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04 diciembre
2016
Literatura Narrativa Relato
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EL PEQUEÑO BARDOCK

Por Alberto Curiel

Debajo de la cama no había nada, las trampas permanecían intactas. Bardock es muy listo, pese a que no posee experiencia combatiendo monstruos. Durante una semana recolectó pan tostado untado con miel de abeja que su madre preparaba para el desayuno antes de partir a trabajar; las prisas de ella le hacían olvidar comerlos, error que Bardock aprovechó para maximizar su seguridad a hurtadillas de la abuela, quien le cuida hasta las seis de la tarde, hora en que Irene, su madre, retorna a casa.

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Maternidad » Carlos Alonso

 

Bajo su cuna colocó estratégicamente las rebanadas con miel de manera que cualquier movimiento imprevisto desencadenara una ola de crujidos que le alertaran, la miel embadurnada en el pan causaría la paulatina inmovilización del intruso. Brillante pequeño, ¿no? Considere, lector, que Bardock tiene 3 años de edad. Es mi hijo, ¿qué esperaba?

Tres noches transcurrieron sin ninguna novedad, quizá el feroz monstruo se hubo marchado, tal vez Bardock no le resultó un niño común, y en efecto, no lo es. A su corta edad, Bardock ya ha leído El Quijote de Cervantes, la Rayuela de Cortázar y el Ulises de Joyce. Le repito, lector: Es mi hijo, ¿qué esperaba?

De acuerdo, quizá exageré un poco con esto último, pero no miento cuando digo que Bardock ocupa sus tardes en el minucioso examen de un complejo libro de ciencias con intrincados diagramas de cuerpos celestes, un mamotreto de astrofísica, para ser más exacto… De acuerdo, es un libro con ilustraciones del sistema solar, un cuadernillo… para colorear.

Continúo: Aconteció una tercera noche; no hubo ruidos, ni gruñidos sospechosos, pero sí pistas de alguna presencia extraña al amanecer, una bola de pelos negros cerca del ropero situado en la habitación de mí hijo. A Bardock se le heló el corazón al reparar en ello; el mechón oscuro podría ser atribuido al minúsculo perro de la abuela, sin embargo, el audaz pequeño mantendría la guardia.

En esta ocasión, Bardock decidió no notificar a sus padres sobre la pista dejada por el indeseado esperpento. Este demonio jamás se presentaba a la vista de sus progenitores. Casualmente, el malvado entrometido desaparecía cuando el angustiado infante llamaba a su madre, clamando auxilio, en las noches en que el monstruo intentó devorarlo, o cuando el niño condujo a su amado padre hacia el ropero para que él se encargara de escudriñar en el interior, con la promesa de encontrar la madriguera del pernicioso extraño y liquidarlo. La maligna criatura hizo parecer a Bardock como un mentiroso, un charlatán; el monstruo era astuto y escurridizo.

El padre de Bardock es un hombre lógico, hombre de ciencia y método, no obstante, él cree en la palabra de su hijo, confía plenamente en lo que manifiesta, por lo que contrató a una joven institutriz que se mantendrá al tanto de su seguridad cada anochecer, permitiendo de este modo el pleno descanso nocturno de Irene. Yo no vivo ahí, jamás me ha gustado la zona de Nacoalpan, por ello tomé esta resolución.

Así discurrieron amaneceres pacíficos de despertares plácidos, la pesadilla, aparentemente, se había fugado. La labor más ardua de la niñera consistió en mantenerse despierta, con los ojos y oídos atentos ante cualquier eventualidad. Así se cumplió la custodia del pequeño.

Dadas las circunstancias, Irene consideró despedir a la adolescente, quien ya no permanecía insomne a un costado de la cuna, sino que esperaba cómodamente en un sofá instalado al exterior de la habitación del niño. No obstante, la presencia nocturna de la adolescente brindaba mayor serenidad y confianza al chiquillo, así que continuaría vigilando unas cuantas madrugadas más.

Es la vigésima primera noche sin incidentes; los relojes indican la una de la mañana. De la puerta izquierda del clóset en donde se halló el montón de pelos, emanan un par de rasguños, algunos golpeteos. Bardock abre sus diminutos ojos, se sobresalta, vira despaciosamente y observa la lentitud con la que se entreabre la puertecilla del guardarropa. Un dúo de esferas amarillentas se asoman en la oscuridad, debajo de ellas hay una hilera de filosos dientes largos y puntiagudos. Los círculos amarillos son enormes y están acercándose, desaparecen por segundos, el monstruo parpadea de izquierda a derecha. Tal vez el demonio no lo ha visto, el entorno es demasiado lóbrego, si el niño no se mueve, si permanece silente, quizá, la bestia no note que está ahí. Bardock intenta no llorar.

