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25 julio
2018
Literatura Narrativa Relato
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HIJA, ALUMNA, ENTENADA Y MÁRTIR

Por Antonio Rangel

Fernanda Valentina. Se detuvo mientras pronunciaba ese doble nombre. Un recuerdo que estaba saliendo de la tumba como carne podrida ralentizaba su voz. Figueroa Maldonado, completó el nombre con la mayor lentitud que había escuchado aquel grupo de adolescentes durante su primera semana en la preparatoria. Separó los ojos de las listas que traía en las manos y miró hacia la masa de jóvenes. La chica que alzaba el brazo estaba inclinada hacia la puerta y un montón de cabello se desparramaba sobre un rostro, además era un cabello púrpura que no decía nada sobre su identidad. Él siguió leyendo nombres, luego explicó rápidamente su forma de calificación y concluyó cincuenta minutos antes de lo estipulado su clase inaugural, y sin haber visto con claridad la cara de la chica a pesar de sus constantes miradas de soslayo.

Llevaba tres años en esa escuela, antes estuvo cuatro años en una secundaria y anteriormente dos años becado haciendo una maestría; un poco más atrás estaban los recuerdos turbulentos: había hecho un servicio social, una tesis y un examen profesional a rastras, ¿cuánto tiempo pasó? ¿Un año, dos, tres? La última vez que vio a Fernanda Valentina fue el día previo a que cumpliera cuatro años. Así que ella tendría la edad necesaria para estar en su salón de clases poniendo atención en las moscas que recorrían las ventanas. ¿Pero en verdad esos eran sus apellidos? ¿No nació en una época en que la moda fue que las niñas se llamaran Fernanda o Valentina? ¿Qué podía hacer para salir de dudas, llamar a su madre? Buena idea, narrador.

Siguiente clase. Se apresuró a exponer un tema y les encargó un problema. Su plan era pobre: conseguir un pretexto para castigarla y mandar llamar a su madre, así se toparía de nuevo con su pasado. Ninguna otra cosa planeó y le funcionó, pero al revés: pasaron diez minutos y ningún alumno parecía haber acabado, ¿qué pasa con el sistema educativo que año tras año los alumnos son más tontos? Pensó. La mitad del grupo en distintas distracciones aguardaba, así que él se aproximó a Valentina, que jugueteaba con un bolígrafo. Señorita, muéstreme sus avances. Ella con emblemática displicencia le acercó su cuaderno. Había resuelto el ejercicio en un par de pasos como experta. ¿Puedes pasar al pizarrón a explicarles a tus compañeros tu solución? Aun más displicente ella preguntó: ¿tengo qué? Y por primera vez se encontraron sus ojos. No cabía duda, era la misma niña con la que él pasó varias horas enseñándole andar en triciclo. Sí, dijo con voz dulce, ella se levantó y gritó para callar a todos los que platicaban: ¡oigan! Si quieren vean cómo lo resolví, o no, me da igual. Les dio la espalda y puso cuatro pasos que indicaban un proceso mental conciso. La mayoría prestó atención.

Al finalizar la clase, le pidió a Valentina que no se retirara porque deseaba hablarle: tienes talento, voy a llamar a tu madre para informarle de una oportunidad para ti como participante en una olimpiada de matemáticas, ¿qué te parece? No, gracias; dijo ella y se dio la vuelta.

¿Qué saben los adolescentes de lo que les conviene? Si supieran tomar decisiones el Estado les permitiría votar, pero el Estado sabe que no tienen idea de qué carajos es la fuerza de voluntad, así que sus padres tienen, amparados por el Estado, que ser impositivos con sus críos. Bajo un razonamiento semejante, el joven maestro Jaime Garza se presentó ante la oficina de la psicóloga de la escuela para plantearle el caso de la alumna Figueroa.

