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05 marzo
2018
Cuento Literatura Narrativa
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EL PRODIGIO DE UN BUEN ARTESANO

Por Eleuterio Buenrostro

I

El ruido seco, de un bailoteo de bambúes, anuncia la llegada de Malaquías Velocino al puesto de artesanías chinas; asistía al sitio indicado, por orden de su compañía. Al internarse tropieza con anaqueles cargados de estatuillas. Lo meticuloso de sus formas, en sus distintos materiales y tamaños, deja ver el arte y paciencia aplicado en su hechura. Un anciano, con cara relajada, se levanta de su sitio, deja sus instrumentos de labor sobre la mesa y acomoda sus lentes inquisidor.

¡Buenas tardes!, saluda el visitante, mi nombre es… Malaquías Velocino, anticipa el viejo. ¡Exacto!, afirma sonriendo, soy de la empresa… Industrias F. L., atina nuevamente y Malaquías responde con asentimiento. ¿Es usted adivino o algo por el estilo? No, responde, y con el índice obvia su nombre y logo de la empresa en el chaleco. Entonces sabrá a lo que vengo. Sí, viene por el trofeo al mejor trabajador, contesta el tendero, en castellano casi perfecto, y arrastra una silla para que Malaquías tome asiento. ¿Le apetece café o té?, pregunta el anfitrión. Té, responde. ¿Lo prefiere frío o caliente? El obrero lo piensa un instante y dada la solemnidad, en las tradiciones chinas, decide por caliente.

El viejo llena dos tazas con agua de grifo, las mete en un microondas y espera con paciencia a que la campanilla suene. Se acerca a la mesa cargando una charola con dos tazas y una caja con bolsitas de té. Después se pierde entre las vitrinas y regresa con un grillete encadenado a una bola dorada. Lo deposita sobre la mesa y se sienta a beber junto al recién llegado.

Pensé que sería una toma de té como las tradicionales, manifiesta Velocino. El anciano sonríe. Mucho trabajo en Occidente, no tiene tiempo para solemnidad; aunque si lo desea, ya que usted es ganador de trofeo, puedo concederle un beneficio, anticipa el artesano. ¿Yo el ganador de la bola dorada?, pregunta. Oro, oro puro, no dorada, contesta, y lo pone en sus manos para que lo valore. Es tradición de empresas que el ganador sea quien recoja trofeo, añade el anciano.

Velocino se sorprende. Piensa que quizá sea un retroactivo a sus años de trabajo, o que están previendo sus intenciones a renunciar, las cuales lleva planeando desde hace catorce años. Por otro lado, piensa también, el trofeo pudiera ser la ayuda que necesita para dedicarse a su pasión a tiempo completo.

¿Por qué el trofeo es un grillete con una bola de oro?, pregunta. La empresa así lo pidió, pero no sé cuál sea su significado, responde el artesano y calla para que el invitado asuma la respuesta. El trofeo recibido le hace mella en su aversión de obrero-esclavo y le recuerda su imposibilidad a renunciar, aun cuando reconoce la displicencia en su labor.

Malaquías apura su bebida y toma el trofeo. Se dispone a salir del sitio cuando el anciano chino lo sujeta del brazo. ¿No quiere hablar del beneficio?, pregunta. ¿De qué se trata? Me gustaría demostrarle que existen cosas que están por encima de trabajo y oro. Continúe, ordena Velocino. Mi intención es cambiar trofeo por un favor único, si define uno que pueda hacerle, o en su defecto, puedo realizar oferta difícil de rechazar. Lo sigo escuchando, repone. A los trabajadores como usted, a los que considero artesanos, como yo, pero en otro nivel, vienen cargando con un grado de estrés que degenera su lado humano, dice y señala la mueca de desagrado en el contorno de la boca y el entrecejo del trabajador. Yo podría, si lo decide, enseñarle el camino para regenerar lo que queda de humanidad en su cuerpo. Cuenta con la garantía de que si no le satisface, usted se queda con la bola de oro, pero anticipo que para en verdad liberarse, deberá renunciar a ella. Si no hay nada que perder, me gustaría probar, resuelve el obrero, seguro de que al final terminará con el beneficio y el trofeo en sus manos.

