Categorías
Ingresa si ya estás registrado para poder comentar las publicaciones.

Síguenos en Redes Sociales
09 febrero
2014
Literatura
786 Vista(s)

GIROS POPULARES DEL LENGUAJE MÉDICO

De Francisco Padrón Puyou (México: 1910-¿?)

Por lo que vimos al web, son numerosas, muy variadas y pintorescas, las denominaciones populares de las partes anatómicas del cuerpo humano, sin tomar en cuenta muchas otras que no son para repetirse. A la recíproca, los términos castizos, técnicos, se usan en locuciones y giros de lenguaje con significación vulgar, sufriendo cambios semánticos una veces, y empleándose en sentido figurado en otras ocasiones.

Al usar en la práctica tales giros, por su repetición tan frecuente, no reparamos en que estamos haciendo intervenir vocablos castizos anatómicos, fisiológicos y de patología estructurando expresiones de carácter popular. Muchas de estas ya tienen carácter tradicional, pero otras son de nuevo cuño, evidentemente. Sin embargo, hemos anotado también estas últimas para dejar constancia, con la idea que expresamos en nuestra introducción.

Es infinito el número de ejemplos que podríamos citar; pero nos concretaremos a los siguientes:

Pleura, por ejemplo, en sentido popular no se refiere a la membrana envolvente del pulmón, sino que se aplica a la gente de baja estofa. Equivale a plebe. Ser muy pleura, es ser nada educado, no importa la capa social y económica a que se pertenezca. Muchos “niños bien” son muy pleuras, aunque es cierto que con mayor frecuencia se aplica a los peladitos.

Pulmón se le llama al pulque, al que también se le llama pulman. “Vamos a darle al pulmón”, es una forma de invitar a tomar pulque, o de decir que se va a proceder a tomarlo.

Se puede respirar por la herida. El despecho hace el milagro.

Al apretarse las narices no se perturba la función respiratoria, precisamente, sino que se evaden compromisos o responsabilidades, con la mayor frescura.

Tener olfato no es solo una función normal que todos tenemos; tener olfato en los negocios, es tener buen ojo para ellos. En política, el que tiene buen olfato no pierde nunca.

Olérselas equivale a poner en juego el buen olfato. El que se las huele, acierta y no es fácilmente sorprendido. Para olérselas no es indispensable tener la nariz de un Cyrano; el tamaño es lo de menos. ¿No hemos oído muchas veces que alguien es chato, pero las huele?

También el ojo tiene que ver en lo que acabamos de tratar, pues no cualquiera tiene buen ojo, o mucho ojo. Algunos pueden tener miopía extrema, estrabismo, astigmatismo, y sin embargo tener buen ojo para sus negocios o para cualquiera otra empresa.

A pesar de que una persona tenga las pupilas oculares iguales a las del resto de las gentes, se puede decir de ella que tiene mucha pupila; equivale a tener mucho ojo.

Para significar lo mismo, y tratándose de señalar que se posee gran experiencia, se puede recurrir a los colmillos, en cuyo caso se acostumbra decir: tiene mucho colmillo, es colmilludo, tiene el colmillo duro, tiene el colmillo largo, tiene el colmillo grande. Ahora, que si el colmillo es nejo, al decir que así lo tiene un sujeto, se estará diciendo que su dueño es gente de mucha experiencia y no es ningún ingenuo. Nejo se refiere, en este caso, a la coloración gris un tanto obscura que adquieren los dientes cuando por largo tiempo han permanecido sin recibir la espumosa caricia de un cepillo. (Nejo deriva del náhuatl, que significa color de ceniza).

Con la misma idea de dar a entender que alguien es experimentado y malicioso, se puede decir que tiene la muela dura.

Tiene buen diente, el que tiene buen apetito. A veces resulta paradójico que un individuo con dentadura postiza tenga buen diente. Así sucede, con tal de que tenga buen saque, como también se acostumbra decir cuando se es de muy buen apetito.

No tendría nada que ver si a alguien se le contaran las muelas sin mala intención; pero si se las cuentan para engañarlo, equivale a tomarle el pelo, es decir, a hacerle creer en algo que no es cierto. Contar las muelas es como poner verdes los ojos.
Para vigilar hay que echar ojo.

