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01 septiembre
2015
Literatura Narrativa Relato
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FANTASMA

Por César Abraham Vega

Para Nidya

 

Hoy que regreso con los labios sonreídos, en las penumbras de las calles más adustas de mi pueblo, no hay pies bajo mis pies pero camino, no hay angustias en mi pecho ni resuellos, ¿quién colgará del cielo tanta lluvia?, ¿alguien se acordará otra vez de este mi nombre? Son cosas que no importan mucho ahora, pues este ahora es lo único que tengo, y los ahorros que junté en mi pensamiento.

FantasmaEstos lugares los anduve tantas veces, cargando los mil fardos de amargura de un corazón que espinoso se retuerce en toda su belleza y su negrura; vendré de los lugares donde vives, atravesando por la noche las lagunas, vendré así, enamorado y taciturno, sin paraguas, sin dinero y sin fortuna… así vendré con los labios reventados, rotos por tus besos, así es, pero floridos, así vendré con los hombros dislocados y una sonrisa de psicópata perdido.

Ya los ladrones olvidaron acechar mi insomne paso, ya ni las putas me hostigan en cada esquina, ahora los perros me saludan con el rabo, y tantas cosas se han ido y han cambiado, pero el frío, la noche y el silencio no se apartan, jamás, nunca, de mi vida… ¿Cuántas veces volví por estos sitios, con el corazón infinito en ilusiones? ¿Cuántas otras me traje a mí como cadáver, arrastrando silente mi ser y mis dolores?

Atravieso, al final, los puentes y los ríos, entre la voz arrobadora de las ranas, me detengo y escucho y me parece que hasta del cielo provienen los croares, reposo mi cuerpo sobre el piso, y un suspiro muy triste se me escapa; descanso mi hocico en una roca y aspiro el lodazal que me perfuma, que me perfora y que me mata.

¡Qué decisión tan ingenua habré tomado! Si por no beber del nepente no te olvido, y por no poder olvidarte me he matado. ¿Qué será de mí, de este fantasma? ¿Qué será de este perro abandonado?

Y después de un camino largo y recio, llego dócil y triste hasta tu puerta, y ahí me siento inmóvil como piedra, sin quitar la mirada del resquicio por donde algunas noches esplende la luz de tu desvelo. A veces te llamo con mi voz más tenue, pero tú no oyes tu nombre, oyes gruñidos… a veces quiero llamar con tres toquidos, pero tú sólo escuchas el tenebroso rasguño de unas garras.

Algunas veces te he encontrado trasnochada, apretando el paso hacia tu casa, con los ojos puestos en tu espalda y un temor palpitante entre las faldas, cuando te veo tan cerca el corazón me brota y se me cuelga en la lengua en mil jadeos, patrullo el trazo nervioso de tus pasos y lo acompaño gentil hasta tu puerta, y antes de que tu silueta se borre de mi vista canina, escrutadora, me desespero y al no poder llamarte me arrojo vehemente hacia tus piernas, las beso reverente y respetuoso, pero tú sólo sientes asco de mi lengua y me das con el bolso en la cabeza.

El resto de la noche yo te aguardo; duermo poco, tiemblo mucho… mas antes, mucho antes de que el sol se me aparezca regreso atribulado por aquel camino hasta el rincón que tengo en el infierno, y en él me torturo y desespero hasta que de nuevo el cielo se muera en sus penumbras para ver si esta vez puedo decirte, que no soy un infeliz y negro perro, que yo fui César, que morí, que reencarné… y que yo te quiero.

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