover; las muñecas de Julio lograron liberarse del mecate que le cortaba la circulación, algunas miradas en las caras de los soldados se llenaron de desazón, se llevó la mano al bolsillo del pantalón y sacó una ramita de pirúl atenazada entre los dedos, se arrancó la venda de los ojos con la diestra y con la siniestra se llevó el trozo de madera vieja a la boca y comenzó a mondarse los dientes con ella. Al tiempo que las balas salieron de los cañones, los ojos de Julio escupieron una mirada fragorosa como metralla que hizo titubear un par de fusiles y desviar las cargas de su objetivo dejando la munición clavada en la pared en lugar de en sus carnes; otra porción del plomo sí atinó a darle en el pecho, pero Julio no cayó, apenas hizo que retrocediera un paso que pronto recuperó, retomó su sitio inicial, se despejó el mechón de cabello que por la descarga le había caído sobre los ojos y antes de que la segunda ráfaga atronara se volvió a parar derecho y lanzó un grito que hizo a los militares subírseles los huevos a la garganta; Julio cayó, después su ‘gavilla’, pero el eco tremendo del “¡Viva el Socialismo! ¡Viva la Libertad!” tardó mucho tiempo en disiparse de la atmósfera oriental, y pocos meses en dejar de percutir y rebotar dentro de las bóvedas craneanas de sus verdugos que alguna vez fueron sus subalternos en batalla.

Julio nació allá por los años cuarenta, hijo de peones de hacienda, nació mestizo y nació pobre en una covacha en el bosque de San Francisco Acuautla; (entre Ixtapaluca y Coatepec) cuando su primer llanto arañó el espacio silvestre, su libertad y su destino ya no serían suyos nunca más; el fardo de las deudas de sus padres habría de colgársele del cuello cual plúmbeo escapulario; tal como a ellos se les colgaron las de sus abuelos por el sólo pecado de nacer campesinos, jodidos y mexicanos:

hemos venido a padecer a este valle de lágrimas y tenemos que esperar para que en el cielo nos premien la resignación. Lo más curioso del caso, es que los que nos piden resignación son los [que] menos […] se resignan a una existencia penosa, ya que han adquirido propiedades inmensas, las han explotado a sus anchas y con grandes beneficios y también con toda paciencia nos han explotado: han comido opíparamente del sudor de nuestra frente (Chávez López).[ii]

A un real se pagaba el jornal completo de mano de obra campesina; un real por jornal y el pan en mendrugo a real y medio; un real por jornal y a dos reales la calabaza y el frijol; un real por jornal y medio real el puño de chiles; un móndrigo real la jornada completa y la mazorca para preparar tortillas a un carísimo real por pieza… frutos del suelo que arrancaron las manos campesinas en porciones generosas; frutos que el campesinado regó con su sudor y con su llanto, que cultivó y cosechó con jornadas arduas y penosas; frutos que jamás aparecen en las mesas de los pobres a pesar de haber sido el esmero del pobre el que los hizo brotar de la aridez del suelo del hacendado.

Y cada que Julio piscaba los tomates y abría las mojoneras, cada que expurgaba de la tierra los abrojos y las malas hierbas, en su mente se incendiaba incontenible aquella idea:

¿Qué poseemos sobre la superficie del universo, los que vivimos clavados en el trabajo? ¿A quién deja beneficio el sudor de nuestras frentes, las lágrimas de nuestros ojos, el dolor en nuestras espaldas, el cansancio de nuestros brazos, la fatiga en nuestros pies y la angustia en nuestros corazones? ¿Quién ha pensado alguna vez en recoger lo que […] [se] siembra, cuando todo se nos arrebata? (Chávez López).[iii]

Julio, peón de hacienda desde que tenía uso de memoria, encontró en las filas del ejército liberal un cauce a su loco afán libertario; y alrededor de los dieciocho años prestó su brazo a los ideales reformistas para pelear con vehemencia en contra de los latifundistas: hacendados y conservadores; luchó con tanta violencia por lograr el ideal juarista de consolidar las reformas y el nuevo reparto de tierras, que en su cerebro, a la par que abría el pecho del enemigo a punta de mosquete y bayoneta, se abría un paraíso de utopías para los pobres; un paraíso que consistía en que cada uno, muy a su modo, cultivara su propia extensión de tierra sin otro yugo más que el de la yunta labrando el terreno de las parcelas.

