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04 julio
2017
Literatura Narrativa Relato
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ANDANZAS DE CANTINA

Por Víctor Hugo Pedraza

Me llamo Ifigenio y soy periodista, sonó a presentación en el AA, en fin. Tengo una costumbre de antaño, los demás la llamarían vicio, específicamente alcoholismo, para mí no es así. Esta costumbre es más un rito, una ceremonia, porque tiene todo un  sentido simbólico, y no es que vaya derrochando simbolismo en cada cantina y, mucho menos, que esté diario en ese apreciable lugar, sino que, acostumbro tomar un trago justo cuando termino de leer un libro —por cierto, ya me debo varios.

Resulta que voy a la cantina por ese motivo  y sólo tomo un trago, siempre de whisky en las rocas junto con un vaso de agua mineral —así lo aprendí de un don que bebía grandes cantidades de ese elixir—, me reservo la marca, cada quien sus gustos, además no soy de andar haciendo comerciales, ni ventilando mis placeres.

En cuanto al lugar, puedo decir que tengo una extraña fijación: busco lugares alejados del bullicio, con quien se pueda platicar —generalmente los cantineros son buenos conversadores— o donde pueda pensar en la inmortalidad del cangrejo sin ser cuestionado o molestado. Por eso no debe ser un bar, mucho menos un antro, ¡cantina con todas sus letras!, estilo far west mexicano, barra, contrabarra llena de botellas de casi todos los colores y sabores, escupidera, bancos, tarros, vasos, agua quina, limones partidos, saleros, agitadores, bagaceros, cantinero generoso y meseros experimentados.

Sí, igual se me puede catalogar de quisquilloso, solitarioantisocial y extraño, mundano. Pero no, también busco historia, historias e identificación y en la cantina los he encontrado. Supe, hace como 30 años, que aún existen 7 de las más antiguas en la ciudad. Imagino la cantidad de personajes que deambularon por ahí y todo lo que se puede contar de ellos.

Así que como todo ingenioso hidalgo, tomé mi armadura y salí al encuentro con la historia. Trace un mapa para visitar los siete templos en un día, claro, no tenía más tiempo – por el trabajo- y andaba corto de dinero. Entonces salí al encuentro con el pasado.

Sin más me encaminé a la calle de Independencia #26, esquina con Dolores, en el mero centro del Barrio Chino y de la ciudad. Ahí mi primer punto: la cantina El Tío Pepe y con ella todo lo que antes dije sobre mis especificaciones de lugar y pasado. Resulta que El Tío Pepe cuenta con un reconocimiento  a causa de sus 100 años en ese cruce de Independencia y Dolores, bueno, ahora más, porque se presume fue abierta en 1902, llevando consigo dos nombres anteriores: uno era Habana y otro La Oriental.

Se nota que me documenté, ¿no?

Me leí la revista Crónicas y Leyendas Mexicanas, tomo 13, el que titularon “Cantinas. Templos de la salud”. No podía llegar como turista primerizo. Había que estar a la altura y presumir que sabía. Haber, ¿de qué iba a platicar con el cantinero o bueno, en el mejor de los casos, con una señorita? No, por eso me dije: “Ifigenio, ponte a leer, cultívate y piensa que cada punto final significa un trago más a la lista”.

Después de este breviario cultural,  El Tío Pepe me recibió con los brazos abiertos o las puertas, pa’l caso es lo mismo. Cómodos gabinetes en forma semicircular, fotos en blanco y negro desparramadas sobre las paredes, botana a la orden del día y la atención que me merecía. Pedí mi angelical trago de whisky en las rocas y agua mineral.

¡Carajo, vaya placer! Ese líquido frío llenando con sabores a madera toda mi lengua y provocando un estruendo en mis pupilas no se puede comparar. Pensándolo bien si se puede comparar, pero no puedo decirlo, estamos en horario de niños.

¿En qué estaba? Ah sí, mi éxtasis. Bien, duró tanto como los minutos en que se derretían los hielos dentro del vaso. Me permití otro, total la deuda que me tenía era amplia. En tanto, un buen samaritano se acercó a la rockola y depositó sus 10 pesitos para sorrajarnos 3 monumentos musicales. Comenzó con Dos gardenias de Buenavista Social Club, se me atoró el whisky; después Luces de Nueva York con la Sonora Santanera, me hormigueaban las plantas de los pies; cerró con  el Grupo Niche, Cali. Eso fue el acabose.

—¡Otro whisky en las rocas y agua mineral!, pedí entusiasmado. Total, encarrerado el tren ni quién lo pare.

Uno más, otro, bueno un par, qué más da, claro los intercalaba entre caldo de camarón, caracoles, un par de quesadillas de queso, fetuchini a la mexicana, prometían barbacoa, pero nunca llego. La lista del  whisky en las rocas y agua mineral crecía exponencialmente hasta que todo comenzaba a dar vueltas, bueno, ni el cigarro ya me entraba.

Por enésima ocasión intenté levantarme, sólo quedó en eso, en un intento, ya no pude. Fue entonces cuando entendí que mi empresa no se cumpliría y que ahora tenía que leer muchos libros para quedar a mano.

Me quedé dormido sobre la mesa. Supongo que pasaron varias horas hasta que un mesero me despertó:

—¡Oiga, oiga, se tiene que ir, ya vamos a cerrar!, me dijo.

Abrí los ojos, ya no me sentía tan mareado, la pestaña me había ayudado. Pagué la cuenta y salí. Era madrugada, aún. Miré a uno y otro lado, fuera de El Tío Pepe, para ver  a dónde caminar. Agarré con dirección a López. Ahí me paré frente a una casa vieja, de esas donde espantan, dicen. Escuché risas de niños detrás del portón de madera. Se me bajó el resto de la peda y me moví de ahí. Esas risas no eran normales. Busqué un taxi y me fui a mi casa.

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Mi recorrido aún está pendiente y en la lista de tareas. Ya tendré tiempo para continuarlo, si estos de la redacción me dan un suspiro, pero ahora sí, sólo un trago y ya.

IMAGEN

En la cantina >> Óleo (1949) >> Juan Antonio Viana

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Farsante >> Frank Caspe

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