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04 abril
2017
Crónica Literatura Narrativa Relato
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EL SILENTE (CASA #228)

CRÓNICAS DE LA CALLE MONTALVO

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Por Alberto Curiel

—Mmm… No, no hay mucho que decir sobre Agustín, apenas lo conozco. ¿Por qué me lo preguntas?

—Tú observas a todo el mundo, es decir, a todos aquí.

—Eso no… no es cierto, Silvia, sería… irrespetuoso.

—¡Vamos!, todos lo sabemos, eres el ratón de biblioteca de la calle, el tímido freaky asustadizo… Quita esa cara, a la mayoría no nos incomodan tus fisgoneos… Algunos pensamos que pueden ser de gran ayuda…

—No, no soy como dicen, mi trabajo me posibilita estar en casa y…

—No me atajes de ese modo, Dalton, ¿qué sabes de Agustín? Y esta vez no mientas. Él… él me agrada.

—¿Te agrada? Pero, no lo conoces… ¡Oh…! Entiendo… te agrada—, dije esbozando una sonrisa que, más bien, parecía una S.

—Él es retraído, misterioso, taciturno…

—¡Ya sé, ya sé!—, expresó Silvia frunciendo el ceño, —no me señales lo que claramente puedo percibir, dime qué hay más allá del caparazón del solitario, ¿sale con alguien, tiene pasatiempos?

—No lo sé, Silvia, escasamente hemos cruzado palabras, no es muy amistoso. ¿Sabes? Además, tú tienes a Iván, a él no le gustaría…

—¡Calla, ya! Iván no es como deseo. Me haces perder el tiempo—. La mujer se levantó de la silla, ajustó su pantalón e inspeccionó su camisa en un movimiento ensayado, automático. —Nos veremos después—, afirmó al momento de marcharse y cerrar la puerta.

No soy de ese modo, no, un fisgón, no… tal vez, pero… sí, lo soy. Es difícil no serlo en este sitio. No obstante, creí ser discreto y… lo han notado. Pese a mi minuciosidad, él ha eludido mis escrutinios. Agustín… Agustín, hay algo intrigante en ti, pensó Dalton en las horas subsecuentes.

Aquella conversación ocurrió hace tiempo ya; Silvia y Agustín mantienen una relación… ordinaria… no viven juntos, empero, se quieren. Yo los uní paulatinamente. Resultó que el sujeto es brillante, demasiado para un hombre común, una biblioteca ambulante, un químico exacerbado, pero también un tipo multifacético… No me atrevería a decir que sufre algún trastorno mental, sin embargo, es evidentemente inestable, padece prisas imaginarias que le hacen huir con presteza de forma inesperada, algo así… creo yo.

En circunstancias poco favorables, me saluda afablemente, congratulándome, como la madrugada en que arribé a mi domicilio casi cayéndome —no soy dipsómano, por si lo presiente— de borracho. Él portaba un curioso pijama azul con manchas rojizas, diseñado, sin duda, por algún posmodernista, fumaba un cigarrillo frente a su auto y devoraba con incuestionable afán una pieza de carne que, por la oscuridad y la briaga, no pude discernir con exactitud, lucía como una pierna de pavo mal cocida, —¿qué hacía Agustín comiendo frente a su casa, y en pijama, a las tres de la mañana?— Se aproximó a mí despaciosamente, escudriñándome, depositó los huesos de su platillo en mi basurero —el de mi jardín—, me tomó del torso exclamando sendas bromas y evocando llamativas anécdotas, propinando palmadas a mi espalda, auxiliándome en el difícil proceso de insertar la llave en el agujero…

En singulares ocasiones, él juega al invidente, camina junto a mí sin dedicarme una sonrisa o un movimiento descendente/ascendiente con la cabeza, de esos que uno ejecuta para indicar que ha detectado a algún conocido, arqueando las cejas y haciendo un gesto extraño con la boca, simulando pronunciar un “buenas tardes” o “días” o “noches”; normalmente respondidos en reciprocidad absoluta. Estas instancias se han repetido en decenas de acercamientos.

También me ha observado, soslayando mi persona, y la de cualquiera, o me ha atinado con sus recónditos irises de un azul cristalizado, como si viera a través de mí, y entonces me traspasa. Un día es la parsimonia y la festividad, y otro la amargura y la abstracción… Sólo conmigo, claro, dado que no mantiene contacto con nadie más en la calle.

Silvia acude nuevamente a mi encuentro:

—Querido Dalton, ¿te gustaría…? Quiero… queremos invitarte a cenar con nosotros, Agustín está de acuerdo, por supuesto. Creemos que debemos agradecerte generosamente: Hiciste un cupido estupendo. Además… podrías convencerlo de contraer nupcias conmigo.