Para estar alerta hay que parar oreja. Si en lugar de parar oreja se agacha oreja, quiere decir que quien lo hace, es sumiso. Si se enseña la oreja, es que ya se descubrió cómo es en realidad un sujeto; en otros términos, enseña el cobre.

Le ruge la buchaca, o le jiede la covacha, a la persona cuya boca le huele y no a ámbar.

Aun cuando el hombre no usa freno, puede morderlo. Esto ocurre cuando ya cayó en el garlito del amor, del vicio, etc. Fulano ya mordió el freno, significa que ya se enamoró, que se embriagó, etcétera.

A propósito de morder, no son pocos los humanos que lo hacen.

Algunos lo hacen en riña, en cuyo caso los órganos predilectos para morder son los pabellones de las orejas, la nariz y los labios. Buena cuenta de esto nos la pueden dar los cirujanos plásticos que tienen que reparar los desperfectos. Es la mordida un arma defensiva, sobre todo de la mujer. Sin embargo, el hombre también muerde en cuanto puede, solo que para ello no utiliza su dentadura. Para morder basta con que se haga obsequiar en metálico, a cambio de algún servicio, calificado como extra, o simplemente por hacerse de la vista gorda.

Si una persona es influyente, o disfruta de una posición social y económica elevada, se puede decir de ella que es muy garganta. Cuando un individuo toma los líquidos con gran avidez, especialmente tratándose de bebidas alcohólicas, se dice que tiene muy buen juego de garganta, a semejanza de los que comen abundantemente, de quienes se afirma que tienen muy buen juego de bigote o de quijada. Si se reúnen las dos condiciones en el mismo sujeto, se puede sintetizar tan extraordinaria capacidad en las siguientes palabras: bebe como naufrago y come como prófugo.

Se puede echar de su ronco pecho, sin que objetivamente se pueda comprobar qué es lo que se echa. Así se dice cuando se vocifera.

Lo vernáculo se permite el lujo de transmutar un órgano en otro, lo que al parecer es más difícil de lograr que los sueños alquimistas de convertir el agua en oro. Sin embargo, el corazón se puede hacer de intestinos, cuando se dice que se hace de tripas corazón; para esto basta con que se acepte de buen o mal grado una situación. También la boca se puede convertir en agua; es suficiente que se esté frente a un manjar apetitoso para que se haga agua la boca. Esta agua no es otra cosa que saliva, la cual se secreta en grandes proporciones también cuando se ve comer algo ácido. Recordemos que una de tantas travesuras de los pequeños es comer limones ácidos enfrente de los músicos que tocan instrumentos de viento, con el fin de que al hacérseles agua la boca, no puedan soplar bien.

Una vez admitidas tales metamorfosis, no nos sorprende saber que una persona tiene corazón de pollo; por lo común se trata de una persona muy buena, sentimental, fácilmente impresionable. Otras veces, con estos mismos atributos un individuo puede ser corazón todo él. ¿No sabemos de gentes que son todo corazón, o puro corazón, para mejor decir?

En cambio, hay personas de gran estatura en quien uno supone tener corazón de grandes proporciones, y sin embargo, también tienen su corazoncito.

Cualquiera piensa que el término cardíaco se reserva para los que tienen una afección del corazón. Nada; son cardíacos, también, los juegos deportivos; sobre todo los finales en beisbol, futbol, etc., suelen ser cardíacos, a condición de que la victoria se decida en las postrimerías del juego.

Hasta este momento no ha sido posible que la cirugía logre reponer ciertos órganos; sin embargo, a las noticias, relatos, chismes y demás comadreos, sí se les puede poner patitas y manitas, exagerando y agregando algo de la propia cosecha. Poniéndoles patitas y manitas crecen, como se dice que crece la bola de nieve.

Si todo lo anterior es motivo de admiración, más lo es cuando nos enteramos de que pueden cambiarse las cabezas. Esto puede ser en el argó periodístico. Como ejemplo relataré el siguiente: en la columna de “Sociales” se leía la siguiente cabeza: “Su audacia los llevará al presidio”, y en el cuerpo de la información se hablaba con lenguaje rococó acerca de la celebración de elegante matrimonio. En otra sección del mismo ejemplar aparecían los rostros rufianescos de dos estafadores, disimulando su satisfacción por cargar sobre ellos esta cabeza: “Hacia el altar”. Un travieso duendecillo fue el autor del cambio de cabezas.

