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28 febrero
2018
Crítica Ensayo Literatura
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EL HORROR PSICOLÓGICO O “DELIRIO FILOSÓFICO” DE MARIANO JOSÉ DE LARRA EN “LA NOCHEBUENA” DE 1836

Por César Abraham Vega

ADVERTENCIAS

Inicialmente me es necesario advertir que la idea principal de este análisis no es enteramente mía, me ha inspirado un comentario vertido por uno de mis profesores, Raúl Aguilera, respecto a ciertos guiños a la literatura fantástica presentes en al menos un par de artículos de José de Larra (firmando como Fígaro) para el diario El Español (“La Nochebuena” de 1836. “Yo y mi criado”, delirio filosófico y el “Día de Difuntos” de 1836); la idea de hacer una disección de todos aquellos rasgos que andan camino entre los parajes del artículo periodístico y el penumbroso bosque de la literatura de ficción, me ha parecido una idea bastante interesante. A esta advertencia me gustaría añadir otras dos observaciones más; la primera gira en torno a la idea de que ejecutar un análisis literario siendo el objeto de estudio un artículo de periódico, podría aparecer como una idea ciertamente locuaz; sin embargo, en mis lecturas de la “La nochebuena” de 1836 he encontrado un tumultuoso discurrir de hechos, llamémonosle, siniestros, que siguen un hilo conductor bastante equiparable a un cuento, o relato de horror “psicológico”; asimismo he encontrado que los artículos de Larra tienen la suficiente “literaturidad” como para sacarles el jugo necesario para este estudio. Por último, debo aclarar que aunque el presente análisis hace un tamiz entre dos géneros que muy poco tienen que ver entre sí, no pretendo, bajo ninguna óptica, trivializar la zozobra existencial plasmada por Larra en su texto; y lo hago con el perfecto conocimiento de que fue esa misma angustia la que lo condujera a su muerte por suicidio pocos días después, antes de que aquél invierno del 1836-37 concluyera; escribo este ensayo con profunda reverencia.

HORROR PSICOLÓGICO

Definir las características del Horror o Terror Psicológico en la Literatura es un poco problemático, nos hemos encontrado con que la mayoría de las definiciones actuales son bastante imprecisas, informales, con muy liviana autoridad o, en el mejor de los casos, bastante empañadas de una visión cinematográfica, siendo poco provechosas para nuestro análisis; por lo tanto quisiéramos tomarnos la licencia de implementar nuestra propia definición.

Para H.P. Lovecraft, uno de los afluentes más importantes del horror, este va sustentado por lo incomprensible o lo desconocido, tanto su “horror sobrenatural” como su “horror cósmico” explotan magistralmente esta premisa: La perplejidad y la angustia provocadas por un evento inesperado, inusual, extraño o incomprensible que se inserta dentro de una realidad perfectamente verosímil, estable y familiar; es el surgimiento de este “evento” y su factibilidad en el mundo conocido lo que provoca la disrupción aterradora:

“Los primeros instintos y emociones del ser humano forjaron su respuesta al ámbito en que se hallaba sumiso. Los sentimientos definidos basados en el placer y el dolor nacían en torno a los fenómenos comprensibles, mientras que alrededor de los fenómenos incomprensibles se tejían las personificaciones, las interpretaciones maravillosas, las sensaciones de miedo y terror tan naturales en una raza cuyos conceptos eran elementales y su experiencia limitada. Lo desconocido, al igual que lo impredecible, se convirtió para nuestros primitivos antecesores en una fuente ominosa y omnipotente de castigos y de favores que se dispensaban a la humanidad por motivos tan inescrutables como absolutamente extraterrenales, y pertenecientes a unas esferas de cuya existencia nada se sabía y en la que los humanos no tenían parte alguna” (Lovecraft, 2010).

Con las revoluciones científica e industrial esa zozobra empieza a conjurarse por efecto de aquello llamado el “desencantamiento del mundo”, las fronteras de lo posible y lo imposible quedan perfectamente delineadas y cualquier evento, por extraño que resulte, se manifiesta en el ámbito de lo estimable y puede ser explicado de manera ‘lógica’, ‘científica’ y ‘racional’, lo que quiera que eso signifique.

Sin embargo el horror humano no muere, y es cuando este comienza a cribar en un terreno diferente y que aún permanece velado de misterio e incomprensión: en la imaginación humana.

