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17 julio
2016
Literatura Narrativa Relato
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DEMIANA Y LA MÁQUINA DE LA SEPARACIÓN

Por Equum Domitor

Cuando Demiana era apenas una niña, se sorprendió de que una maquina saca peluches no concretara la venta después de depositarle una moneda. Al dirigirse al auto, de la mano de sus padres, intentaron explicarle que se trataba de un juego de habilidades y que la intención era arriesgar para obtener un posible premio, pero para la pequeña no valían las respuestas, ya que no concebía que una garra respondiera con maldad un favor que suponía recíproco y hasta llegó a pensar que estaba descompuesta. Aquella experiencia fue su primer entendimiento de que el mundo a veces no es equitativo y le costó aceptar el juego como tal.

El oso Coco y el horizonte por G I Mexicano

El oso Coco y el horizonte » G I Mexicano

 

Antes de dormir, esa misma noche, su mamá suplió la ausencia del premio con su oso de peluche Coco, mientras exigía una nueva explicación del impune juego y después de recibirla, regresó al “pero por qué”, acompañada de una angelical mirada. No había respuesta efectiva en la insistencia, ya que es difícil explicar a un ser con alma pura que el mundo también se rige por leyes injustas y que a veces nos enfrentamos a situaciones donde la bondad es pisoteada y se nos hace dudar de la neutralidad donde se supone posible y que lo único que queda es decidir si queremos que la experiencia sea buena o mala para nuestras vidas.

Su oso sería el ejemplo perfecto de cómo una experiencia puede ser tomada. En la mayoría de los niños, el coco es un ser al que hay que temer, pero para Demi, representaba una amistad que se procuraba sin maldad. Su mamá le había nombrado Coco, ya que pretendía enseñarle que los miedos, aun cuando verdaderos, hay que enfrentarlos y que no siempre son tan fieros como los pintan.

Quizás esa noche Demiana haya soñado con máquinas funcionales, pues las fantasías se sustentan de la infancia misma y en la amenidad de una mente inocente cualquier juego es permitido. La niñez debería, también para los que no es posible, ser el mundo que se recuerda como ideal, el de las no preocupaciones, siempre y cuando esté destinado al aprendizaje y al entendimiento gradual del devenir que hay que afrontar.

En ese mismo contexto de diversión y aprendizaje, podemos decir que Demiana vivió su niñez a plena vida, lloró de emoción con su primera bicicleta y, tiempo después, con la segunda de ellas, desesperó cuando no podía usarla sin las llantas traseras. Un poco más grande, sus padres creyeron que era el tiempo de explicarle que Santa no existía, y preguntó, recia a aceptar lo que viniera, que si había algo más que quisieran decirle, y le incluyeron la inexistencia del ratón de los dientes, lo cual culminó en un llanto tierno.

Así el crecimiento en Demiana, se fue gestando gradual, tratando de entender, desde sus posibilidades, al mundo; aunque muchas veces no estuviera de acuerdo con sus reglas. La adolescencia la convirtió en una joven muy linda y con varios dones. No le gustaba que le nombraran artista o bailarina, pues negaba que lo fuera, a pesar de que dibujaba y bailaba con el alma expuesta; además de merecerlo; ya que con el ballet concibió que con el dolor también se aprende.

Hay dolores, sin embargo, que nos gustaría nunca haber experimentado, pero la vida es una garra que arroja experiencias buenas y malas por igual, y cuando sus padres y ella volvieron a sentarse en el sillón donde supo de la inexistencia de Santa, Demiana asumió cara de preocupación al reconocer incertidumbre en el llamado. A pesar de la adolescencia, su cara conservaba la contemplación de la niña imposibilitada a entender cosas de mayores. Cuando papá y mamá iniciaron el diálogo y soltaron la desventura, su rostro se descompuso expresando el dolor más fuerte que su alma había sentido.

