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28 febrero
2017
Literatura Prosa poética
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EL PARAÍSO DE LAS LUCIÉRNAGAS

Por Vanessa Fens

Desde el otro lado del Atlantico, aprendí cómo iluminar el paraíso de las luciérnagas, lo miro desde lejos, regocijándome en los abismos absurdos del pasado; las vi otra vez: eran de tonos azules enmohecidos.

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Las luciérnagas » Rosa López Calull

 

Después de treinta años empolvados de soledades, quedaron aún los restos de penitencias incongruentes y fotografías de colores pálidos del enorme llanto, que mueren a pedazos apolillándose en los clóset construido con paredes de plastilina, muñecas olvidadas deshidratándose en el inframundo mientras nosotros dormimos atemorizados porque no escuchamos más al aire, porque no lo sentimos filtrarse ni en los pies, ni en las rodillas, ni en los puños de las manos. Se escucha por todas partes el lúgubre maullido de los gatos cuando regresan ahí, al lugar donde dejaremos nuestros pasos atados del suelo al aire, en ese punto primordial que se trasforma en un susurro confundiéndose con el rumor de la sangre, pero poco queda ya de nosotros. Regresaste a invocar los hallazgos lacerantes, hiciste de la esencia del amor, espasmos de amargura indisolubles. Veo que te alejas, quedaremos envueltos en nuestro histerismo expansivo arrumbando las piezas quebradas por los daños, y caigo hasta el piso, desfallecida en los pasillos escondidos, pero el contorno de mi vientre está iluminado de deseos, será la huida sin importancia. Esta vez se han marcado las horas de las máscaras ocultas, y entre nosotros el mar que nos divide en oscuros oleajes de ignominia; ya no siento el aire, las mordidas encarnadas de antaño han corroído mi cuerpo; quedaré flotando dentro de la esfera del Mar Amarillo, bajo el gemido de un profundo susurro en las tórridas mareas de rabia volcánica, añoraré tu boca que desciende de igual manera sobre mi cuerpo, como una tinta indeleble de seda, como una furia aislada de tus represiones. Es caer constantemente atrapada entre la telaraña repugnante de los pasajes secretos hacia un lugar insólito a donde ataremos nuestros pasos del suelo al aire, absortos entre los obscuros oleajes del océano similares al rumor de la sangre cuando se agita, en la única espera llena de flores junto al teléfono; me enredo entre sus cuerdas en el ruido de los sonidos opacos petrificados en el vacío, y no suena, creí que haríamos con las luciérnagas el último resplandor de trasparencias enhebradas en la Aurora. Sigo en la espera de los pasajes secretos en busca de los Rosales de hierro… El teléfono no suena.

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