II

El anciano conduce a Malaquías hasta una habitación con luces que se ofrecen agradables desde el momento de cruzar la puerta. Le pide que se desnude atentamente y vuelve la vista a otro lado al notar su timidez. Un par de velas calienta un recipiente metálico donde se encuentra vertido un aceite que exhala un aroma exquisito. Malaquías queda decúbito prono sobre un altar de tela cálida. La experiencia comienza a serle de enaltecimiento y agrado a uno y cada uno de sus sentidos, ya que el sabor del té se multiplica con los olores, con lo cual llega a la conclusión de que cada movimiento ha sido táctico para el artesano chino y que el té, aun cuando desprovisto de solemnidad, había sido ideado para el acto de hedonismo al que está siendo conducido.

Cierre los ojos, ordena el anciano. Malaquías obedece y percibe el color rojo, del cuarto, aun en su mente, con las mismas figurillas chinas en color dorado y se sorprende, pero no hace nada por explicarlo. Las figuras comienzan a danzar alegres ante él, inclusive a la inversa, cuando abre los ojos inquisidor. Siente las manos cálidas, del artesano, subiendo desde sus pies, aplicando aceite perfumado por todo su cuerpo. El golpeteo de sus yemas, sobre la espalda, genera un sonido sordo que se convierte en melodía rítmica, pero distinta a las concebidas mundanamente; con cada punto, que toca el viejo, se digita una clave para una puerta que cede en Malaquías.

La sensación le es de agrado, como si algo hubiera permanecido sin uso y al despertar se distiende sobre un cosmos infinito de vigor espiritual. Malaquías piensa, en ese punto, que existen cosas superiores por experimentar, pero como trabajador competitivo se justifica a otros placeres, los que no le permiten detenerse a considerar la tranquilidad del sosiego. ¡Aunque estuviera en plenitud no dejaría de moverse, no aprende lección!, expresa el artesano, como si escuchara sus pensamientos.

Sobre los costados de su cuello, Malaquías siente sus manos y escucha el sonido de un latigazo. Dada las condiciones de inmovilidad, entiende que ha sido desnucado y permanece confundido. Intenta hablar pero, aun cuando escucha su propia voz, el artesano no responde. Fuera de él se preocupa por terminar con su labor, como si disfrutara del tiempo y Malaquías fuera uno más de sus actos artesanales. Después del arduo moldeo lo viste, dándole nuevas prendas, y no se olvida del chaleco en el que rehace su nombre y logo de la empresa; en su rostro conserva, por decisión propia, las marcas de hartazgo.

Al ver su obra terminada, el artesano lo carga y conduce entre pasillos, hasta llegar a una puerta corrediza que abre. Lo deposita, como pieza en exhibición, en un aparador que da la impresión de ser gigante, pero que, siendo de tamaño normal, se entiende que el obrero ha sido disminuido. El muñeco de Malaquías permanece desubicado y realiza un esfuerzo “sobrehumano” para intentar huir, pero no lo logra. Una luz incide sobre él y se adecua hasta divisar que no es el único en el sitio. Él, junto a sus compañeros de trabajo, permanecen atados a un entorno al que sirven con entereza. Del tobillo se les sujeta a un grillete encadenado a una bola. Dependiendo el estatus, en el organigrama de jerarquías, es el material del que está construido. La de los peones es de concreto; sobre ellos se exige el rendimiento para que la fábrica funcione. La de Malaquías es de oro y su desgaste es menor. Ha tenido que pasar por encima de mucho para ganar el puesto que lo enaltece. Sonríe a la vista de todos, pero eso no cambia su condición de esclavo que lo señala como un despiadado, para algunos, y para otros, los que saben de verdaderos prodigios chinos, como a un perdedor más del montón.

IMAGEN

Esclavo >> Cera sobre papel negro >> Angel Haro

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