La joven Demiana cubrió su rostro con sus manos, no entendía porque había sido llamada a perder la brújula de los sentidos y de súbito sustituirlo por un umbroso vacío donde era imposible sostenerse. El predominio de la oscuridad le contuvo el color de la vida y para alguien que gusta de dibujar significaba una gran pérdida. Sus oídos también sufrieron por la condición atenuadora, la música que tanto le agradaba dejó de ser enteramente satisfactoria. La noticia la llevó a la repentina tristeza y la sombra, ante el tacto de sus garras, transformaba cada cosa sin esperanza de manifestar un ápice de humanidad; se sentía impotente ante una máquina más grande de la cual exigía explicación.

Con el transcurrir de los días, sus padres se volvieron fantasmas que intentaron hacerla reaccionar. Dejó de bailar y de volar sobre telas y no hubo eufemismo que levantara, aunque fuera por engaño piadoso, la vitalidad necesaria para seguir en pie. Su oso Coco había perdido la gracia de sustituir amor y en ese estado de completa fragilidad, un día se acercó a su padre y le dijo que le gustaría, en sustitución de aquel sufrimiento, mejor no existir.

Y no existió por un tiempo, en su boleta de calificaciones las faltas constatan el hecho y, a pesar de la ausencia, las buenas calificaciones permanecieron, porque Demiana, poseyendo un alma brillante, jamás dejó de aventurarse. Haciendo un esfuerzo sobrehumano, y por decisión propia, dejó de escuchar a su psicóloga, ya que dijo, no le funcionaba. Se sujetó a sus buenos dibujos, los que aprendieron a vivir, también, faltos de felicidad. Al llegar de la escuela, abría los libros y aparentaba estudiar mientras escuchaba música, lo cual le otorgaba un poco de libertad, la suficiente para no escuchar el martilleo que el mundo generaba y así se mantuvo, tratando de ganar ímpetu, hasta que un día, cansada de la reiterante pregunta, decidió que no quería el sufrimiento para sí, y jugó su mejor partida ante la máquina de la separación. Elevó su halo de luz y fue tanto su resplandor que logró erradicar la oscuridad. Se hizo de una capa de colores, que sustituía los que faltaban, y al ganar la partida exigió como recompensa un par de zapatos que le hicieran no sentir la tierra con pies descalzos. Mamá y papá hicieron lo propio, cada uno trajo un solo zapato para completar el par que Demiana ocupaba y que entendiera que, a pesar de las vicisitudes, seguía contando con ellos, y que asistirían al llamado de un mismo corazón que latía vivo.

Ante la valiente decisión de enfrentar la realidad, Demiana entendió que el esplín no es el único motor en el juego de la vida, y que son muchas las variantes que lo soportan; que la existencia permite jugar en todas las modalidades y descubrir que en algunas hay cosas buenas por experimentar.

La joven Demiana ganó en entereza para afrontar cualquier situación que se le impusiera y al haber superado la separación, abrió camino para manipular a la máquina de la posibilidad, donde lo que ella quisiera sería realizado. La posibilidad le enseñó a perder el temor al ridículo y el poder de enfrentar cualquier situación, le dijo que el mundo era suyo, que podía bailar cuando quisiera bailar, o volar si lo deseaba, que podía crear música si le placía o disfrutar de los momentos que ella misma generara…

Si pudiera, como reparador de máquinas, darte un consejo, querida Demiana, te diría que te decidas a jugar siempre, y que cuando lo hagas, juegues lo mejor que puedas; porque es fácil perderse en liviandades. Debes saber que las máquinas de dudas son abundantes y atractivas a la vista, mas nunca dudes de la llamada máquina de la felicidad, porque puedo asegurarte, pequeña, que el día que naciste, tanto para tu mamá como para tu papá, fue el día más feliz de sus vidas, lo que demuestra que por encima de cualquier desarreglo que el mundo llegue a tener, la felicidad existe y es posible también para ti.

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