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12 noviembre
2018
Cuento Literatura Narrativa
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EL MISTERIO QUE GUARECE LA MOVIOLA EN EL DESVÁN

Por Eleuterio Buenrostro

Las visitas a casa de tata Fabián solían ser muy placenteras. Cuando era niño ingresaba por un acceso, a un costado de la cerca, que dividía nuestros lotes. Me es extraño cruzar ahora por la entrada principal. La casa permanece a media luz, y no es la ausencia de mi nana Herminia lo que influye. Cuando ella vivía, a pesar de su entusiasmo por los colores, les gustaba refugiarse en esta misma lobreguez. En mi ingenuidad pensaba que si encendían las luces, quizá no necesitaran de los lentes.

Un sofá permanece, al centro de la sala, limitando el acceso a una puerta a contra esquina. Del lado izquierdo cuelgan cuadros y fotografías de gente que desconozco, por encima de un tocadiscos que se sujeta a la pared. Del lado derecho hay un estante con objetos de cristal y un perchero de madera al fondo. Frente al sofá un librero y a un costado una silla de mimbre que mantiene a tres muñecas de porcelana a la mira de quienes entran al sitio.

Cruzo la sala con la sensación de estar al encuentro de una respuesta pendiente. Me interno a la cocina, que, como acotación, es el único con suelo de tierra. Del lado derecho conserva un acceso abierto que da al patio trasero y conecta con el que le pertenecía a mi casa. Desde aquí se da entrada a dos cuartos más, la disposición de sus puertas me hace pensar en un juego de elección laberíntica, lo cual siempre me causó extrañeza. Cuando niño tenía prohibido cruzar cualquiera de ellas, incluyendo por la que acabo de ingresar. Mi lugar favorito era el cuarto concéntrico, tomando como referencia que a la izquierda está la sala por donde entré. Cada vez que mi tata salía de él, cargaba con algo que me sorprendía.

Mi tata Fabián era una persona mesurada, inteligente, con un espíritu rebosante de alegría y de tranquilidad taciturna. Aprovechando su ausencia me sumerjo al cuarto de pandora. A pesar de mantener la puerta abierta, su oscuridad es tanta, que tropiezo con los objetos en su interior. Mantengo el paso hasta encontrar un foco que pende del techo. Tiro del cordón y el amarillo del filamento es una mecha visible, sin incidencia.

Tanteo entre bultos indescifrables que no llaman mi atención. Subo por una escalera hasta un espacio triangular, en lo que parece un desván. Mantengo la cabeza baja para no dar al techo. Al escuchar un ruido, desde el exterior, tomo lo primero a mi alcance, y regreso hacia la luz abstracta que da a la salida. Deposito la caja de madera, que cargo, sobre la mesa central de la cocina y espero, mientras me absuelvo del espectro surcado.

La cocina es el único sitio que goza de claridad en el ordenamiento de las habitaciones. El cuarto se extiende a lo largo, pero, al levantar los brazos, se alcanza al techo de madera. Las ventanas, que permanecen abiertas, permiten ver el exterior de un patio trasero lleno de vida. El ambiente se siente fresco, a pesar de que está encendida la vieja estufa de queroseno. El olor de los naranjos y limoneros se exalta en el soplo matinal. Los caminos llevan a higueras y rosales y se siguen a plantas y árboles en una pequeña selva de descubrimientos.

Atiendo nuevamente la caja de madera. La tapa superior está desclavada y puedo ver su interior repleto de tiras de papel periódico. Sustraigo un mecanismo que consta de una pantalla rectangular, dos rodamientos a los costados y un objeto que parece una engrapadora. Mi tata Fabián entra desde el patio, sorprendiéndome en el acto. Es una moviola, explica sonriendo y la dispone para hacerla funcionar. De la caja sustrae una película y la acopla al rodamiento izquierdo. Diestramente la pasa por una hendidura, y la une al rodillo derecho. Sirve para editar películas, afirma, y me pide que me acerque. En esta pantalla puedes ver la trama, me dice, con este potenciómetro regulas la velocidad y al detenerla, puedes regresar o adelantar la acción manualmente. Esto que vez aquí, dice señalando lo que parece una engrapadora, corta la película y a la vez, con este tape perforado, puedes unir en la escena que selecciones.

Al hacer la unión veo en pantalla a mi madre y a mí, caminando hacia la estación de trenes. Fue el día que abandonamos la casa contigua. Me sorprendo de que mi tata tenga esa película, ni siquiera sabía de su existencia. La escena que une se difumina a otra en el puerto de mi crianza. Observo el rollo que embobina mi vida, adelantando en varias escenas, sin atender que mi tata fuera un acosador en potencia. Entiendo que las uniones, que se observan, fueron los momentos de inflexión que me marcaron. Allí estaba explicado, por poner un ejemplo, el accidente donde perdí parte de mi dedo meñique derecho. La moviola toma el control repentinamente, y toda mi vida corre, ante mis ojos, en cuestión de segundos. Entonces entiendo por qué no hay nadie más aquí, y por qué estoy, sin extrañarme, ante una persona muerta.

Miro a los ojos de mi tata, con felicidad, tranquilidad y el sobrepeso de una pesadilla; todo a un mismo tiempo. Estás listo para ir al último de nuestros servicios, dice, recordándome cuando me llevaba a la iglesia. Le respondo con un abrazo duradero, como despedida. Me da un beso en la mejilla y nos separamos. ¿Cómo quieres que diga tu epitafio?, pregunta. La respuesta me sale por si sola: “Final incierto, / prepara café y pluma; / pongo el resto”, le digo. Acto seguido toma unas tijeras y corta el final de la película.

El rodillo continúa girando por inercia. El tiempo se estanca en un limbo blanquecino, desde la pantalla, y comprendo por qué mi tata no le teme a la oscuridad. De este lado todo es muy claro, la serenidad se multiplica, los sentidos se distienden, y lo que llamamos vida se experimenta de un modo distinto; pero eso no es para mí. Yo he fallado en la búsqueda espiritual y ese es mi miedo al intentar cruzar la tercera de las puertas. No hay prisa, tampoco hay vuelta atrás, el óbito llama desde el otro lado; es hora de enfrentarlo. Será una lástima no poder describir los misterios, o lo que haya o no, al apagarse la totalidad de la luz.

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