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09 febrero
2018
Cuento Literatura Narrativa
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BAJO LAS OLAS

Por Antonio Rangel

a Elías

Estaré borracho y muerto, pero no soy tonto, yo recuerdo perfectamente a mi hermano, quien ya no está borracho ni muerto, sino en la cruda perpetua, resistiendo el frío sin quejarse y desnudo de seguro porque los gusanos, que se tragan todo, comienzan por la ropa; sin respetar el talento encueran al difunto y lo dejan ñango como un ángel que descubriera de pronto la inexistencia de Dios y no le quedara más remedio que mendigar entre los mercaderes jitomates y lechugas podridas.

Esta historia no es sobre mí, que no fui nadie. Los perros pintos y tiesos que levanta el carro de la basura de las calles alcanzan más fama que yo. A mí me humillaron mis padres, mis valedores y mi novia. Sólo mi hermano quiso que yo alzara la cabeza, que encontrara ensueños en las nubes y que también  me detuviera a restregarme el olor de las flores, a ver si de ese modo comprendía que el mundo era algo distinto a la pura porquería.

También tuve una hermana, nuestra bella Patrocinio, por quien combatí mis primeros combates con tal que los rapaces vecinos supieran que ella no era una más, sino una hija de familia, no de familia de las que llaman decentes aunque abunden sus hipocresías, sino una familia que se baja trozos de cielo cuando sale a la calle a desparramar la música.

Don Jesús, nuestro padre, había aprendido a tocar el violín durante una batalla contra los gabachos. Antes de la guerra me había procreado. Cargaba el arpa por las calles de Santa Cruz, aunque la gentuza no sabía apreciar sus interpretaciones. Doña Paula, que entonces era una jovencita y después fue nuestra madre, aprendió a cantar a su lado, luego se casaron y tenían sus planes, sólo que llegaron los soldados del imperio  y no dejaron espacio para un arpa enamorada de una soprano.

Las guerras, tarde o temprano, terminan dejando al mundo exactamente igual que como estaba antes. Sólo que mis padres no encontraron su Santa Cruz igual que antes, sino casas abandonadas, cero fiestas, llamadas a misa a las que sólo ancianos acudían tan despacio que llegaban hasta la siguiente misa. En una de esas ocasiones solitarias, yo me viré para contar todas las bancas vacías. Juro que las maderas hacían la lucha por abrir los ojos y mover un bracito astilloso como para que mis padres no se sintieran los últimos habitantes de Santa Cruz cuando el cura bautizó a mi hermanito, que nació con el oído despierto, presto a escuchar los más leves crujidos de las maderas, mi admirado José Juventino Policarpo Rosas Cadenas.

Yo punteaba la guitarra con torpeza pero sonriendo para ver si le hacía gracia a la gente y que no prestaran atención a mis descuadres y destiempos. En cambio, Juventino, a pesar de tener siete años me reprochaba con la mirada que no pudiera seguirlo cuando tocábamos juntos por las calles de Peralvillo aires y canzonetas.

Ahora mismo me he saltado un fragmento: nuestro viaje y arribo a la Ciudad de México y el singular episodio de las legumbres. Regateaba nuestro padre con don Macedonio sobre el costo de una habitación para hospedarnos, cuando mi hermanito descubrió la sonoridad de sus dedos entre las lentejas, las habas raspadas por sus uñas, los ejotes lloviendo sobre los frijoles. No era un niño jugando con las semillas inconscientemente, era un músico componiendo. El señor Macedonio se molestó al principio, más se apaciguó enseguida. Ofreció un hospedaje decente a nuestra familia.

Nos convertimos en porteros de una vecindad. Mi padre no encontraba un lugar en una orquesta y las cantinas lo fueron jalando. Nos jaló con él a tocar al Gallo de Oro, a la Estrella de Oro, Los Sueños de Oro y las Olas de Oro. Toda cantina por más maloliente, sucia y barata que fuera tenía en su nombre una referencia al metal de los ambiciosos. Y nosotros debíamos soportar las leperadas tanto de catrines como de chilapastrosos. No importa nuestro talento pues somos prietos y aquí nos tocó tocar, decía en sus ratos más amargos nuestro padre. Juventino no se dejó convencer nunca y su mirada atravesaba las paredes de las cantinas y de las pulquerías y se iba más lejos, cruzaba el barrio de la Merced y continuaba elevándose por encima de los límites de la ciudad, más allá de los volcanes, de la sierras y hasta las  costas de un mundo que no es éste.