—Le encargué sólo para ver sus reacciones un pequeño problema: hallar b y c  en un trinomio cuadrático con raíces enteras, con b y c también enteros, como pista extra dije que c era primo y que f(c+1)=135, mi idea no era tanto que lo resolvieran como introducirles al lenguaje matemático. Pero esta niña lo resolvió muy rápidamente en dos o tres minutos, casi sin tomar el lápiz.

—Ya veo, profesor, pero dos cosas, ¿no cree que la alumna pudo encontrar la respuesta en internet? Me han llegado informes de que en su clase algunos estudiantes suelen usar dispositivos electrónicos.

—Los usamos para cuestiones puramente académicas. El punto es que esta niña pasó al pizarrón a explicar cómo lo resolvió: partió de que sólo había cuatro primos posibles, mentalmente descartó al 2 y al 5, y ya está, le faltó elegancia, pero lo hizo en un suspiro.

—La otra cuestión es ¿para qué llamar a su madre?

—Viene una olimpiada estatal de matemáticas, hay que inscribir a la chica, su talento es indiscutible, por eso hay que hablar con su madre, tal vez Valentina deba quedarse horas extra o viajar o algo.

—¿O algo?

—Sí, bueno, firmar algún permiso, acompañarla, yo qué sé.

—¿Por qué no me da las bases de esta competencia antes de llamar a sus tutores?

—Claro, claro, aquí las tengo… en mi celular, no tuve tiempo de imprimirlas.

—No se preocupe, profesor. Contactaré a los padres de la señorita Figueroa para agendar una cita y que usted les explique los detalles de este concurso, para ese día le recomiendo que imprima la convocatoria, ¿de acuerdo?

—Sí, sí. Es una olimpiada. Es muy importante, gracias, gracias.

A veces resulta erróneo el primer chispazo con el que la intuición nos emociona. La madre de Valentina no era quien esperaba Jaime, básicamente porque no era una mujer, sino un hombre: un joven de unos veinticinco años.

—Pero tú no eres el padre de Valentina.

—No, profesor, el señor López es el esposo de la madre de Figueroa Maldonado, su alumna. Ella no pudo venir, pero el señor López puede cumplir perfectamente las atribuciones por ser uno de los dos tutores registrados.

—Mucho gusto, profesor.

Jaime pensó que aquello era el colmo. ¿Se había vuelto a casar esa cabrona con un niño? ¿Ese imberbe era ahora el que fungía como tutor de la niña a la que él mismo le cambió los pañales? ¿Y él ahora iba a ser tratado como un entrometido? ¡Pero si la había visto aprender a caminar! Ni modo, tocaba ser amable con un sonriente muchacho que seguramente no entendía un carajo de diofánticas, si se le veía en la cara.

—Le podría explicar, por favor, el asunto de la competencia de números.

—Sí, claro. Hay una Olimpiada de Matemáticas en nuestra ciudad. Valentina puede inscribirse y ganarla si se prepara bien, así que me ofrezco para darle clases de preparación sin costo, una hora diaria durante un mes. Ella representará a la escuela y todos saldremos beneficiados con ello. Es todo por mi parte, es suya la decisión.

Jaime había imaginado entregarle dramáticamente a Beatriz una pluma para que firmara algún documento, pero ni había tal documento ni tampoco llevaba un bolígrafo, aunado al poco dramatismo de la escena y que todos: la subdirectora, la psicóloga y el jovenzuelo se habían quedado pasmados sin comprender aquella actitud dramática. Es una competencia muy importante, añadió la psicóloga. Sí, sí, dijo la subdirectora. Claro, por mí está bien, dijo él como buscando aprobación o confirmación de que estaba decidiendo responsablemente.

Acaso su mente acostumbrada a las pruebas irrefutables le estaba generando una insatisfacción. Recordaba que los apellidos coincidían, pero no podía fiarse por completo de su memoria. La cuestión de la mirada era subjetiva. ¿Y qué decir del talento matemático? ¿Pero eso qué? Eso no tenía sustento. Él podría ser el padre de Valentina, pero carecía de pruebas, aunque la iba a tener a solas durante un mes, tiempo suficiente para hallar una prueba o para encontrar el pasado que le podría estar estorbando.