Él no quiere formalizar la relación, me comunica —ella anhela casarse religiosamente—, lloriquea, pero nada tengo que confeccionar en esos asuntos de dos. Sin embargo, persiste en atribuirme jurisdicciones que no me competen. Yo los uní y es mi deber oficializar dicho nexo, según ella. “Es todo lo que puedo esperar, somos el uno para el otro, tal para cual, ¡nos amamos!” y demás ridículos enunciados proclama la enamorada, confesando sus más profundos sentires; con lo poco que me fascina la miel. Yo le comparto mis experiencias, nuestros bizarros encuentros callejeros huraño-amistosos, la pierna de pavo, mi borrachera…

—Es distraído, nada más… Estás imaginando todo. No, no, a Agustín le regocija tu presencia, a nosotros dos. ¡Él jamás te ignoraría! Probablemente no reparó en ti… ¡Siempre devuelve el saludo!—, configuró Silvia en defensa de su amado.

Su actitud refulge en anomalías, no confío en sus procedimientos… tal vez Montalvo me esté desquiciando, no… no soy paranoico… El agradecimiento, la cena… ¿es necesario?… somos vecinos, probablemente se hubieren tratado sin necesidad de mi injerencia.

***

Estudio a Agustín, me es imposible, él es… normal, rutinario, repetitivo, su agenda es de un uniforme permanente, excepto fines de semana, ahí es impredecible. Es maestro, profesor de bachillerato, docente en secundarias distintas. Es esquivo y diestro con la palabra, muy…, su existencia no reproduce ningún espasmo, ni sonido, nadie se percata de él, la sombra silenciosa y escurridiza; quizás es más invisible que yo. Algo en ti me atrae, Agustín, y no de un modo sexual, sino enigmático. ¿Qué hace un individuo así radicando en este punto, qué efecto produce en Silvia…? Ninguno embona en este sector…. Pareciese que para vivir en esta calle, es necesario… ¡Bah! ¡Qué digo!

Asisto a la cena, han decorado el apartamento maravillosamente, de las paredes cuelgan atractivos camafeos, la mesa de centro —gigante— es iluminada por un candil que pende por encima de ésta. Beethoven asalta mis sentidos, Agustín enciende un anticuado tocadiscos y sacude sus palmas en señal de un buen trabajo realizado. Todo ha sido previsto con meticulosidad de espanto. Ella presume un elegante vestido negro, él viste su traje sastre habitual. No son lo que los estándares internacionales denominarían “bellos”.

Departimos lacónicamente, deleitamos nuestros paladares, reímos, bebemos, avistamos la camaradería; la noche fluye, el tiempo… Agustín sirve más vino y el alcohol merma las poses, acerca los cuerpos, ruboriza los rostros y abre más las bocas. La noche pronostica la eternidad, esto no culminará nunca.

Entre bocadillos deliciosos y amena estancia, Silvia me dedica miradas exuberantes… ¡No!, estoy ebrio, desliza su lengua por encima de su labio superior, asegurando sus ojos en los míos, consolidándolos estáticamente… Tal vez debo partir a casa.

—¡No, no, no te vayas! ¡Agustín, dile que no se marche!

—¡Vamos, Dalton!, mañana es domingo… quizá ya lo es. Nos lo estamos pasando muy bien, ¿no es así? Permíteme advertirte que tenemos algo preparado… Aunque lo implores no huirás. Ya mismo comenzaremos a divertirnos, y mañana serás libre. Aguarda un segundo, por favor.

Agustín se encoge de hombros y se aparta de nosotros, perdiéndose de mi vista, internándose en una de las habitaciones colindantes con el único pasillo que dibuja la arquitectura de la casa. Silvia reincide en sus juegos/miradas, se acerca más a mí, frota mis piernas con las yemas de sus dedos…

—¡Silvia!, ¿qué haces? ¡No!—, expelí en alarmantes susurros. —Agustín puede volver en cualquier momento.

—¡Calma, calma ya, Dalton! Mírate, estás… apetitoso…

La ebriedad abandona mi cuerpo en un instante, Agustín reaparece en el hogareño pasadizo con una daga empuñada, probablemente ha notado el tren de manos que Silvia y yo sacudimos.

—¿Te ha gustado la cena, Dalton?

—Sí, sí, Agustín, todo ha sido magnífico—, suelto temblorosamente mientras tomo con disimulo una bandeja de plata y la oculto tras mi espalda.

—Ven aquí, amigo, quiero mostrarte un pequeño secreto. Ofrecerte… incorporarte a… algo especial—. Silvia se pone en pie, camina en pos de su compañero; deslizo la bandeja bajo mi suéter, la atranco con mi cinturón. Estoy seguro de que nos ha visto, aunque yo no he hecho nada.