Tal vez no debió poner sus ojos tan allá. Porque acá, sobre el suelo escupido que pisamos, cualquier zángano puede gritarnos: A ver, escuintle rascabarrigas, a ver si aprendes a tocar algo que no suene a chillido de puta. Y nuestro padre apresurándose para defender al crío: No le hable usted así a mi hijo. Y el impertinente: un músico de la legua no me va a decir a mí cómo hablar. Mi padre nos quiso alejar de aquel hombre, se dio la vuelta y nos empujó por los hombros. Pero yo no pude contenerme. Le grité que era un hablador, que no sabía nada y que si le pareció oír un chillido de puta sería porque su madre lo acostumbró a tal sonido. Así que no me sorprendió que sacara la pistola y quisiera matarme. Lo que no esperaba era que mi padre se interpusiera entre la bala y mi cuerpo. Sé que hice mal. Le rompí mi guitarra en su cabeza y alcanzó también a atravesarme el pecho con otro balazo. Por mi culpa mi pobre hermanito tuvo que ver nuestros cadáveres y conseguir dinero por las calles sin parar durante cuatro días para enterrarnos. Y para colmo, lo espanté muy feo la primera vez que me le presenté como ánima del purgatorio.

Mis intenciones no eran malas. Descubrí que unos valemos más muertos que vivos. Juventino no, él valía porque hacía la vida cuando tocaba y cuando componía. Así que empecé a aconsejarlo con buenas intenciones: que fuera con los Aguirre, que tocara con la Peralta, que dejara su timidez, que mostrara su talento, que no dejara de practicar, que se midiera con la bebida, que fuera el genio que estaba destinado a ser. Me hacía caso al principio: le pidió amparo al doctor Espejel, él le abrió las puertas del Conservatorio, allí estudió solfeo y teoría musical, pero por más que yo le decía que tuviera paciencia, se me aburría y evadía sus clases, y se ponía a componer como loco mazurcas y valses, cosas de virtuoso hasta que lo suspendieron.

Le rogué para que se reinscribiera. Cada que se emborrachaba ahí estaba yo duro y dale, ándale, Juventino, regresa al Conservatorio, mira que ahí te estiman. Volvió sólo por un tiempo. Fue esa época en la que compuso “Carmen” y tocó en Chapultepec frente a Carmelita Romero Rubio, esa niña con la que don Porfirio se había casado. Y la hizo llorar.

Por aquel tiempo, mi pobre Juventino sólo poseía un petate, sus zapatos estaban rotos, su voz se había raspado a pesar de sus veinte años. Pudo tocar sólo dos piezas en el piano que la primera dama le regalara antes de que los avariciosos le exigieran que lo vendiera para que pagara sus cuentas pendientes.

Apenas le rindió el dinero del piano unas semanas. Compuso otros valses para damas que le pedían una pieza con su nombre como si de esa manera pudieran hacerse las bobas inmortales.

Ni siquiera Dolores, ni siquiera la musa  que inspiró Über Den Wellen, se hizo inmortal. Mi hermanito enloqueció cuando la vio. Tenía ojos negros brillantes. Hablaba con dulzura. Su piel blanca, sus dedos delgadísimos y delicados, los movimientos de su cuerpo. Él no podía acercársele mucho porque comenzaba a escuchar, yo qué sé, cuerdas del otro lado de la existencia. Platicaba muy brevemente con ella y enseguida se echaba a correr, buscaba una sombra, un silencio y escribía, luego se ponía a tocar y recordaba que no se había despedido ni concluido la plática ni dicho a dónde iba. Sólo sabía que las otras sirenas lo llamaban.

Porque hay dos clases de sirenas. Se lo había dicho en una cantina a cierto escritor durante una borrachera: estamos naufragando porque no podemos perdernos el canto de estas sirenas del alcohol y la mariguana, de la bohemia y de las mujeres decadentes; pero también hay otras sirenas, yo las escucho, hermano, otras ninfas acuáticas, que no invitan al naufragio, sino a elevarnos sobre las olas. Te juro que ella es una nereida. Oigo a su alrededor notas que debo tocar. Y después descubro que han transcurrido muchas horas, que tengo partituras enloquecidas, que no sé dónde estoy y me meto en la cantina más cercana porque me llaman las sirenas del vicio para sepultarme bajo estas olas.

Pobre hermanito, tal vez yo tuve la culpa por aconsejarte todas las noches, te hice creer que te estabas desquiciando. ¿Para qué te subiste a un barco hacia Cuba? ¿Para que no te siguiera? Yo no me iba a perder los aplausos que te dedicaban al oír Over the waves, y las madames enloquecidas por conocer al compositor de Sur le vagues. Ay, mi hermanito, qué grande fuiste.

Desde tu muerte, todavía no te encuentro ni en Cuba ni en México, tu alma quedó lejos de tu cadáver, y no sé dónde. No me apuro, aún tengo la eternidad para encontrarte, Juventino, hermano.

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