¿En verdad él estaba atorado en el pasado? La pasó mal ciertamente una temporada, dejó la vida universitaria y con ello los problemas serios de matemáticas, quizá estaba viviendo en una zona de confort dando clases a nivel preparatoria, aunque realmente no tenía confortabilidad, más bien, la suya era una existencia límbica, en la cual no solía pensar porque si lo pensaba le estallaba entre las sienes la insignificancia de su modo de vida.

Sin duda había superado a Beatriz: en los años que siguieron a la ruptura había tenido varias novias o amigas o relaciones, lo que sea que hayan sido, pero no había vuelto a vivir día a día con alguien. No extrañaba ni el sexo ni la convivencia. Se la pasaba bastante bien él solo o con visitas de uno o dos días. El problema no estaba en su pasado sino en su futuro. Cuando Vale tenía tres años y la tomaba la mano podía sentir la potencialidad, el sentido del futuro. Cuando todavía le entusiasmaba dar clases llegó a sentir una sensación semejante, pero poco a poco se fue decepcionado de sus estudiantes, los ciclos escolares lo deprimían, en especial enterarse de que sus alumnos eran rechazados o que se inscribían en carreras universitarias sin matemáticas. Fue así como se fue volviendo más cínico y menos amable. ¿Él también acabaría siendo un ceñudo y amargado profesor, un puto cliché?

—Necesito ir a la tienda a comprar algo de comer. Me estoy muriendo. —Dijo Valentina arrojando su mochila en la primera banca del salón vacío.

—Yo tengo bolsitas. —Jaime sacó varias bolsas de frituras y las puso al alcance de su mano, luego fue al pizarrón. —Vamos a empezar con un sistema de ecuaciones:

x2 + xy + y2= 4

x+xy+y=2

Ella abrió unas papas y empezó a comer despreocupadamente. Subió los pies a una banca y dijo que aquello era demasiado fácil, enseguida preguntó por qué quería verla todos los días, acaso le gustaba. Conque fácil, dijo Jaime, pues menos comida y más gis, a ver muéstrame tu procedimiento. Ella sonrió y al sonreír Jaime vio en ella una mueca de bebé. Una noche después de una larga tarde de sexo Beatriz y Jaime regresaron por Valentina a la casa de una amiga, que amablemente se había ofrecido a cuidar de la bebé mientras iban supuestamente al cine, aquella chica vivía en el tercer piso de un edificio, mientras iban subiendo las escaleras, oyeron el llanto de Vale y se apresuraron; Beatriz se apresuró a cargarla, pero sin lograr calmarla, luego se la pasó a Jaime, entonces, la pequeña lanzó un largo suspiro, se acomodó entre sus brazos y durmió.

—¿En qué piensas?

—En nada, ¿qué hiciste?

Valentina había trazado una elipse y una hipérbola que se encontraban en dos puntos: (0, 2) y (2, 0). También había puesto una carita feliz.

—No estás demostrando nada, niña.

—Pero es la respuesta correcta.

—Lo sé, pero hay que demostrar que lo es. En fin, deja el gis y vente, vamos a comer bien a otro lugar.

Ese primer día fueron a una cafetería llamada Rodanea, platicaron como si fueran viejos amigos. ¿Dónde aprendiste a distinguir elipses? En YouTube. Ya, no sé para qué coño sigue habiendo escuelas. Mi mamá también dice eso. ¿Por eso no vino a la reunión? Así es, oye, ¿tú estás casado? No, y creo que nunca lo estaré. ¿Crees que podré resolver los problemas de la Olimpiada? No lo sé, tal vez, aunque resuelvas muchos nunca se sabe si podrás resolver el siguiente. Qué profundo, ¿también eres filósofo?, ¿te puedo tutear? Me has tuteado desde hace rato. ¿Por qué me trajiste aquí? Me gustan los manteles. ¿No será que te gusto yo? No. Me tranquiliza saberlo. Tú me recuerdas a alguien que yo traté durante unos  tres años. ¿Ah sí? A ver, cuéntame. Mañana te cuento.