Es entonces cuando lo familiar se torna siniestro, la realidad traiciona y se vuelve terrorífica cuando a través de las puertas de la percepción imaginativa se le otorgan sentidos adversos a cosas comunes y corrientes; la neurosis humana funge como un vehículo que trastorna el entorno a través de las culpas, los temores, las fobias, los anhelos reprimidos y el inconsciente autónomo.

Según Freud “lo ominoso es aquella variedad de lo terrorífico que se remonta a lo consabido de antiguo, a lo familiar desde hace largo tiempo” (Freud, 1992).

Por lo tanto, aunque el “horror psicológico” proviene del “horror gótico”, su principal disrupción radica en que éste ya no deposita su agente aterrorizante en algo sobrenatural o inexplicable, sino que promueve una reacción traicionera de la psique a través de la reaparición de traumas pasados, deseos culposos ocultos, miedos incontrolables o intenciones perversas que respingan de tanto ser reprimidas. Es precisamente en esta pérdida del control de la estabilidad psíquica donde el horror psicológico hace su aparición.

“LA NOCHEBUENA” DE 1836, ¿CUENTO DE HORROR O ARTÍCULO EXISTENCIAL?

Una vez asentadas estas bases podemos emprender nuestro análisis: atendamos al siguiente fragmento:

El número 24 me es fatal: si tuviera que probarlo diría que en día 24 nací. Doce veces al año amanece sin embargo un día 24; soy supersticioso, porque el corazón del hombre necesita creer algo, y cree mentiras cuando no encuentra verdades que creer; […] y una de mis supersticiones consiste en creer que no puede haber para mí un día 24 bueno. El día 23 es siempre en mi calendario víspera de desgracia, […] así yo desde el 23 me prevengo para el siguiente día de sufrimiento y resignación, y, en dando las doce, ni tomo vaso en mi mano por no romperle, ni apunto carta por no perderla, ni enamoro a mujer porque no me diga que sí […] (Larra).

En la literatura fantástica de terror un elemento indispensable es la creación de una atmosfera de suspenso, dicha atmosfera funge como un catalizador de la atención, efecto similar que podría tener la aparición de la neblina en un paisaje visual; la imposibilidad de ver las cosas con claridad hace que no sólo forcemos nuestros ojos para penetrar los bancos nebulosos sino que además el resto de los sentidos y la atención misma se agudicen para prevenir lo que viene.

Un rasgo determinante en este fragmento es lo ominoso que existe en la reiterada mención que Larra hace del numero 24, enfatizando la animadversión supersticiosa que tiene por este día en particular, y lo refuerza aún más diciendo que su tragedia se repite doce veces al año. Si no fuera suficiente con esto, Larra resalta que la prueba más fehaciente de que los días 24 le acarrean mala suerte, está en el hecho de haber nacido precisamente un día 24 del mes de marzo de 1809, como si para él, existir, fuera un mal hado. Sin embargo, las “evidencias” que el lector obtiene de este primer párrafo no son lo suficientemente contundentes ni explícitas para que se abandone de una vez por todas la lectura quedando asentado que a Larra le pintan terrible los 24, por el contrario, uno queda preguntándose ¿Por qué son tan malos los días 24?: El anzuelo ha funcionado.

Simultáneamente Freud nos alumbra sobre lo ominoso de la superstición:

“es […] el factor de la repetición no deliberada el que vuelve ominoso algo en sí mismo inofensivo y nos impone la idea de lo fatal, inevitable, donde de ordinario sólo habríamos hablado de «casualidad». […] si uno se topa con el número 62 varias veces el mismo día y se ve precisado a observar que todo cuanto lleva designación numérica […] presenta una y otra vez el mismo número, aunque sea como componente. Uno lo halla «ominoso», y quien no sea impermeable a las tentaciones de la superstición se inclinará a atribuir a ese pertinaz retorno del mismo número un significado secreto” (Freud, 1992).

Por lo tanto, desde el inicio de su “relato”, Larra ha encabalgado la inquietud por develar que hay de siniestro en cada día 24. Es precisamente aquí donde empieza a operar el horror psicológico, el surgimiento de un día 24 es un evento que se presenta con abrumadora regularidad en la vida de todas las personas; ni siquiera pesa sobre dichos días una superstición generalizada como es la combinación de los días martes o viernes cuando caen en trece. Los eventos funestos que Larra atribuye a los 24 pueden ser producto de su infame neurosis… pero, ¿y qué hay si son ciertos? Ante tal curiosidad el lector decide continuar.