Queremos la tierra para sembrar en ella pacíficamente y recoger la cosecha tranquilamente, quitando desde luego el sistema de explotación; dejando en libertad a todos para que siembren en el lugar que más les acomode, sin tener que pagar tributo alguno, contando con libertad para reunirse en la forma que más les acomode, […] contando con libertad para reunirse en la forma que más crean conveniente, formando grandes o pequeñas sociedades agrícolas que se vigilen en defensa común, sin necesidad de un grupo de hombres que les ordene y castigue (Chávez López).[iv]

Con tanta bravura luchó Julio al servicio de los liberales que en muy poco tiempo lo nombraron Coronel del ejército alrededor de los 27 años de edad, poco tiempo después de las batallas contra la Intervención Francesa en 1867.[v]

Con el corazón lleno de esperanza en el gobierno de Juárez y en que más temprano que tarde empezarían a notarse los efectos justicieros de la su reforma; con la guerra terminada, a Julio no le quedaba otra alternativa que regresar a trabajar a las haciendas de Texcoco; añorando la víspera en que vería el derrocamiento de sus señoritos amos; sin embargo los hacendados, ni tardos ni perezosos, auspiciados en sus mal habidas fortunas echaron mano de las nuevas técnicas agrícolas, equipando sus parcelas con sistemas de riego y con el empleo de fertilizantes dejaron la producción rural de los pobres totalmente fuera de combate, forzando que los campesinos remataran sus tierras y se alquilaran de nuevo como peones; asolados nuevamente por el hambre y la miseria. Al mismo tiempo, los hacendados apelaron en los tribunales, ser los dueños legítimos de los terrenos de sus haciendas, sustentados en ancestrales títulos de propiedad que ellos mismos acababan de fabricar.

Julio aún tenía fe en la reforma para la que prestó servicios en el frente durante tantos años, pero ciertamente comenzaba a desesperarse; en su interior se atizaba un rencor irremisible contra los acomodados y poderosos, cada jornal bocado, fruto de su trabajo como peón, le sabía a hiel y a ceniza, y no resistiría mucho tiempo más. Una tarde en la que regresaba de entregar un cargamento de semillas a Chalco, arriando una recua de regreso, se apersonó en la escuela de Plotino Rhodakanaty, discípulo de Proudhon y Fourier, pues algunos amigos suyos le habían hablado al “doitorcito” de la tenacidad e ímpetu libertador del joven Julio, así que “el griego” como le apodaban en el pueblo, solicitó verle.

Mesándose las barbas, sentados a una mesa en la que humeaban dos pocillos de café y canela, Julio y “el griego” hablaron hasta entrada la noche sobre las ideas de libertad y sobre la indignación ante las injusticias, la tiranía, la opresión y las atrocidades de los poderosos; esa fue la primera clase que recibió Julio en la incipiente Escuela del Rayo, donde meses después aprendió a leer y a escribir utilizando los textos deEl Manifiesto comunista y la Cartilla socialistacomo sus primeros silabarios.[vi]

Con el entendimiento más claro, en 1867, Julio organizó al campesinado para emprender su lucha en los tribunales y exigir la propiedad de la tierra que de ellos era por derecho de nacimiento y por ser ellos la única y legítima fuerza que la trabajaba; las andanzas fueron largas y extenuantes, las artimañas de los poderosos siempre parecían estar un paso adelante; agotados los recursos y la paciencia, Julio alza la voz en representación de los peones campesinos redactando una carta al presidente Juárez haciendo un justo reclamo y al mismo tiempo un ultimátum:

Exmo. Señor, estamos cansados de andar ante los tribunales de justicia reclamando siempre nuestras propiedades, y hemos corrido todos los trámites posibles ante los jueces de primera instancia, haciendo innumerables sacrificios, y en tantos años trascurridos que llevamos de cuestionar, hemos observado el favoritismo a los hacendados […]; haciéndonos con esto perder el tiempo y el dinero en balde, y estamos bastante convencidos que de esa manera jamás lograremos recobrar nuestros terrenos que poseen los hacendados sin derecho ninguno, y en prueba de lo que llevamos dicho preguntamos. ¿Qué cuestión o litis de tantas que se han versado en los juzgados y se versan hasta el día ha sido definida? Ninguna; y si acaso habrá habido serán muy pocas, y estas serán muy raras; para acreditar todo lo que llevamos dicho, pedimos a V. E. y al Supremo Gobierno, dirijan una mirada a todos los juzgados de la República, y en ellos encontrarán voluminosos expedientes de muchos años, y estos sin concluir, todos pendientes por los motivos ya dichos; no queremos correr trámites de ninguna especie por la vía Judicial; estamos aburridos, hostigados de perder nuestros pasos y el tiempo en balde

