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05 Julio
2016
Cuento Literatura Narrativa
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EL PSICOPOMPO (TERCERA PARTE)

Por Alberto Curiel

“Nuestra lealtad es para las especies y el planeta. Nuestra obligación de sobrevivir no es solo para nosotros mismos sino también para ese cosmos, antiguo y vasto, del cual derivamos”.

Carl Sagan

ISRAEL

—¡Señor!, más personas están arribando a nuestras fronteras. Los palestinos restantes se presentan pacíficamente, están dispuestos a olvidar viejas disputas con el fin de obtener refugio en esta tierra. El único lugar donde reina la paz.

Hermes Ogmios Psicopompos-Alberto Durero

Hermes Ogmios Psicopompos » Alberto Durero

 

—Haga que les acepten. Sin embargo, deberán pelear… lo mismo que nosotros y los demás refugiados de todas las nacionalidades. Será un privilegio hacerlo, salvaremos al mundo, cabo.

—Pero…, señor, estas personas… vienen en busca de protección, están aquí huyendo de la guerra…

—La guerra ha sumergido al planeta entero, no hay otra opción. Estarán con nosotros o en nuestra contra.

—Señor, no comprendo, deberíamo…

—¿Comprende que el Psicopompo sigue vivo, cabo? El conflicto apenas comenzará… Tenemos un espía en Alemania, se ha ganado su confianza, lo ha seguido desde años atrás. Él me envía informes semanalmente. Pronto vendrá… dentro de algunos meses. Hemos encontrado su principal debilidad: Confía demasiado en aquellos que le buscan con motivos “honestos”. ¿Qué? ¿No te parece motivo suficiente para unificar pueblos, combatir para salvarnos? Quiero que emitas un comunicado para hacerlo saber al resto de la población, y añade algunas palabras que asusten a todos, haz que le odien, y que a nosotros… nos amen. Miente un poco.

—¿Está seguro, señor? Tenemos ya un temible ejército, más de tres millones de elementos. Incluso los orientales colaborarán con nosotros. ¿No cree que se preocupa demasiado? Es decir, hablamos de un solo hombre.

—Pero ese hombre… es el Psicopompo. Los orientales también son enemigos, si nos encontramos en paz con ellos, es sólo por la existencia de él. Acabaremos primero con ellos. ¡¿Qué está viendo?!, ¡salga inmediatamente a hacer cumplir mis órdenes! Y diga al director del departamento de ciencias que no admitiré otro error, su última arma resultó inestable; dígale que continúen con los experimentos, y que no escatime en gastos.

—Lo… lo que usted diga, coronel Rockefeller.

ALEMANIA

Un hombre ha muerto tras la abrupta aparición de Adam. A unos cuantos metros del otrora campo de concentración de Sachsenhausen, se llevan a cabo las exequias correspondientes. La persona fallecida fue colocada dentro de una cápsula con forma de huevo hecha de plástico de almidón, enterrada tal como se plantaría una semilla, posteriormente se introdujo un árbol sobre la cápsula; de la muerte surgirá briosa la vida.

Dentro de una habitación del ahora colegio de Sachsenhausen hay un cuerpo inmóvil, respirando frágilmente, duerme, yace en su académica celda. El prisionero responde al nombre de Adam Collins; espera a ser juzgado por su crimen.

Desde el único ventanal de la habitación penetra un fulgor anaranjado intermitente, mana y se ausenta discontinuamente legando un ligero sonido: pschik. Con el centelleo se exhibe una sombra; un hombre vigila al durmiente tendido, un hombre de mirada turbia, de señero aspecto oriental que enrojece y desaparece a voluntad… juguetea con un encendedor. Alguien más se acerca.

—¡Arriba, arriba holgazán! No tolero la holgazanería.

Adam despierta bruscamente.

—¿Qué es lo que quieres? ¿Para qué me mantienes aquí?

—Vaya, vaya, Adam, aguardé tu llegada durante muchos años, tardaste demasiado, pequeñín. Disculpa, no te he presentado a tu celador, creo que no han tenido oportunidad de conocerse: Pirómano, Adam, Adam, Pirómano. Tienes frente a ti al autor de la quema de Qincheng; al muy imbécil se le salió de las manos.

—¡Huan Yue! ¡Mi nombre es Huan Yue, no pirómano!