Al otro día, y los otros días, fueron al Café de las Nueve Tazas. No estamos aprendiendo mucho de matemáticas. Quiero aprender de ti. ¿Por qué de mí? Creo que en tu piel contemplo sin terror el futuro. No esperaba esa respuesta. ¿Tu mamá se llamaba Beatriz? Sí, y fue un cambio de tema muy abrupto. Me imagino que habrás ido alguna vez a Michoacán a la casa de tu abuela. ¿Cómo sabes eso? Tu mamá no sabe nada de cálculo, reprobó en la prepa, ¿puedes creerlo? Sí, lo sé, todavía no aprende, pero me estás intrigando más que ayer. Yo le di clases a tu mamá hace unos 15 años, más o menos, para que pasara su último extraordinario, sólo que en vez de clases nos fuimos a… bueno, digamos que nos enamoramos. Espera, espera, vas muy, muy rápido: no sé si quiero seguir escuchando… ¿eres mi papá? No. Júralo. No soy. De acuerdo, continúa. Mañana.

Al tercer día sólo caminaron dando vueltas por el Centro. Fue un amor inmediato el de tu mamá y el mío, no quisiera mencionar los detalles. Qué asco los detalles, sin que te ofendas. Tú tenías once meses cuando te conocí, me puse a vender celulares, renté un cuarto vacío para nosotros, me regalaron una cama, dormíamos los tres juntos. ¿Y se ponían a coger conmigo al lado? El amor es fuerte. No mames, eran unos calenturientos, con razón terminaron mal, ahora mi mamá cuando yo estoy en casa no coge con Manuel. ¿No? No, sólo lo hacen cuando no estoy, lo sé porque un día regresé temprano y los encontré y supe que no lo hacen cuando yo estoy porque mi mamá es muy escandalosa. Eso no tenías que mencionarlo. Lo sé, ¿cambiamos de tema? Por favor.

Te juro que en segundo de primaria fue cuando descubrí los productos notables porque vi que 47 por 53 era igual a 2500 menos 9. Eso te lo puedo creer, ¿pero cómo escribías algebraicamente la diferencia de dos números al cuadrado? Con caritas felices o tristes. Qué tiempos te reservó Dios para vivir. Deberías enseñarme las propiedades del icosaesdro, Wikipedia ya no me ayuda tanto como antes. Mañana.

Le conté a mi mamá de ti. ¿Qué te dijo? ¿Te interesa mucho si ella te recuerda o saber qué recuerda de ti o que información pueda yo obtener de eso y de tus intenciones conmigo? No sé qué pretendes preguntándome eso, si quieres decirme algo dímelo, Valentina, directamente. De repente, me cansé de estar aquí todos los días, sé que sólo falta una semana, pero ya estoy un poco harta, eso pasa. No estás obligada, haz lo que se te venga en gana, a la chingada la Olimpiada, la escuela, yo, todo, vive tu adolescencia al máximo. Vete a la verga, eres un maldito narcisista, por eso mi mamá no te recuerda, se olvidó por completo de ti, eres insignificante. ¿Y por qué me gritas? No sé, tal vez porque… perdóname.

Existía una pequeñísima probabilidad de que él y la madre de Valentina no se conocieran. Tan pequeña que era una grandísima estupidez considerarla. Lo que no tenía tan pequeña probabilidad era la de despertar un oleaje de murmuraciones: un profesor y una alumna aproximadamente durante un mes en lugar de quedarse a estudiar en el salón de clases salen juntos y comen juntos, incluso los vieron salir de un cine y tomar el mismo taxi, compartir miraditas y risas en los pasillos, un día estaban fumando juntos y al parecer otro día llegaron ambos con aliento alcohólico a la clase, más específicamente a pulque. Qué curioso, además, él está más amargado que nunca, intratable y explosivo cuando Valentina no se presenta a clase.