Por lo expuesto, pedimos a V. E. dicte las providencias oportunas, para que lo más pronto posible sean devueltos a los pueblos sus terrenos que tienen usurpados los hacendados, y al mismo tiempo no les sea permitido a dichos hacendados se adjudiquen ningún terreno, porque estos son propiedades de los pueblos, y no tienen ningún derecho a ellos; entendido, que si el Supremo Gobierno no dicta las medidas prontas y enérgicas tal como pedimos, los pueblos todos estamos prontos a levantarnos en masa, apropiamos de nuestros terrenos a la viva fuerza, y hacerles la guerra a muerte a los verdaderos opresores, a los tiranos hacendados; y no se atribuya a guerra de castas como luego le dan ese color, estos viles: no, ni jamás formaremos guerra a nuestro gobierno, porque somos sus fieles sostenedores y lo seremos, pero que se nos cumpla lo que pedimos, porque la Constitución nos manifiesta muy claramente todas las garantías que debemos tener, o que debe tener un pueblo, persuadidos de que no hay otro gobierno mejor que éste (Chávez López).[vii]

Pero dicho pronunciamiento no bastó para apaciguar el furor e indignación del joven Julio, quien motivado por sus ideales socialistas reunió a veinticuatro campesinos y a punta de pistola, muy de madrugada, se fueron a Chicoloapan, donde tomaron la primera hacienda, ayudados por los lugareños; una vez sometidos los hacendados, a fuerza de tortura, les sacaron los títulos de propiedad para después quemarlos y no dejar registro alguno ni ante el pueblo ni ante la autoridad de que aquellos señoritos poseían ni un palmo de tierra; y antes de partir repartían entre los peones y los indígenas fracciones proporcionales de tierra para que las trabajaran en libertad; avanzaron hacia el sur por el camino viejo invadiendo las haciendas conforme las encontraban en su derrotero: Texcoco, Coatepec, San Francisco Acuautla, Chalco, Tlalmanalco y terminaron en Amecameca.

El gobierno liberal envió efectivos militares para sofocar la conflagración indiciada por Julio Chávez; fueron algunos soldados de su antiguo regimiento los encargados de confrontarlo y, por consideración a sus servicios, se le ordenó el indulto a cambio de deponer las armas. Julio lo hizo de muy buen grado, manifestando siempre que su enemigo no era el gobierno de Juárez, pero que si este no terminaba de consolidar los ideales que había promulgado en la Guerra de Reforma, sería él mismo quien viera que se llevaran a cabo.

A principios de 1868 Julio Chávez López redactó un nuevo manifiesto más drástico en sus decretos, denominado Manifiesto a todos los pobres y oprimidos de México y el Universo. En él hacía patente la intención del campesinado de arrebatar por derecho lo que por traición les había sido usurpado:

Infinidad de años y de siglos hemos caminado penosamente agobiados por el cansancio, por la miseria, por la ignorancia y por la tiranía, el día de la venganza sagrada es con nosotros […] Seremos perseguidos: tal vez acribillados ¡No importa!, cuando en nuestro pecho laten esperanzas. Qué más tenemos en nuestra vida, si no morir antes que seguir perpetuando el agobio de la miseria y de los padecimientos. Se nos desprecia como liberales, se nos mancilla como socialistas y se nos condena como hombres. Es indispensable salvar el momento, y levantar nuestros esfuerzos en torno de esa sacrosanta bandera de la revolución socialista, que dice desde lo más alto de la República: ¡Abolición del gobierno y de la explotación! (Chávez López).[viii]

