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01 septiembre
2016
Literatura Narrativa Relato
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DE LAS IMPOSIBLES CARTAS ENCONTRADAS EN LAS PÁGINAS DE UN LIBRO

Por Iván Dompablo

I

Tengo treinta y tantos años; acabo de abandonar mi trabajo de cajero en una tienda de conveniencia para terminar de estudiar la licenciatura.

francois-martin-kavel-LA CARTA DE AMOR

La carta de amor » Francois Martin Kavel

 

Mis días comienzan y terminan sentado frente a innumerables libros y el monitor de una vieja computadora. Distraigo la rutina algunas veces con la lectura de un libro de pastas oscuras: Todo Belascoarán, anuncian las letras blancas en la portada. En la soledad de mi cuarto, y también de mis días,  me voy identificando más y más con el protagonista: un hombre de aproximadamente mi edad que ha mandado su profesión al carajo para dedicarse a la insólita labor de ser un detective independiente. En la primera novela de la serie ha conocido y se ha enamorado de una mujer a quien el narrador llama: la muchacha de la cola de caballo. Casi al comienzo de la segunda novela, Héctor Belascoarán Shayne, así se llama el protagonista, recibe la siguiente carta:

Inicio con la esperanza de poder explicarte qué estoy haciendo aquí, y antes de haber logrado escribir la primera línea, sé que nunca nunca nunca nunca nunca podré explicar nada. ¡Como si hubiera algo que explicar! Me convenzo de que las fugas no tienen destino final, sino tan sólo lugar de origen. ¿De qué te escapas? ¿De qué me escapo? Pero cuando una se escapa de sí misma, no hay a donde ir, no hay lugar seguro, no hay escondite. El espejo termina por revelar la presencia de aquella de quien huyes, a tu lado.

Te preguntarás qué estoy haciendo, cómo consumo las horas. Ni yo misma podría decírtelo. A veces una impresión, una persona, una copa de chianti, un plato de ternera con pimientos rojos, una visión del mar, me dejan una pequeña huella. Por lo demás, no soy capaz de recontar mis horas. Tan parecidas, tan diferentes, tan sin sentido son. Se van, vuelan. El enemigo debe estar haciendo algo con ellas.

Duermo mucho.

Duermo sola.

Casi siempre.

Mierda, tenía que confesarlo.

Camino como loca. Loca. Eso debe ser.

Te amo te amoamoteamo mo mo mo.

¿Aún a la caza de estranguladores?

¿Cómo decía aquella estatua del Pípila en Guanajuato?:

“Aún quedan muchas albóndigas por quemar”. ¿Era así?

Mándame la cita textual. Exacta, si es posible con la foto del Pípila.

Mándame un mapa del DF. Señala las calles que recorrimos, los parques, las rutas de autobuses. Mándame un boleto de camión, una foto de mi coche de carreras. Una foto tuya tomada en San Juan de Letrán.

Al filo de las cinco de la tarde, caminando, como la de aquel día.

Pronto me aburriré de estar huyendo de mí misma y nos veremos de nuevo.

Dime si me esperas.

¿Me esperas?

YO[i]

La carta es de ella. ¿Por qué a él y no a mí?, envidio al protagonista. “Si una muchacha al otro lado del mar me escribiera cartas así mi vida no sería tan miserable”, me digo con ganas de mandarlo todo a la mierda, enamorado de la muchacha de la cola de caballo, con ganas de cruzar el mar, de ir en su búsqueda; sin importarme que sea un personaje de ficción, porque lo importante es la búsqueda y no el encuentro. Porque, al final, ella frente al mar es más real que yo sentado frente a una computadora.

II

La carta es de María, la encontré en las páginas color sepia de la novela El túnel de Ernesto Sábato. Ella la escribió para Juan Pablo Castel.

He pasado tres días extraños: el mar, la playa, los caminos me fueron trayendo recuerdos de otros tiempos. No sólo imágenes: también voces, gritos y largos silencios de otros días. Es curioso, pero vivir consiste en construir futuros recuerdos; ahora mismo, aquí frente al mar, sé que estoy preparando recuerdos minuciosos, que alguna vez me traerán la melancolía y la desesperanza.

El mar está ahí, permanente y rabioso. Mi llanto de entonces, inútil; también inútiles mis esperas en la playa solitaria, mirando tenazmente al mar. ¿Has adivinado y pintado este recuerdo mío o has pintado el recuerdo de muchos seres como vos y yo?

Pero ahora tu figura se interpone: estás entre el mar y yo. Mis ojos encuetran tus ojos. Estás quieto y un poco desconsolado, me mirás como pidiendo ayuda.

MARÍA[ii]

Dudo un instante…, quiero la carta pero no la historia trágica. Imagino a María en la playa y comparto, o por lo menos eso creo, su sentir, deseo abrazarla. “Vivir consiste en construir futuros recuerdos; ahora mismo, aquí frente al mar, sé que estoy preparando recuerdos minuciosos, que alguna vez me traerán la melancolía y la desesperanza”, releo obsesivamente sus palabras que me hacen rememorar partes de mi vida.

Hay un instante especial de la niñez: Tengo seis años, el sol está por ocultarse y la tarde se ha vuelto amarilla, en el patio de mi casa hay un montoncito de piedras, una llama mi atención, la levanto y en ese instante pienso: “¡seis años, en seis años más tendré doce y habrá pasado muchísimo tiempo!”. Recuerdo las veces en que he contado la anécdota y me han dado otras a cambio, la joven de ojos de nebulosa que una noche al lavarse las manos se sorprende ante la maravilla de poder mirarse en el espejo y piensa en la niña que soñaba ese momento. María frente al mar tiene los labios de la mujer que me ha contado ese recuerdo (En blanco y negro la boca que he soñado, inalcanzable). Quiero la carta, pero no es para mí, le pertenece al pintor Juan Pablo Castel, el pintor que fue procesado por haber asesinado a una mujer, aquel hombre que mató a María Iribarne, el hombre que se ha condenado a sí mismo a la más absoluta soledad. Lo imagino en una celda fuera del planeta, a millones de años luz de distancia, flotando eternamente en la terrible inmensidad del universo, incapaz de olvidarla.

—–

NOTAS:

[i] Paco Ignacio Taibo II. Todo Belascoarán. México: Planeta, 2010, p. 158.

[ii] Ernesto Sábato. El túnel. Madrid: Catedra (Letras Hispánicas, 55), 2008, pp. 100-101.

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