En el caso anterior, cambiar las cabezas no es muy bueno; pero hay casos en los que sí sería muy conveniente. Por ejemplo, cuando se es mala cabeza por mal comportamiento, o cuando se es muy cabeza dura por terco o por tonto. La terquedad justifica llamar cabezón a un individuo, aunque las dimensiones de la extremidad cefálica no sean descomunales.

Si alguien es motivo de preocupación o pena de otra persona, se convierte en su dolor de cabeza. Este tipo de dolor de cabeza no es de los que se curan con aspirina.

Darle en la cabeza a un sujeto no siempre implica golpeársela. Se le puede dar en la cabeza solo para molestado y contrariarlo.

Toda esta terminología de la cabeza se completa con el verbo cabecear. Se cabecea una vena o una arteria, cuando se las liga para evitar que sangren, para cohibir una hemorragia. Se cabecean las notas periodísticas, como ya lo dijimos, y cabecean, esos sí materialmente los asistentes a conciertos que no entienden, a conferencias a las que se ha ido para darse pisto o en las que el conferenciante no despierta interés en su auditorio. Entre paréntesis, un buen signo pura que un conferenciante ponga fin a su plática es el del número de cabeceadores entre los asistentes. El conferenciante, además, debe desconfiar de aquéllos que aparentemente lo escuchan en actitud bizarra, actitud que de tiempo en tiempo cambian por una disimulada y efímera inclinación de cabeza que se realiza lenta y flácidamente, para volver, en movimiento brusco, a adquirir una postura fingidamente erguida. A este grupo de falsos oyentes hay que sumar los que están en plena adoración de Morfeo, a quienes —más sinceros— no les preocupa el qué dirán, o quienes —más ingenuos— creen que nadie se percata de que están dormidos, sin saber que los ha delatado un mal reprimido ronquido, o una lamentación subconsciente, motivada por lo incómodo de la butaca.

Al hablar de carnes no siempre se alude a las que envuelven los huesos. Carnes se llaman, también, a las palabras obscenas. Las más “gordas” de las malsonancias se designan con el aumentativo de carnotas. Ser carnero, no significa ser cierto cuadrúpedo conocido con tal nombre; puede ser que se refiera al que gusta de hablar con un lenguaje rico en carnes. Crnearse a un individuo es engañarlo, tomarle el pelo.

El diminutivo carnitas, se emplea para designar un tipo especial de soldado asimilado al ejército, pero “sin méritos de campaña”, que es visto con desprecio por los soldados regulares, de planta. Con ese significado usa el término de que nos ocupamos, el Dr. Castillo Nájera, en su Corrido Grande El Gavilán:

De carnita lo metieron
al batallón del Estado

.……….

Son las puntadas finales
de sus monas inauditas
retar a los federales,
y elogiar a los carnitas.
……….

Lo pusieron de patitas
a la puerta del cuartel,
y salió de los carnitas
maldiciendo al coronel.

El hueso, además de ser una formación anatómica importante que sirve de sostén al cuerpo humano, es también el medio que sirve para sostener a la familia de ese cuerpo. Hueso se usa en lugar de empleo, chamba o destino. Es tal la devoción que se siente por los huesos, que se ha instituido la Feria del Hueso. La fecha varía de un estado a otro, de acuerdo con las fechas en que cambian las autoridades. Si a estas las “enferman”, la Feria del Hueso se celebra a plazo más corto.

Hay ocasiones en que hay un hueso duro de roer, indicando con esto que lo que se trata de ejecutar o de emprender no es fácil.

Si se topa con hueso o si se pega en hueso, se entiende que es difícil continuar o realizar una empresa.

A fuerza, se puede decir a hueso.

Pegar a hueso el mosaico, el azulejo, el ladrillo, es una expresión que emplean los albañiles, con la que se da a entender que dichos materiales se colocan directamente, sin poner previamente el “firme”.

Tomado de: Padrón, Francisco. El médico y el folklore. San Luis Potosí: Editorial Universitaria, 1956. Pp. 39-46.

(Visited 243 times, 1 visits today)



Un comentario en “GIROS POPULARES DEL LENGUAJE MÉDICO

  1. Hace mucho que no me divertía tanto con la prosa. Qué texto tan rico.

Deja un comentario

Síguenos en Facebook

Síguenos en Instagram