—¡Oh, lo siento! Siempre lo olvido. Es gracioso, ¿no lo crees, Adam?, estuvimos encerrados en Qincheng un largo tiempo, todos los días, a partir de nuestro primer encuentro, me repetía su nombre y aún no logro recordarlo. Perdona, querido Pirómano, la próxima vez lo recordaré.

—¡Aagh! —rugió Huan Yue.

—¿Cómo advertiste mi llegada? —cuestionó Adam.

—Siempre supe que vendrías, conozco todo sobre ti.

—¿De qué hablas?

—Yo te elegí, Adam, fue mi decisión dejarte con vida. No hagas que me arrepienta, se supone que eres un genio, ¿o no?

—¿Dejarme con vida?

—¿En realidad crees que tuviste suerte al sobrevivir? ¿Calculas que fallé? Adam, Adam, Adam. ¿Quién me crees? ¿Has observado el lugar en el que te encuentras? Mira bien, no encontrarás a nadie común, ningún igual. ¡Aah! Los hombres siempre realizan las preguntas equivocadas, cuán lejos se hallan de la verdad, no me sorprende su tendencia a repetir el pasado ineluctablemente. La verdad es ineludible, nadie se opone a ella…

Evité que mi Grasse te hiciera daño alguno; por cierto, los occidentales aún no comprenden ni la mitad de su funcionamiento, creen que su única función es trasladar energía para quemar cosas. Adam, si tuvieses la capacidad de discernir a la velocidad de la luz, hubieses notado que el relámpago realizó una parábola horizontal alrededor de ti aquel día. No eres tan diferente de mí, los iguales han limitado tu capacidad, tarde o temprano yo te liberaría. Tú necesitabas venir aquí.

—¿Por qué puedo escucharte dentro de mi mente?

—Me alegra que lo preguntes. Mi cerebro produce magnitudes de energía que exceden lo extraordinario, así puedo propagar mis ondas cerebrales tan sólo concentrándome en el individuo a quien quiero interceptar. Divertido, ¿no lo crees? Un día, mientras tomaba un descanso, me propuse intentarlo, y lo hice… sólo así, no fue complicado. Debiste verlo, Adam, el Pirómano creyó estar aún más demente, lo molesté hasta que comenzó a incendiarse el cabello.

—¡Aaaagh!- Volvió a rugir Huan Yue.

—Bien, Adam. Las personas que residen en los alrededores están descontentas con tu intrusión, no está permitido el connato de homicidio o la amenaza sin alguna razón previamente anunciada y coherente, incluso causaste la muerte al viejo Yenkin. Cuando miró tu arma en mi frente al pobre le dio un infarto; me tenía un gran afecto. Debes saber que no debiste hacer eso, no obstante, no tienes de qué preocuparte. Tss… tengo influencias con el jefe, nadie te molestará por aquí.

—¿El jefe? ¿Quién es el jefe?

—¡Yo soy el jefe! Mmm… de cualquier forma aquel viejo cascarrabias no duraría mucho viviendo con nosotros. Ya sabré como excusarte con los demás.

—No vine aquí a charlar contigo, ni siquiera debería estar escuchándote. Vine a asesinarte, y nada más; he fracasado, ahora no tengo propósito.

—¿Asesinarme? ¿En verdad crees que hubieses podido hacerlo? ¿Crees que fue fácil llegar a mí, que eres un magnífico investigador? Yo puse a tu disposición todos los documentos que reúnes en tu bitácora, jamás te perdí de vista, niño. Afortunadamente te emancipé de tus padres antes de que mancillaran tu talento.

—¡Calla, imbécil! —Adam levantóse del suelo y saltó al ventanal con las manos extendidas y los dedos aupados cual si fueren garras, Huan Yue lo sometió con un fuerte golpe que impactó certero en su mandíbula.

—Tranquilízate, Adam. Todavía no me has escuchado. Cada persona fue seleccionada exhaustivamente. ¡Diablos! Tu padre era un imbécil, después de tu nacimiento acabo la relación que mantenía con tu madre, tuvo cuatro hijos más con distintas mujeres… Y tu hermanita… ¿nunca te preguntaste por qué no mantenía ninguna similitud física contigo o tus padres? Ella era semejante… a su verdadero padre. ¿Cuál era su nombre? Larissa, sí, lo recuerdo.