—¡Falta un puto día para la Olimpiada, eso es lo que pasa!

—No puede, profesor, le repito, gritarle a los alumnos ni tener alumnas favoritas por más destacada que ésta sea. —Le replicó la subdirectora, que lo había citado para hablar del tema de las murmuraciones.

—Perdón, pues, será como diga, pero necesito la dirección o el teléfono para hablar con los padres de Valentina.

—No puedo hacer eso.

Al siguiente día Jaime no se presentó a sus clases, tampoco avisó que tuviera algún malestar o problema, se limitó a apagar su celular, ya la línea de su casa varios meses antes había sido cancelada. Que me descuenten el día. Dijo y no dijo más. No desayunó. Juntó chorritos de botellas viejas y bebió un poco de todo. Ya era noche cuando Valentina tocó a su puerta. Pensó en decirle algo pero sólo le abrió la puerta para que pasara. ¿Cómo calcularías la suma de todas las fracciones positivas irreducibles menores que uno cuyo denominador es 2018? No sé, mi amor, estoy borracho. Adivina cómo lo hice. No sé, ¿sumaste del 1 al 2018 y luego le restaste 1009 y la suma de todos los pares menores a 2018? Ajá, bueno, y lo dividí entre 2018, me dio 504: no estás tan borracho. Más o menos, sólo bebí medio vaso pero de distintas bebidas. ¿Suficiente como para dejarme pasar aquí la noche? ¿Por qué quieres quedarte aquí? Yo tampoco sé. Por principio, ¿cómo llegaste aquí? A mí la subdirectora sí me da datos de los profesores. Maldita perra. Sí, es peor que mi madre. No lo sé, sin ofender. No eres una persona olvidable, Jaime. Ojalá pudieras hacerme una demostración de eso. Quizás para eso vine. Quizá no sea buena idea. ¿No te parece raro que sin que seas mi padre compartamos el mismo gusto por el álgebra? A mí me gusta la geometría. Tú me entiendes. Sí, es raro. Dime la verdad, Jaime, ¿tú te olvidaste de mí? Cómo crees. Pero jamás me hubieras buscado, jamás; aunque mi madre no te lo prohibió, jamás te preocupaste de mí, y aunque no eras mi padre, eras como mi padre; yo he vivido con tres novios de mamá y nunca me había llevado bien con ninguno, pero los tres me buscan, me hablan en mi cumpleaños, sólo tú y mi verdadero padre me olvidaron. Cumples años el 11 de julio, me acuerdo de ti esos días, pero incluso si tuviera un teléfono al que hablarte, qué hubiera podido decirte: soy un exnovio de tu mamá, uno que te cargaba para que no pasaras por los charcos, uno que corría detrás de ti cuando notaba que ibas directamente a ellos, y luego de que te bajaba, corrías de nuevo hacia ellos y manchabas tus tenis, tus vestidos, la calle, el mundo: y tú y el agua compartían la misma risa traviesa. Sí, podías haber dicho eso.

En el departamento de Jaime no había relojes, él se daba cuenta de la hora por la variación de los ruidos. En ese momento se oían sólo esporádicos automóviles y ladridos muy lejanos. Mientras abrazaba a Valentina, ella dijo: no quisiera romper este momento pero tengo mucha hambre, ¿tienes algo para comer? No, pero como deben de ser más de las doce, podemos ir por unos tacos. ¡Sí! ¿Oye, no te da miedo que la policía te encarcele o que por lo menos pierdas tu empleo? ¿El pinche Estado ya también prohibió el consumo de tacos? Sí, exactamente, ese será el delito del que te acusen, eso dijo Valentina y al decirlo salpicó su rostro con la misma risa traviesa del agua.

IMAGEN

Valentina >> Óleo y acrílico >> Alberto Rodríguez Serrano

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