La criatura realiza movimientos errantes, sólo sus ojos y colmillos delatan su posición, se desliza de borde a borde de la habitación… Desaparece. El silencio reina en el habitáculo, la concordia gana terreno, Bardock abandona la tensión, se extiende cuan largo es sobre la cama cuna, rota su cabeza en todas direcciones, respira profundamente… algo huele mal.

Bardock yergue su cuerpo, eleva la cabeza en busca del origen del fétido aroma, la pared que colinda con la cabecera de su lecho es el origen… Una mancha negra permanece estática sobre él, algo resbala desde la sombra vellosa que descansa en la pared, una sustancia pastosa… Es el monstruo salivando. Sus feroces quijadas se descubren ante el vacilante niño, el demonio ruge y empuja la pared para lanzarse hacia su presa. Bardock resbala, cae de la cama y grita. Corre, pequeño mío, corre deprisa.

Bardock se escabulle hasta la entrada de su diminuta recámara, su brazo es muy corto, le es imposible alcanzar la manija de la puerta, con un presuroso vistazo recorre su habitación, rastrea algún objeto que asir para empujar la empuñadura de su libertad. El demonio se acerca. Bardock corre desesperadamente, arroja cubos didácticos rellenos de esponja a su perseguidor, juguetes, incluso su adorado cuadernillo; nada suspende la determinación del hambriento cazador. Mi hijo está acorralado, jadea agitadamente, se encoge en el rincón más alejado del clóset, sus tersas manos tocan el suelo intentando arrancarlo y, en el proceso, Bardock coge algo. Las fauces del demonio están completamente abiertas, su mirada amarillenta, desquiciante, inspira temor. El monstruo se arroja sin miramientos hacia mi hijo. Bardock apunta con lo único que tiene a la mano, presiona un interruptor y enciende la lámpara que le obsequié en su tercer cumpleaños, la bestia chilla lastimosamente, incendia los tímpanos de la niñera y de Irene, el sonido es insoportable, como rasgar cien mil vidrios y rasguñar cientos de pizarrones mientras un megáfono magnifica el chirrido. Desaparece el salvaje depredador y la niñera accede a la recámara para reprender al pequeño. Irene desciende las escaleras, apremiante, desde su pesado sueño, Bardock se abalanza hacia sus brazos, se desmaya.

Recibo una llamada durante la madrugada, mi hijo quiere verme, al menos, escucharme. Su madre no cree en su relato, la niñera tampoco, pero lo engaña, le dice que va a ayudarle. Escucho la voz de mi hijo en el auricular, está exaltado, tartamudo, no quiere ir al psicólogo. Enfurezco, le prometo que acabaremos con ese espantoso ser. Tenemos un plan; será ejecutado la noche siguiente.

Accedo a dormir con él, no obstante, yo me oculto tras el ropero antes de apagar la luz, mi hijo me ha comunicado que el demoniaco ente teme a la iluminación, por ello reside en las tinieblas; eso explicaría el colosal tamaño de sus ojos. Bardock ha sido muy preciso en la descripción, pese a que fue escasamente testigo de la constitución física de la quimera. El monstruo, según él, es enorme, de aproximadamente un metro con veinte centímetros de estatura, con seis extremidades y una quijada más grande que el ancho de su torso, el adefesio está cubierto por una espesa pelambrera bruna, de su espalda surgen terroríficas espinas, detenta parpados gruesos que se abren de izquierda a derecha, posee garras pequeñas y gruesas que terminan en punta en cada extremidad, además tiene orejas alineadas a través de su cuello, apuntando hacia atrás. La bestia es peligrosa incluso para mí.

Transcurren minutos, horas… Bardock descansa con serenidad y dulzura. Duerme, hijo. Papá te protegerá. Nada insólito acontece esa noche.

Llego a deshoras al trabajo, somnoliento, bostezando a cada instante, pero cada noche, durante los próximos quince días, continuaré patrullando. Nada ocurrirá.

De nuevo, Bardock reposa bajo la guardia de la adolescente, que dormita sentada a un costado de él, con un brazo extendido sobre la cama. La travesía está por repetirse.