—¿Puedes recordar su nombre y no el mío?

—¡Silencio, Pirómano!

—Tu hermanita no viviría más de quince años, Adam. La contagiaron de VIH al nacer. Digamos que tu madre tuvo… ¿cómo decirlo sutilmente?… ¡Se acostó con media ciudad! ¡Aaah!, tengo tu atención, muchacho. Me conoces más a mí de lo que conociste a tus padres, sabes que digo la verdad. ¿No es un alivio que te libraras de ellos? El coeficiente de tu pequeña hermana era común, además ya comenzaba a usar neologismos imprudentemente, sin ninguna cautela, y qué decir de su gusto musical, se dirigía al camino de los iguales. ¿Ahora comprendes, Adam? No los quité del camino por sidosos o infieles, sino porque ellos eran parte de la enfermedad. No es distinta su historia a la del resto. Tú eres parte de esta ocasión, de reinicio, de equilibrio entre lo apolíneo y lo dionisiaco, el summun de la vida, el fin del antropocentrismo.

¿Por qué ese semblante? Ahora odias a tus padres… ¿Crees que soy malo, Adam? ¿Imaginas que no he vivido lo mismo que tú? Ocultaste tu intelecto desde pequeño para no ser separado del grupo como un insecto raro, pero era difícil, ¿cierto? Siempre terminan descubriéndote. Debiste andar cauteloso, manteniendo la mirada taciturna, la cabeza baja, los puños apretados, y pomadas y pastillas para el dolor en los bolsillos… Eras el niño golpeado del barrio, del aula de clases, el tímido, callado incluso en las tundas propinadas por los respectivos abusones. No estás molesto conmigo, eras infeliz mucho antes de que yo interviniera en tu vida, yo era el pretexto de tu malestar, pero estás furioso con ellos: Los iguales son el germen de tus males, no lo soy yo.

—Así que… ¿Tú también atravesaste por la misma situación…? ¿Colocaste la otra mejilla?

—¡Por supuesto que no! Yo no soy tan cobarde. ¿Qué clase de Dios sería si predicara con esa tontería?

Ya lo entenderás, Adam. Me has buscado durante años porque anhelas instruirte, reproducir mi voluntad, porque tú no la tienes; has examinado en mí convergiendo en ti. No has venido a eliminarme, muestra de ello es tu patética urdimbre tan endeble. Alguna vez escribiste un breve relato sobre un hombre que demolía a Europa, la conquistaba, desplegaba campañas de esterilización humana similares a las efectuadas con los perros y gatos callejeros; se convertía en un odiado emperador que culminaba sus días asesinado, a pesar de haber realizado notables acciones en materia humanitaria, de ponderar la riqueza y el alimento, de suministrar recursos… ¿No eras tú ese emperador?

—No me compares. Dices saber mucho sobre mí…, entonces no me cuestiones. No olvides que estamos en igualdad de condiciones, tú mismo te encargaste de ello, nos conocemos bien, Psicopompo; por cierto, siempre quise decirte… el pseudónimo con el que te haces llamar… es ridículo.

—¿De qué hablas? ¡Es maravilloso! Puedes reír y temer a la vez, ¿no te parece? Amo esa palabra, repite conmigo: ¡Psicopompo! ¡Psicopompo! ¡Psicopompo!…

—Tu comportamiento es muy infantil, no eres lo que esperaba. Quizá no eres tan brillante como dices serlo…

—Mmm… ¿lo dices por  mi rústico invento en Qincheng? Lo lamento, no quise decepcionarte. Debes entender que no tenía a la mano un laboratorio para crear tejido bio-orgánico usando tecnología nanomolecular, lo más que pude hacer fueron aquellos vendajes para curarme.

—Impresionante… ¿Cómo lograste salir de ahí? No pudiste partir de prisión con las manos vacías.

—¡Ah! Muchacho presumido, debías decirlo. Está bien, te agradeceré. Pude salir gracias a ti. Tu trabajo en el entrelazamiento cuántico es incomparable…

—¡Imposible! ¿Lograste completarlo? ¿Cómo es que conoces mis experimen…? ¡Olvídalo! No importa. Comencé a trabajar en ello cuando tenía…

—…Doce años. Lo sé. Querías construir…

—¡…Lograste hacerlo! ¡Una máquina del tiempo! Entrelazando partículas a través de…

—¡Basta ya de tonterías, Adam! La irá nublaba tu capacidad. Querías a toda costa vengarte de mí, volver con tu hermana. Pero nunca lo hubieres logrado.

