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30 Mayo
2017
Literatura Recomendación Reseña
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EPISTOLARIO (1873-1883) / FREUD

Para David

HISTORIAS LIBRESCAS

Por Nidya Areli Díaz

Hace algunos meses, no recuerdo exactamente cuántos, mi pintor español me envió por paquetería el primer tomo del Epistolario de Freud (1873-1883), editado por Orbis en Barcelona. David y yo hemos sostenido una fluida correspondencia desde hace años, ¿cuántos? Tampoco lo sé, no estoy segura dado que tengo dificultades en mi vida cotidiana para llevar cuenta del tiempo. ¿Qué es el tiempo? Ahí otra cuestión que soy incapaz de responder. El tiempo es, quizá, las cartas que han transcurrido desde que conocí al pintor, y con este hecho, las ideas que han fluido, las discusiones que se han encendido, llegado a un clímax y declinado, y bueno, todos los sentimientos que han ido de un lado del Atlántico al otro, sin más pudor ni recato que el poco elegante medio electrónico. No sé exactamente por qué, pero no había leído el libro sino hasta hace pocos días. Recordé entonces lo mucho me gusta el género epistolar. ¿Es un género? Sí, parece ser que sí, ¿quién diría que uno escribe cartas personales y luego ellas, si cumplen con la belleza que dictan las normas de lo literario, se convierten en pequeñas obras de arte? Mas, ¿dónde se asentarían con mayor naturalidad y franqueza las venturas y desventuras de la condición humana?, ¿dónde más si no en aquellos textos precisamente escritos en el ámbito de la intimidad?…

Puedo no ser precisamente una gran escritora, pero soy escritora de cartas, eso sí. Leía las de Freud y pensaba en todo lo que me gustan los epistolarios y en todo el tiempo que había pasado sin que leyese ninguno. Me acordé también de la correspondencia que describe Milán Kundera en La inmortalidad entre el poeta Goehte y una tal Betina Bretano y que —cosa curiosa— el pintor me había enviado en archivo electrónico pocos meses antes. Dice Kundera que lo que primaba entre ellos no era el amor, sino la inmortalidad. Pensé entonces en lo que existe entre mi pintor y yo, ¿amistad, amor, inmortalidad, o los tres juntos y mucho más? Me he sentido culpable de no escribirle cartas tan largas y bonitas como las de él. Al principio, hace años, trataba de seguirle el paso, pero pronto me di cuenta de que era imposible, pues las circunstancias de cada cual son distintas y así las cartas suyas con respecto a las mías.

¿De qué se habla en una carta? Bueno, de la rutina, de las ideas, de las lecturas, de las reflexiones, de los sentimientos, de las frustraciones corrientes…, de todo lo que se pueda; incluso del nuevo gato que ha llegado a nuestra vida, o de la caminata de la semana pasada, o del tráfico terrible de la Ciudad, o del bosque calmo y los troncos que hacen resistencia para ser cortados y llevados en el bosque; se habla de las producciones artísticas: “escribí un poema de desamor muy triste, pero no te lo puedo enseñar todavía, tengo pudor”; o bien “quise hacerte un retrato al óleo y me salió el retrato de una chica que conocí y no veo hace veinte años”; o bien “niñata, te has pasado los días mirándote las uñas y no escribes, ¿quién va a escribir por ti?” y, en fin, lo malo es que cuando uno se acostumbra al discurso elaborado, surge el inconveniente de que los múltiples discursos vacuos del día a día, los discursos del meme, por ejemplo, se vuelven ramplones y hasta groseros en la percepción propia. Resulta insulso todo lo que pretenda significar algo con una frase y una imagen cursi de por medio… ¿Soy malvada? Malvada no. Devastadora sí. Lo sé. Ya luego he comprendido que deberían variarse de vez en cuando los estándares; los discursos no pueden ser siempre profundos, elaborados y bellos; no todos tienen la paciencia ni el tiempo para hacer discursos bien estructurados, ni todas las circunstancias lo exigen ni a todas las personas les interesan. ¿Mejor así lo dejo? Está bien, así que quede.