Deambulamos juntos, paseamos largamente en su breve domicilio. No, él no está molesto, perora un extraño discurso iniciático que no interpreto con lucidez, deconstruye la belleza, la moral, me quiere, quiere unirse a mí y brindarme tributo; todo esto discurre durante sosegados pasos minúsculos, en un larguísimo paseo que nos transporta de la sala-comedor hacia una íntima puerta a través del pasillo. Descendemos escaleras —¡tienen un sótano!—, dilatamos un respiro en culminar nuestro voluntario declive… La obscuridad nos empapa… Las luces se encienden.

Mi conciencia tintinea, roto mi cabeza, estrujo mis párpados con la potencia de cien hocicos de lagarto hambriento… Náuseas, jaqueca instantánea, estoy… horrorizado, los inmundos aromas en tropel acceden por distintos vericuetos, en certero ataque a mi cerebro, las fuerzas me renuncian, cesan las locomociones… Quizás estoy equivocado, si vuelvo la cabeza y echo un vistazo, ¡no!

Agustín reanuda el monólogo, “naturaleza, hermandad, superioridad”, exhala su boca…

—¡E…es… están enfermos!—, alcanzó a pronunciar después del segundo vomito instintivo. Debo salir, urgentemente, ¡lo sabrá todo el mundo!, esto es imperdonable…

—¿Quién te creería, amigo mío?—, burlase Silvia. —¿Llamarás a la policía?, ¿otra falsa alarma como la de Sofía?, ¿repetirás el espectáculo de la vecina que presuntamente traficaba con animales?, ¿cuál será la nueva treta de Pedro y el lobo? Agradécenos, Dalton, serás homenajeado, santificado, uno con el universo, uno con nosotros.

—Detén tus esmeros, Dalton—, sugirió Agustín, tu bebida, el delicioso vino que degustaste copiosamente contenía un tranquilizante de efectos retardados… Duerme, querido, duerme…

Escalo las escaleras, gateo a través del corredor/purgatorio, inhalo, siento el desmayo en camino, comparezco ante la puerta, sostengo la perilla y la giro, caigo fuera de la casa con el número 228, me arrastro cual gusano ebrio por el césped… duermo.

***

—Habrá que tomar la declaración pertinente en cuanto recupere la conciencia. ¿Qué parentesco sostiene con usted?

—Somos amigos, únicamente, oficial.

—Su amigo no es muy querido por los residentes, ¿cierto?

—No exactamente, es una historia complicada, verá…

—¿George?

—¡Dalton!, ¡Por fin has despertado!

Ambulancias y vehículos policiales ornamentan Montalvo, peritos vagabundean erráticamente dentro, alrededor, sobre, bajo la vivienda 228, bolsas negras son extraídas sin cesar, celulares sonando, mirones…  Agustín ha desaparecido, escapó sin legar pistas, moviose en total circunspección, en intangible mutismo. Silvia ha sido capturada, enjaulada como animal salvaje. Punza mi pecho cubierto con vendajes que cubren suturas:

George, el inquilino de la casa 241, fue el ulterior testigo de mi desmayo, mi sueño fúnebre, él, que padece el síndrome de Kleine-Levin (un trastorno del sueño que le hace dormir en exceso), despertó en el minuto más conveniente, hambriento, acalorado, salió de su cueva de oso para saquear alguna tienda, de aquellas que operan las 24 horas del día, y así saciar su apetito y aliviar la deshidratación de su cuerpo. Ahí me encontró, sin acercarse mucho, huyendo despavorido, besando el suelo, suplicando escandalizado, él percibió mi angustia y las atrocidades que presencié en un acto simbiótico, presenció mi remolque al interior del manicomio; fui cargado, llevado en los hombros del hombre silente. George alertó a la comisaría so pretextos múltiples, motivos diversos que obligasen la intervención policial. Él mismo vandalizó la residencia de Agustín, justificando así su llamado, culpando a la increíble pareja.

El terrible sótano en donde fui hallado inconsciente, con bisturí encajado, atisbo de una escisión en el pecho, contenía además restos de cuerpos mutilados, brazos y piernas colgando cual carnicería de mercado, recetas de cocina, estómagos rellenos de condimentos, tres refrigeradores de tamaño jumbo, cabezas humanas ataviando la cripta. Media docena de jovencitas desaparecidas encontráronse fortuitamente ahí, en aquella distinguida y apacible morada, donde un caníbal yacía, desapercibido, callado.

Silvia confesó ser un platillo que también estaba en el menú, puesto que su fugitivo novio es miembro de un clan que asocia al canibalismo con la fuente de la eterna juventud, la asimilación del otro en uno mismo, la fusión e incremento de capacidades mediante la ingesta de la carne; ella fue condenada a cadena perpetua y, si usted, lector, se pregunta por el paradero de Iván, el ex novio de Silvia, le confesaré sin ningún decoro que yo… nosotros… Lo devoramos esa noche.

  …

ILUSTRACIÓN

Canibal >> Rocío García

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