—¿Por las múltiples paradojas posibles?

—¡Claro que no! Ni siquiera estuviste cerca de crear una máquina provechosa, pero tu trabajo no fue tan inútil. Lograste un estado de entrelazamiento cuántico distribuido jamás logrado hasta entonces.

—Eran sólo teorías, no poseía los medios para corroborarlas.

—¡Yo sí, Adam! ¿Conoces el efecto EPR?

—¡La paradoja Einstein-Podolsky-Rosen! ¡No puede ser! ¡Estás hablando de…

—Un grano de maíz en el horno de microondas puede encontrarse en uno de dos estados: grano o palomita. Si no es lo uno, será lo otro sin remedio. Los dos estados posibles de este objeto se excluyen mutuamente. Pero si fuera un objeto cuántico, el grano de maíz podría estar también en una combinación extraña de esos dos estados: ni grano, ni palomita, tampoco medio grano, ni media palomita, sino más bien grano/palomita. Superposición de estados coherentes, Adam. Ser y no ser. Estar y no estar.

—Pero un objeto de mayor tamaño no puede permanecer en una superposición coherente. Los estados superpuestos son inestables, se esfuman y se transforman en un estado definido. Los objetos compuestos de muchas partículas son imposibles de aislar de su entorno, encontrarías la incoherencia, la destrucción de la superposición. Además la medición total de las partículas es inasequible, el principio de incertidumbre de Heisenberg…

—¿Y si te dijera que Heisenberg no tiene más incertidumbres? ¡Ja! ¡Qué elocuente soy! El límite en la precisión ha sido erradicado, Adam. La superposición debe mantenerse lo suficiente para ser trasladado, después de ello no importa. No existe lo imposible. Ahora puedo teletransportarme. No obstante, el viaje es limitado, debo tener un destinatario entrelazado en donde mis átomos sean reintegrados, de lo contrario no puedo ir a ningún sitio o quedaría hecho pedazos.

—Ahora entiendo. Lo que construiste en Qincheng fue el emisor de tu escape, el receptor ya se encontraba en algún lugar del mundo. ¿Has pensado en realizar el enlace a nivel global sin necesidad de un receptor específico? Quizá si aplicas el mismo método que usaste para vincular la Grasse con todo satélite en órbita, además de usar algo similar a los puntos de intercambio de Internet distribuidos alrededor de cada zona para interconectarte directamente, como un poderoso concentrador, evitando el tráfico, diseñando mapas, creando y redirigiendo material cuántico en una red invisible.

—Brillante, Adam… Encajas perfectamente en este sitio, ¿alguna vez te sentiste más cómodo en la vida? Aún no has contemplado la enorme cantidad de juguetes que hay por aquí, todo lo que he inventado. Imagina lo que lograrás ahora que nadie suprime tu talento. Esto es una escuela, y ahora has pasado a formar parte del alumnado.

—Tal vez pueda usarte para mi propio beneficio, de la misma manera que podrían hacerlo todos los que aquí te acompañan. Eres mucho mayor que yo, no sería necesario idear una estupenda estrategia para derrotarte; probablemente lo mejor sea esperar a que el tiempo haga su trabajo y tus capacidades disminuyan, y tu cuerpo se atrofie hasta su desenlace. No eres eterno.

—Mira exactamente detrás de ti, Adam. Dime qué es lo que observas.

—Un computador realizando múltiples cálculos… a extraordinaria velocidad.

—Veintiséis años… Veintiséis años ha permanecido intentando identificar una fórmula, un elixir insospechado, únicamente previsto en la entelequia. Algún día, no sé cuándo, terminará su labor, esa vieja computadora descifrará la fórmula de la conciencia.

—E… extraordinario. Pero… eres absolutamente ingenuo. Nada garantiza que tus objetivos sean cumplidos, que las personas retornen a la era oscura antes de tu “amparo”. No puedes ser gurú y nana. Ellos pueden negarse a apreciar la verdad. Tú mismo lo escribiste, ¿me equívoco?: “Todo puede ser calculado, excepto el comportamiento errático de los hombres”. Además… ¿no era tu propósito destruir el mundo?

