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07 marzo
2017
Ensayo Literatura
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CASI POSMODERNO

Por Antonio Rangel

Escribir sobre mí mismo puede interpretarse, sin duda, como un acto egotista. No soy capaz de negar esa posibilidad. Pero también puede considerarse un acto de humildad, pues en vez de generalizar mis experiencias o postularme como pararrayos de la racionalidad, me conformo con contar lo que a mí me ha hecho sentido.

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Los observadores » Adolfo Vasquez Rocca

 

Precisamente para hallar un sentido me he preguntado: ¿soy posmoderno? Está claro que mi vida es irrelevante y que una respuesta afirmativa o negativa, incluso elusiva como acostumbro, sería intrascendente a menos que en el camino tratara temas interesantes, desentrañara misterios, embonara piezas en el rompecabezas del mundo o, ya de menos, fuera lo suficientemente entretenido.

En otras palabras, acaso debiera responder qué es la posmodernidad; quiénes son los posmodernos; qué ventajas y desventajas tiene ser posmoderno; cómo ha de superarse tal condición, en fin, asuntos que rebasen en importancia mis titubeos morales y puedan despertar la curiosidad del lector adicto a la procastinación.

Si respondiera de forma contundente alguna de esas interrogantes muy probablemente significaría que no soy posmoderno, sino que todavía pienso, como un esforzado humanista de la modernidad, que a través de palabras y discursos trata de aproximarse a un acuerdo que traiga satisfacción para todos.

Si no respondo y me la paso evadiendo, el lector impaciente tendrá derecho a reclamarme y agitarme el índice: si no vas a aportar nada para qué nos engatusas, no es justo invertir el tiempo en una lectura que nos deja en las mismas, además a las claras se ve que eres un relativista, que te saltas las reglas, que no sigues las convenciones, que tus textos ni siquiera son ensayos y que ultimadamente quién te crees.

A eso iba, estresado lector: mis padres me ensañaron unas reglas morales y yo aprendí a desobedecerlas en cuanto se agitaron mis hormonas. Por mi cuenta, a los catorce o quince años busqué mandamientos que me explicaran el mundo y me dieran pautas para armonizar las circunstancias que se me presentaran. El cristianismo fue una especie de base, especialmente la Imitación de Cristo de Kempis, pero al mismo tiempo leía libros de superación personal y unos que estuvieron de moda, medio didácticos, medio moralistas, de Carlos Cuauhtémoc Sánchez. Lo que me preocupaba entonces era el esfuerzo para cumplir con los preceptos morales establecidos. Más tarde, con la lectura de Hesse y Camus, Nietzsche y Freud, y más que cualquier otro, Sade, descubrí el juego de embrocar los valores. En vez de poner los pies en la tierra, puse las palmas de mis manos sobre el piso y caminé, despacito, con las piernas al aire y la cabeza rozando el suelo. Sin notarlo, me estaba adiestrando en la sospecha. Pero la primera vez que experimenté con una lectura la sensación de posmodernidad fue con una novela de Guillermo Fadanelli, Clarisa ya tiene un muerto del año 2000, cuando yo ya tenía 20 años. En realidad, él había publicado una versión anterior titulada No hacemos nada malo, Pamela, en 1996. Las diferencias estilísticas entre una y otra son pocas, pero son, abren zanjas luminosas.

Ahora bien, si la posmodernidad fuera cosa de lecturas qué aburrido. No, la posmodernidad es una experiencia cotidiana en la calle y entre cuatro paredes, en oficinas y cines, en estadios y museos, en el transporte público y en los hoteles. Pero no me atrevo a señalar un momento en el que haya sentido un sacudimiento digno de ser considerado mi iniciación en la condición posmoderna, aunque lo más cercano a tal iniciación fue la huelga de 1999 en la UNAM, que despertó en mí una serie de contradicciones, de irracionalidad veleidosa, no por mi participación marginal y ridícula, sino por mi forma cambiante de entender lo que creí que estaba pasando; tal vez ésa fue la primera vez que sentí que estaba viviendo en un tiempo incomprensible.

“Vagaba por las calles sin el peso de un destino que cumplir…”. Así comienza la novela de Fadanelli con la imagen de un vago, que es el tipo más emblemático de la posmodernidad, ya que vive desilusionado, sabiendo que está de paso en cualquier lugar. Todavía no sé si esta historia está narrada en primera o tercera persona, mejor dicho, nunca lo sabré. Termina quizá con una injusticia. Pero sólo quizá, pues ¿qué certeza tenemos de que un buen final sería una venganza o una reparación de una serie de injusticias? Job con una nueva familia es una payasada. Edipo arrancándose los ojos también. Ni tragedias ni finales felices, ni infierno ni cielo, la vida no es muy dualista en sus cosas.

No ha sido fácil para mí asimilar que hay gente que vive con una constitución ética peor que la de un vago: como turista, éste además de estar de paso, mira las cosas con un fondo de indiferencia, como si no le afectaran, puede tomar fotos y recuerdos incluso de las desgracias; una maleta de levedad que nunca se llena y siempre pide consumir más. Una pésima película de 2010: Comer, beber, amar, me hizo sentir horror ante la figura del turista. Si alguna vez ser ciudadano del mundo fue un ideal, ser un turista en estos tiempos es un acto envilecedor. No me lo justifiquen, el turista es la deshumanización. Zygmunt Bauman dice que “el turista no es un personaje favorable para la moralización”, y yo digo que se queda corto, quienes anhelan una vida de turismo permanente son los abanderados de la irresponsabilidad y la estupidez.

Yo no soy un turista, lo cual significa, mi amable lector, que no soy posmoderno. Es plausible que tampoco sea moderno, pero estoy en mi casa y estoy dispuesto a cerrar la puerta al último, después de usted, lector.

En el 2004 viajé a Cuba y allá conocí a un hombre en el aeropuerto, que se me pegó como guía durante tres días, y en un momento, no sé a santo de qué, me dijo: tú no viniste acá como turista, tú has venido a conocer la realidad del cubano. Él no se enteró que sus palabras me llegaron a esa parte de la memoria que guarda los elogios que más emocionan. Después me pidió veinte dólares y le dio la mitad a una mulata para que le chupara la pinga. Quizá desde un punto de vista pragmático no hay mucha diferencia entre un turista y un testigo pasivo, mas yo considero que sí hay una discrepancia relevante: el turista se coloca a sí mismo como foco de atención y usa las referencias al mundo para sobresalir; mientras que el testigo pretende ser una mirada no notable. Acaso, yo esté a medio camino entre un testigo y un turista, también a medio camino entre un humanista moderno y un posmoderno. Después de todo, sólo a veces defiendo el relativismo.

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