Pienso en las cartas de amor que escribí sin que tuvieran respuesta. ¿Hay algo más triste que una carta de amor sin respuesta? ¿Hasta dónde va uno a parar después de tejer y retejer la madeja del corazón anhelante en la palabra escrita, de desangrarse con el alma en carne viva, sin más contestación que el silencio perpetuo? No tiene sentido. Pero las cartas quedan, y a lo mejor algún día irán a posarse a otro corazón, en el que algo más que la indiferencia sean capaces de despertar. Las cartas, pues, son en este sentido, la materialización del pensamiento más íntimo, de los sentimientos más profundos del espíritu y de la cotidianidad en toda su franqueza. Las cartas son lo que uno dice en libertad, en plena libertad y en la sima del propio ser. Una de las ventajas que ofrecen es que pueden ser enviadas hasta que se sienta uno plenamente satisfecho; puede uno regresar y reescribir los párrafos; puede uno pensar y repensar en lo que ha querido decir y en si es lo suficientemente claro; puede uno, es más, aclararse escribiendo una carta.

Las cartas, me atrevería a afirmar, no son tanto para el receptor como para el propio emisario. Antes que escribir una carta para alguien, se escribe para uno mismo: “acá queda mi corazón con esta materialidad que soy yo y aquí estás tú con lo que yo quiero darte de mí…”. ¡Eso son las cartas! Mi pensamiento más elaborado, mis palabras entrecortadas escritas al filo de las lágrimas o en la plenitud de mi razón. He escrito cartas mientras me corrían las lágrimas por las mejillas, y las he tejido también acompañada de música, de café o de alcohol; las he escrito también imaginando la cara que pondrá mi receptor a la hora de leer una parte específica, y estoy segura de haber hecho exactamente el mismo gesto. Escribo cartas musicales y cartas lúgubres; cartas tristes y cartas felices; cartas filosóficas y cartas graciosas y medio simplonas…, en fin, el ser humano queda ahí retratado, más retratado que en ningún otro lado.

Así, con el temprano antecedente, un poco apolillado por lo mismo, de un par de las obras más importantes de Freud, de su obra académica además, embestí sus cartas con sorpresa singular. La mayoría de ellas están dirigidas a su entonces prometida Martha Bernays, 27 de 30; una es para su amigo Emil Fluss, otra más para Wilhelm Knöpemacher y una más para su cuñada Minna Bernays. El pequeño prefacio es de su hijo Ernst L. Freud. En ellas, el pensador, uno de los grandes revolucionarios del siglo XX nacido en 1856 y que tendría entonces entre 17 y 27 años ¡nada menos!, habla de sus preocupaciones económicas, de sus estudios posibles que al principio oscilaban entre medicina o zoología, de sus impresiones estéticas en torno a alguna exposición de pintura, de sus ilusiones imberbes de enamorado y, en fin, de su más íntimo pensamiento… Me ha dicho mi psicoanalista que ahí está, lo que ellos llaman, el proto-psicoanálisis. ¡Ja!

Del estilo se puede inferir que antes que científico, Sigmund Freud fue sobre todo un escritor notable. La belleza de su palabra y la fluidez de sus ideas dan la sensación de asistir a una novela de amor y a una obra propiamente literaria más que a cualquier otro género discursivo. Dice Ernst de su padre: “Tenía el prurito de contestar a todas las misivas recibidas, sin establecer distingos en cuanto al corresponsal, y por regla general su respuesta estaba en el buzón dentro de las veinticuatro horas siguientes […], la estricta observancia de esta norma a lo largo de su prolongada vida cristalizó en la composición de muchos millares de cartas”. Desde esta declaración, ¿podemos determinar que Freud fue un literato del género epistolar? Sí, me parece que sí y que no pocos autores han destacado por esta parte de su obra.

