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26 marzo
2015
Literatura Poesía
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BAJO LA LUZ AMARILLA

Por Alberto Navia

 

I

Despertar bajo la luz amarilla de los días continuos.

Despertar bajo el precepto que me guía cada vez a tu presencia.

Bajo las gotas que caen por las tardes y hacen correr a las muchachas de

faldas grises y tableadas.

Bajo el “siempre” que duerme cada tarde la esperanza.

Aquélla que se va juntando cada día.

Aquélla que convierte nuestros sueños en fuerte griterío.

Despertar, abrir los ojos por la fuerza.

Para no ver nada, siempre nada.

Simplemente porque se tienen que abrir los ojos todos los días.

Por la fuerza de la costumbre.

 

II

Me miro en los espejos que bordean el camino y me sorprendo:

Porque no he cambiado o porque cambio.

Porque las voces que me llegan me lo dicen y lo entiendo.

Me miro pero no me miro, me desconozco.

Los otros ojos, los que si me miran me van formando, me construyen,

me dicen como mirarme.

Y entonces soy su amigo, su compañero, su semejante.

¿Dónde se ha visto, carajo?

Abrir los ojos por las mañanas y no mirarse, desconocerse.

Hasta que me digan como mirarme, para ser semejantes.

Y las muchachas de uniformes grises siguen huyendo de los goterones

que caen, para no mojarse.

¿Y la luz amarilla de todos los días?

¡Me tiene sin cuidado!

Porque la esperanza acumulada la ha eclipsado, porque ya no deja ver nada.

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