Posteriormente Larra prolonga al ambiente tenebroso en torno a la llegada de aquel día 24, y no es casualidad que precisamente ese día sea la víspera de navidad, es precisamente la inversión del significado de esa fecha como tradicionalmente pacífica, festiva, luminosa, “cálida” y divina en todo lo contrario. El horror se esconde en los resquicios de lo que nos resulta familiar y entrañable para de pronto convertirse en lo opuesto: en lo siniestro. Y por eso Larra nos presenta una escena terriblemente gris y deprimente: “no sé por qué me daba el corazón que el día 24 había de ser «día de agua». Fue peor todavía: amaneció nevando” (Larra). Faltaba más, era un día en pleno invierno y, sin embargo, aquí la nieve no viene con su vestido de “blanca navidad”; acude gris y gélida. Por si no fueran suficientes estas insinuaciones de lo fatídico, Larra arremete en el siguiente párrafo con frases como:

“incliné la frente, cargada como el cielo de nubes frías”, “como esos nichos preparados en los cementerios que no aguardan más que el cadáver”, “Ora volvía los ojos a los cristales de mi balcón; veíalos empañados y como llorosos por dentro; los vapores condensados se deslizaban a manera de lágrimas a lo largo del diáfano cristal; así se empaña la vida, pensaba; así el frío exterior del mundo condensa las penas en el interior del hombre, así caen gota a gota las lágrimas sobre el corazón” (Larra).

El relato discurre sin abandonar en ningún momento su paso calamitoso y deprimente; Larra, a cada esbozo de palabras hace cuenta del fardo que sobre sus espaldas va lleno de puras penas.

Llegan las cuatro de la tarde y la voz de su criado lo saca de su estupor, es aquí donde empieza a anunciarse el Narcisismo y la Soberbia de Larra-personaje al responder con un indolente y petulante paternalismo los servicios de su empleado:

Me acordé de que en sus famosas saturnales los romanos trocaban los papeles y que los esclavos podían decir la verdad a sus amos. Costumbre humilde, digna del cristianismo. Miré a mi criado y dije para mí: «Esta noche me dirás la verdad». Saqué de mi gaveta unas monedas; tenían el busto de los monarcas de España: cualquiera diría que son retratos; sin embargo, eran artículos de periódico. Las miré con orgullo:

–Come y bebe de mis artículos –añadí con desprecio–; sólo en esa forma, sólo por medio de esa estratagema se pueden meter los artículos en el cuerpo de ciertas gentes.

Una risa estúpida se dibujó en la fisonomía de aquel ser que los naturalistas han tenido la bondad de llamar racional sólo porque lo han visto hombre (Larra).

Larra, el personaje, mira tan despreocupado a su criado desde un escaño de “superioridad” ensoberbecida donde siente lástima por aquella creatura tan subhumana, tan indiferente a las angustias de la inteligencia racional de su tiempo, tan alejado de las cosas que importan. Esa lastima abre una brecha abismal entre ambos hombres al punto de que el escritor quisiera poder de algún modo, trocar por un momento, el papel con su criado para poder escapar por un instante del avasallador ejercicio del pensamiento trascendental.

En un acto “noble y bienintencionado” impelido por esa misma soberbia Larra-personaje le tira unas cuantas monedas a su empleado, dándole simultáneamente la licencia para que vaya a emborracharse mientras se dice para sí: “Esta noche me dirás la verdad”, sin atisbar siquiera el dantesco panorama que le espera cuando aquella Nochebuena fenezca; probablemente porque es aquella soberbia la que reconforta a Larra-personaje: ¿Qué verdad mordaz puede verter un insulso criado? Acaso vociferar en su embriaguez una letanía llena de resentimiento y envidia ¿Qué criterio puede tener un hombre que esboza un gesto estúpido, casi bestial, cuando su amo le tiende una dádiva inesperada y además le solapa la parranda? ¿Qué hado siniestro se puede encontrar en el tórpido discurso de un hombre tan humilde al que en la única manera en que se le puede meter un artículo en el cuerpo es a través de esta estratagema, dándole a beber con las monedas que han pagado el tan sufrido empeño intelectual que ha emprendido Larra al escribir?