Tras la publicación de este manifiesto se lanzó en una nueva andanada contra los hacendados de Puebla, Morelos, Hidalgo y Tlalpan. Al regresar a Chalco, en una mesa con pocillos de café como la de hace algunos años; mesándose la barba con ansiedad, el viejo Plotino trató de disuadir de su violenta empresa a su discípulo Julio; a cambio sólo recibió una reprochante mirada de odio y el jóven Chávez se levantó de la mesa sin haber dado un sorbo a su tarrito humeante de café y canela. Esa fue la última vez que se vieron. Al siguiente lunes el ejército liberal sitia Chalco con la orden del presidente Juárez de pasar por armas al comunista, gavillero, salteador y bandido nombrado Julio Chávez López o Julio López Chávez y a toda la partida de trúhanes que lo acompañaren en sus saqueos, incendios, asesinatos y desmanes. Ese mismo lunes a medio día la orden de aprehensión es ejecutada y el fusilamiento se programa para el día siguiente, temprano, por la madrugada. La niebla delata la instrucción hasta que estaba bien amanecido el día.

Aquél martes 9 de julio, Julio moría a las diez de la mañana y a los casi treinta años; con su sangre flamígera, sangre generosa fertilizaría nuestros campos, daría exuberancia y dejaría un rastro a la humanidad de nuestros días y de los días que vendrán.[ix]

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OBRAS CONSULTADAS

Carmona Dávila, Doracila. “Es fusilado Julio López, calificado de «comunista, asesino y gavillero»” en Memoria Política de México.

DE http://www.memoriapoliticademexico.org/Efemerides/7/09071868-JCh.htmlconsultado el 07/10/2018.

Chávez López, Julio. “1867 Manifiesto “República y Patria Mexicana”, por el que piden al presidente Benito Juárez se reconozcan los derechos de propiedad a los pueblos indígenas. Julio López.” en Memoria Política de México.

DE http://www.memoriapoliticademexico.org/Textos/5RepDictadura/1867-MRyPM-JL.htmlconsultado el 07/10/2018.

—. “El Manifiesto a todos los pobres y oprimidos de México y el Universo” en Historia y Su-versiónDE http://historiaysuversion.blogspot.com/2012/09/manifiesto-todos-los-oprimidos-y-pobres.html, consultado el 07/10/2018.

Nava Hernández, Eduardo. “La primera insurrección socialista en la historia de México” en Cambio de Michoacán. 02/08/2018 DE http://www.cambiodemichoacan.com.mx/columna-nc45362 consultado el 07/10/2018.

NOTAS

[i]También conocida como la Escuela Moderna, Escuela del Rayo y del Socialismoo el Club Socialista de Chalco, fundada por Plotino Rhodakanaty en 1965, en algún sitio me pareció haber leído que cuando Plotino llegó a México en 1861, trajo consigo lo que sería la primera copia del Manifiesto comunistaque existió en América, publicado apenas trece años antes; sin embargo ahora que escribo este texto no he logrado rastrear esta referencia al grado que incluso supongo que pueda tratarse de una deformación de datos auspiciada por alguna maquinación mía; pero si no es así espero encontrar en un futuro la referencia que me permita soportar mi aseveración.

[ii]Chávez López, Julio. El Manifiesto a todos los pobres y oprimidos de México y el Universo, §8.

[iii]Chávez López, Julio. Op. Cit. §4.

[iv]Chávez López, Julio. Op. Cit. §23

[v]Véase Nava Hernández, Eduardo. “La primera insurrección socialista en la historia de México” en Cambio de Michoacán.02/08/2018 DE http://www.cambiodemichoacan.com.mx/columna-nc45362consultado el 07/10/2018.

[vi]En Nava Hernández, Eduardo, Op. Cit. se hace referencia a Julio Chávez L. en una carta de P. Rhodakanaty a Fco. Zalacosta citada a su vez por citada por José C. Valadés  en El socialismo libertario mexicanoque dice al pie de la letra: “un muchacho [que] trabaja en una hacienda cercana a Texcoco. Ya aprendió a escribir; sabe también hablar regularmente. Me ha dicho que pronto dará una conferencia socialista”

[vii]Chávez López, Julio. Manifiesto “República y Patria Mexicana”

[viii]Chávez López, Julio. Op. Cit. El manifiesto a todos los pobres… §3 y §27

[ix]Parafraseo de un fragmento de, Chávez López, Julio. Op. Cit: “Vamos a una contienda de sangre. Pero qué importa, si esta sangre generosa fertilizará nuestros campos, dará exuberancia a las plantas y dejará un rastro a la humanidad del futuro”, §2.

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