Los primeros gruñidos despiertan a Bardock, no así a la durmiente chica. Bardock duerme con su arma bajo la almohada, la linterna que reproduce imágenes de caricaturas en la oscuridad. Los rasguños en la madera prosiguen, es la segunda llamada, Bardock sabe que debe actuar. Rápidamente se desprende de su cobertor, empuja a su celadora, pica su nariz, ella estornuda y despierta enfadada. Bardock la previene apuntando con su diminuto dedo índice al clóset: El monstruo está por salir. Una mueca burlona adorna la faz de la chica, se pone de pie y suelta una arenga circular acerca de la mucha imaginación que afinca la cabeza de Bardock; no consigue persuadir a mi hijo. Finalmente, ella también escucha los golpeteos: Tercera llamada.

—Debió caerse algo—, dice la joven, —ahora mismo te demostraré que los monstruos no existen.

Ella se aproxima a la puertecilla izquierda del guardarropa.

—¡No abras!—, exclama Bardock.

—Tranquilo, después de esto dormirás como el bebé que eres. Lo malo es que perderé mi empleo.

Por un momento, Bardock confió en Azucena, la bella joven que su padre contrató para cuidarle. Parecía muy segura de sus afirmaciones. Nadie había presenciado lo que él, ni siquiera papá en sus quince días de vigilancia, además la puerta contaba con un pasador de seguridad. Tal vez todo era parte de su imaginación.

Azucena colocó sus dedos en el cerrojo de mano que en tantas ocasiones abrió el monstruo usando sus garras, y lo desplazó permitiendo la total apertura de la puertecilla. El corazón de mi hijo latía impetuosamente.

—¿Lo ves, Bardock? No hay razón para asustarse.

Ella decía la verdad, en el mueble no había nada ofensivo o peligroso, pero eso querría decir que él había proyectado todo; era su fantasía. Qué iluso, en verdad poseía una magnánima imaginación; no por nada era hijo de un escritor. Bardock se arrimó a la orilla de la cama, sonriente, al tiempo que miraba la risueña figura de Azucena iluminada tenuemente por la luz de la luna que se colaba por un resquicio entre las cortinas. Ella dio la espalda al guardarropa, dio un par de pasos alejándose de éste, alegre, extendió sus brazos, incitando a Bardock a aproximarse a ella para estrecharla. Bardock dio un saltito y descendió de su lecho miniatura, cayó flexionando las rodillas, alzo la mirada en torno a Azucena y… Entonces sus ánimos mutaron, las rodillas que habían soportado firmemente el peso de su cuerpo comenzaron a tiritar, sus bracitos palpitantes se colocaron frente a su pecho y de su boca escaparon algunas palabras apenas audibles: Está detrás de ti, Azucena.

El cuerpo de la joven cayó al suelo, el monstruo la tomó de las piernas y tiró de ella, esa fue la causa de su desplome; sus grandes ojos amarillos lo delataron. Azucena ahogó un gritó, la bestia colocó una de sus patas en su boca para amordazarla, los gemidos de la niñera fueron desapareciendo al mismo tiempo que su cuerpo fue hundiéndose en las profundidades del guardarropa. La puerta rechinó, cerrándose instantáneamente. Bardock, permaneció en silencio, petrificado, indagando en sus pensamientos, frío, impresionado: El monstruo no desapareció en las semanas previas, le tiene miedo a papá.

Así discurrieron algunos minutos en los que Bardock, arrellanado en el suelo, pensaba en lo acaecido. No debo temer, piensa, papá siempre dice que no tema a lo desconocido, él no se acobardaría. Solo yo he podido ver a esa horrible criatura. Tengo que defenderme, tengo que ser valiente, no puedo dejar que el monstruo atrape también a mamá. Llevo el nombre de un heroico guerrero que peleó para salvar a su raza, eso es lo que papá me ha contado.

Bardock ideó una forma para salir de su habitación, se dirigió al baño, llenó su pistola de agua hasta el tope, tomó cinta adhesiva del estudio, jabón del baño, palillos de la cocina, una soga, ligas, una espada de plástico de He-man que yo le heredé, y su arma principal: la linterna de múltiples plantillas. Bardock descubrió, gracias al mechón abandonado, que el pelo del demonio reacciona ante el agua y el jabón, como si sufriera, pero el monstruo es rápido, debía ser cauteloso, estropear sus ojos antes de que le viera, para ello eran las ligas y palillos, armas a distancia y, como último recurso, la lámpara, sería peligroso, pero salvaría a mamá. En esta ocasión fue la niñera, empero, el infante estaba seguro, la próxima sería mamá.

Bardock se encaminó al ropero con la intención de aniquilar al demonio y de paso salvar a la chica, enfundo su espada y su linterna, improviso un pequeño morral y se adentró en las misteriosas tinieblas del ropero. Es mi hijo, ¿qué esperaba?

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