En este punto la soberbia se torna insoportable, lo familiar para Larra-personaje es ese encuadre soberbio y acomodaticio del que prácticamente nadie lo puede derrocar, mucho menos un criado como el suyo, ignaro en todo sentido y embrutecido por el soporífero soplo del alcohol. Es precisamente el quiebre de este encuadre cuando se suscita el horror psicológico; en la implementación de lo inesperado, de lo remota y mortificantemente factible, de aquello que puede suceder pero que generalmente no sucede , tanto así que uno puede apostar con bastante comodidad, lo que fuera, a que nunca sucederá.

Para Larra-personaje en lo más en lo que podría desembocar este episodio era un anodino divertimiento al ver a su criado escupiendo verdades estúpidas. El agente siniestro aguarda en que aquel día es un veinticuatro y la condición maléfica de esos días puede hacer que los hechos confluyan en desenlace desafortunado, el personaje lo sabe, sabe que un destino fatídico le espera e incluso comprende que dicho destino podría personificarse en su criado, pues cuando el día declina y no parece haber sucedido nada atribuible a los agüeros de los 24, sólo resta esperar a que todo suceda en cuanto vuelva con su lacayo:

“¿Qué es esto? ¿Va a expirar el 24 y no me ha ocurrido en él más contratiempo que mi mal humor de todos los días? Pero mi criado me espera en mi casa […] mis artículos hechos moneda, mi moneda hecha mosto se ha apoderado del imbécil como imaginé, y el asturiano ya no es hombre; es todo verdad” (Larra).

Larra camina a su casa pensando en ello ¿qué cuestiones se ensayan en su cabeza? ¿Acaso piensa en las verdades terribles que vituperará su criado? ¿Qué puede decirle? –Es usted un tacaño. –Es usted un señorito afrancesado que no entiende un carajo de la vida. –Es usted un presumido insoportable. –Es usted un perfumado… ¿Quizá algo mas subido de tono? ¿Qué tan terribles pueden ser estas verdades? En realidad para Larra-personaje no importan estos asomos de violencia que comparados con la “tragedia” de su vida, son ínfimas afrentas y con cierta resignación se dirige a su morada. Lo ominoso aún ni siquiera se atisba porque en la mente de Larra hay escenarios estimados de lo que podría suceder a su retorno y no tiene una idea de que las verdades de ese criado borracho volcarán su corazón

El tiempo narrativo en el que se cuenta el suceso es posterior al acontecimiento de los hechos, y aunque esto podría distender un poco el suspenso de la trama, Larra-narrador sabe como tensar ese hilo para mantener al lector en vilo de lo que va a acontecer y lo hace con constantes guiños que anticipan el funesto desenlace sin que clarifique la naturaleza del mismo:

“Pero la Providencia, que se vale para humillar a los soberbios de los instrumentos más humildes, me reservaba en él mi mal rato del día 24. La verdad me esperaba en él y era preciso oírla de sus labios impuros. La verdad es como el agua filtrada, que no llega a los labios sino al través del cieno” (Larra).

En cambio, Larra-personaje no ceja en su empeño altanero por humillar a su criado y cuando lo encuentra a la puerta de su casa, le maldice y lo empuja; para él no es más que un mueble de su propiedad: “–Aparta, imbécil –exclamé empujando suavemente aquel cuerpo sin alma que en uno de sus columpios se venía sobre mí–. ¡Oiga! Está ebrio. ¡Pobre muchacho! ¡Da lástima!” (Larra).

En este punto, justo antes de iniciar el drama terrorífico, Larra-narrador se permite jugar e ironizar sobre el pacto ficcional, lanza una provocación expresa en este pequeño segmento que ofrece un chorro de luz sobre la intención literaria de Larra:

“[…] no sé por qué misterio mi criado encontró entonces, y de repente, voz y palabras, y habló y raciocinó; misterios más raros se han visto acreditados; los fabulistas hacen hablar a los animales, ¿por qué no he de hacer yo hablar a mi criado? […]”.

“En fin, yo cuento un hecho; tal me ha pasado; yo no escribo para los que dudan de mi veracidad; el que no quiera creerme puede doblar la hoja, eso se ahorrará tal vez de fastidio; […]” (Larra).

Continuará…

IMAGEN

Nicola Samori, L’Occhio Occidentale (The Occidental Eye), 2013.

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