Luego de ello, queda la joya de la sustancia filosófica que puede extraerse como de una fuente de maná; refiere Freud a Emil Fluss:

Tomas mis «preocupaciones acerca del futuro» con excesiva ligereza. Las gentes que no temen sino a la mediocridad —me dices— están a salvo. Y yo te pregunto: ¿A salvo de qué? No será a salvo de la propia mediocridad, supongo. ¿Qué importa que temamos algo o no? ¿A caso no es más importante la cuestión de si lo que tenemos existe? Estoy dispuesto a admitir que también los cerebros más poderosos se pueblan de dudas acerca de sí mismos; mas ¿debe deducirse de esto que aquel que duda de sus propias virtudes posee un intelecto poderoso? Intelectualmente, puede ser el dubitativo una nulidad, aunque resulte al mismo tiempo un hombre como es debido por su educación, sus costumbres e incluso su «autotormento».

Ello me lleva a pensar en si a Freud le interesaba trascender; ¿es necesario el afán de trascendencia para ir a la inmortalidad? Cuando esto escribió en 1873, tendría el chico 17 años. ¡17 años y pensaba en la trascendencia!, huía de la mediocridad como de la peste y sabía ¡ay! que no es suficiente temerla para librarse de ella. Luego, curiosamente, Kundera señala en Betina y en Goethe el afán de inmortalidad presente en su correspondencia; la consciencia, pues, de que lo que se escribe pretende trascender, aún en la intimidad. Voy más lejos y me pregunto si escribir cartas será una forma de hacerlo, y si Freud, de no haber sido el padre del Psicoanálisis antes que todo, habría trascendido con su copiosa producción epistolar que no es poca cosa ni de desdeñarse…

Con la palabra bella y enamorada —¿habrá alguna mejor?—, no escatima en prodigar a su Martha, lectora primera de este ideario, los más melifluos frutos de su alma, y no por ello cae en la cursilería; antes bien, se esfuerza por llevar el pensamiento a lugares floridos y cultos, cultos y floridos, muestra pletórica de sentido, de que lo que se dice es muy en serio, tan en serio que involucra la elaboración de un discurso bien estructurado, aún en la evocación del recuerdo o en la subjetiva y personal reflexión sobre un particular:

Tenía la impresión de que, en algún sitio, había leído algo acerca de un hombre que llevaba consigo a su amada encerrada en una cajita, y habiendo escrutado durante mucho tiempo en las tinieblas de mi cerebro, me cercioré a medias de que tal sucede en La nueva Melusina, el cuento de hadas de la obra de Goethe  Años de andanzas de Guillermo Meister, que recordaba sólo vagamente.

Destacan también los atisbos que surgen sobre sus ideales del hogar, o lo que pensaba del papel de la mujer en la sociedad; cosa que deja mucho que desear para el padre de la revolución sexual del siglo XX, pero que también denota el pensamiento de una época y la línea que suele separar la vida intelectual de la vida íntima. Especialmente me llamaron la atención algunos pasajes en los que habla de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, de sus experiencias como lector y de su sensibilidad estética. Pienso en sus reflexiones en torno a su religión y a sus implicaciones sociales y culturales, y todo ello, reitero, no con un afán público, sino desde la más íntima y sentida franqueza de la epístola. Como cereza del pastel, ya al final del libro, narra en una misiva dirigida a Martha, el desafortunado incidente del suicidio de su amigo Nathan Weiss, además analiza su compleja personalidad y las causas que lo llevaron a la muerte a pesar de su juventud y de sus éxitos profesionales.

En fin, luego de este cruce de cartas y de recuerdos de cartas y de planes de cartas y de reflexiones en torno a cartas y más cartas, donde además me he declarado una escritora de cartas antes que de cualquier otra cosa, vengo a preguntarme cuán rara o común será esta práctica en esta actualidad ramplona de la “filosofía del meme”, y qué trascendencia puede tener para la vida de una persona esta saludable y emotiva práctica. Gracias, David, por ser el mejor corresponsal que haya tenido en la vida.

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