—¿No lo he destruido ya? Es cuestión de tiempo para que los habitantes restantes se exterminen entre sí. El escenario que planteas… lo he escudriñado un sinfín de ocasiones y, para ello, he desarrollado un plan de contingencia: Si todo resulta inane, y compruebo la naturaleza irreparable de la humanidad, entonces… la aniquilaré por completo.

—Tú también eres parte de la humanidad.

—Brillante deducción, Adam…, brillante.

Huan Yue y Adam permanecieron inmóviles un momento, contemplando la figura del Psicopompo, que parecía haberse debilitado por unos cuantos segundos mientras miraba para sus adentros, sin duda algo pensaba, algo le mortificaba.

—Ahora, Adam, abre el cajón que se encuentra a tu derecha y extrae lo que está en su interior. Ése no, debajo. Jamás he tenido un juego de ajedrez que me resulte confortable, emocionante. ¿Te gustaría jugar?

—¿Y yo qué ganaría?

—Si ganas, que por supuesto no sucederá, te obsequiaré lo que tu desees. Espero que hagas tu derrota interesante.

—Jamás he perdido un juego.

Así transcurrieron algunos meses durante los que Adam permaneció en Sachsenhausen bajo la estricta supervisión de Huan Yue, recibiendo la visita diaria del Psicopompo: charlaban, discutían, y se desafiaban, mantenían encarnizados duelos sobre un tablero de ajedrez. Empero, la mañana del 6 de junio de 2055, Adam despertó libre, no se encontraba ningún celador en el aula que se había convertido en su placentera habitación.

ISRAEL

En los alrededores del palacio de Herodes ha sido capturado un hombre que fisgoneaba con sospechosa actitud, es amordazado, su cabeza es cubierta, y es trasladado en seguida; será presentando ante Rockefeller, que se encontraba bebiendo champagne en compañía del heredero absoluto de la fortuna Rothschild (los demás han muerto), el mayor de los Ackermann y algún miembro de la familia de los Bernanke. Discuten cómo repartirse el mundo en cuanto terminen con el Psicopompo, ya habrá nuevas mañas para hacerse con el control absoluto, como en los viejos tiempos.

La puerta de la habitación en donde los magnates bebían copiosamente es abierta de manera súbita:

—¡General!, ¡general! Este hombre ha sido descubierto husmeando, sospechamos que intentaba internarse en el palacio.

—Descúbranle la cabeza.

Un soldado cumplió en seguida la voluntad de Rockefeller, éste abrió descomunalmente sus ojos y trazó una sonrisa moderada en su rostro.

—Desátenlo y salgan todos inmediatamente.

—¿Señor? —replicó uno de los vigilantes ahí presentes.

—¡Ya me escuchó!

De uno de sus bolsillos, el hombre liberado extrajo un pequeño aditamento metálico que depositó en la palma izquierda de Rockefeller, quien giró su cuerpo hacia los acaudalados hombres que lo miraban expectantes.

—Aquí está todo lo que necesitamos saber, —dijo orgulloso mostrando el minúsculo objeto entre sus dedos. Procedió a sentarse, e introdujo la misteriosa pieza en su dispositivo móvil, de donde surgieron una serie de luces que formaban frente a ellos diversos tipos de documentos: planos, fechas, fórmulas, diseños, y fotografías flotando en el aire.

—Excelente trabajo, Huan Yue, inmejorable. —Rockefeller oprimió un botón ubicado en el descanso de su asiento, ¡Roth!, gritó parcamente, y una voz surgió del altavoz ubicado frente al botón:

—¡A sus órdenes, coronel!

—-Capitán Roth, deles el fin de semana libre a los soldados, partiremos a Alemania en cuanto termine de analizar la información que ha traído nuestro espía. Los orientales ya no serán nuestro primer blanco.

—¡Coronel!, —interceptó Huan Yue —¿no cree imprudente enviar tanta gente a morir? Su ejército es poderoso, empero…

—No sea tan pesimista, Yue, además, nunca he asegurado que mi ejército esté conformado exclusivamente por… humanos.

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