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06 julio
2018
Literatura Novela por entregas
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ABRAXAS

5.2. LA LIBERTAD

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Por Alejandro Roché 

Súbitamente, Deizkharel es contagiado de esa “alegría”, desconoce la razón, pero sus puños se desvanecen en palmas abiertas y camina para dar un abrazo. A Alétse le sorprende esta escena, no sólo por el recelo de Deizkharel ante el visitante, sino además por el afectuoso saludo de él hacia Dadahellux; poco característico en su esposo.

En tanto, Dadahellux igualmente lo recibe en brazos abiertos. El encuentro es confortable, casi familiar; separándose:

—Espero no te moleste mi excesiva confianza al poner un poco de música.

—No, por supuesto que no. ¿Cómo crees? ¡Ah! Por cierto—Voltea y ve Alétse—¿Ya conoces a mi esposa?

—Sí, ya nos presentamos. ¿Verdad señora?

—Sí… gusta una tasa de café… leche… té… o algo…

—¡Oh! No, señora, gracias pero ya cené. Por otro lado… le agradecería si me permite bailar esta pieza.

—Pues no sé… — voltea hacia Deizkharel en busca de su aprobación y a la vez con un gesto de “no quiero bailar, dile que no” y, a pesar de ello, Deizkharel sonriendo, responde con un ademán brindando a Alétse la libertad de elegir. Ante tal situación y por no desairar al amigo de su esposo, acepta, no sin advertir su falta de ritmo. Deizkharel se encamina al servibar para servirse una copa de vino tinto y tomarla sentado en el sofá.

Parados entre el comedor y la sala, Dadahellux ve directamente a los ojos de Alétse y con mucha seriedad sentencia:

—Mhmm! Creo que no tengo ni idea de cómo bailar—sonríe y al tiempo, con su mano izquierda, toma la derecha de ella, y la otra la posa en el talle, en tanto Alétse instintivamente coloca su siniestra en el hombro contrario y comienzan a bailar.

—¡Gracias por concederme esta pieza!

—No hay nada que agradecer.

—De todos modos… ¿Sabes? Creo que tu esposo es muy afortunado.

—Gracias…

—Forman una bonita pareja…

—¿Usted cree?

—Sí… ¿Tú no…?

—Pues sí… aunque a veces…

—¿No eres feliz?

—Él es… no es nada, olvídelo…

—No, anda… dímelo… ¿O no tienes confianza? Te comprendo, apenas me conoces y yo ya quiero entrometerme en tu vida.

Alétse lo mira, cierra los ojos, baja la cabeza, por un momento piensa que ese tipo quiere ahondar en su intimidad, y ella no es mujer que divulgue vida privada. No obstante, Dadahellux despierta en ella un sentimiento de familiaridad que prefiere pasar por alto y, segura de si, erige la cabeza, encontrándose con una mirada penetrante, imposible de sostener con la suya y, ante el peligro de un posible ruborizamiento, la desvía hacia el suelo y contesta:

—No es eso…, lo que pasa es que no me agrada contar ese tipo de cosas.

—¡Ah! Ya entiendo. Soy un extraño. No tienes que disculparte… es sólo que soy un entrometido…

A Alétse, la mirada de Dadahellux impresa en su mente le roba toda concentración, y en un afán de evadirla se deja llevar por sus pies al compás de la música.

—Sí… no es nada personal..

—¡Oh! Sí… te comprendo, es sólo que en tu rostro hay un velo de soledad… tristeza… desazón… y sentí curiosidad…

“¡¿Soledad?! ¡Sí!” Apenas el corazón de Alétse escucha tal palabra, se agita, y disimulando solo agrega:

—¿Soledad? Tal vez…

—Sí. Hay una enorme soledad, te envuelve y te mima en todo momento. Dime ¿Cómo es tú vida?

—Pues… normal.

—¿Normal…? Qué aburrido, la vida es un regalo que los dioses mismos envidian, y mira, tú la desperdicias en trivialidades. La vida es exuberante en sensaciones exquisitas, pero hay doctrinas inmundas que engañan a los mortales, obligándolos a revolcarse entre piedras y espinos en aras de hallar la perfección cuando su naturaleza no es esa, y así, mujeres como tú, reprimen sus instintos tras una prisión llamada recato, moralidad y buenas costumbres.  Dime ¿Tienes miedo de sentir placer?

“¡Placer! ¡Sí!”, mas ni siquiera pensarlo, y temerosa da un paso atrás, Dadahellux igualmente lo da sin perder el ritmo.

—¿Qué clase de pregunta es esa?

—¡Ah! ¡Vamos!, yo se que tú eres de mente abierta. Dime, ¿como te agrada que te hagan el amor?

—Vaya… es usted curioso.

—Sí… pero… sólo un poquito…

—La curiosidad mato al gato… no lo olvide.

—¡Mhmm! Jajaja! Y te doy la razón, pero al igual que los mininos tengo siete vidas y la séptima es la inmortalidad.

—Sí… ¡ajá! Y luego….

—Y luego ¡mhmm!, me encantaría que me confesaras cuáles son tus fantasías.

—¿Está usted loco?

—No… ¿Te escandaliza hablar de esto?

Alétse queda muda, pues su pareja de baile tiene razón, pero no sabe ni puede aceptarlo y su única repuesta es un ruborizamiento.

—¡Mhmm! Eres tímida, esta es la segunda vez que te ruborizas… Dime… ¿Por qué no te liberas? ¿Por qué te reprimes? ¿Qué te aprisiona y ahoga? Es una opresión, un estremecimiento ante los exquisitos placeres de la vida. A veces te acostumbras a lidiar con ella, en ocasiones la menosprecias, mas nada funciona. Porque tus deseos de volar en libertad, poseen vida propia y se reproducen a cada instante que ves una escena excitante en la televisión, o de noche, si caminas en la acera y pasas cerca de parejas besándose. ¿Cuántas han sido las veces que aligeras el paso, con el propósito de atrapar susurros amorosos y respiraciones agitadas? En esos momentos estás dispuesta a disfrutar de un hombre, sin embargo las cadenas del remordimiento son más fuertes que tus ansias de libertad. No debes aprisionarte en tus principios pudiendo de un solo aleteo ver todo lo bueno que la vida te da, así como lo malo…. ¿por qué no? —el asombro en la cara de Alétse se hace notar—¡Sí!  Lo malo. Como podrías valorar a Deizkharel sin antes probar la soledad, y aún ésta es preciosa, pues así puedes conocerte. ¿Por qué te asusta? ¿Por qué la necesidad de tener alguien a tu lado? ¿Qué tiene de terrorífico la soledad? ¿Te atemoriza penetrar en tu inconsciente y descubrir quién habita en las profundidades de tus recuerdos, encontrar tus miedos, traumas y temores? ¿Te incomoda estar contigo misma? ¿Por que? Tú deberías ser la mejor amiga de Alétse. Hay cosas de las cuales ni siquiera gustas de recordar, no sea que de tanto hacerlo tus labios puedan traicionarte. ¿O no? Cuando estas sola, ¿qué haces? Enciendes la televisión, pero aunque llega Deizkharel el vació no se ausenta; sólo es apaciguado ¿Y sabes la razón? El motivo es que no sabes quién eres tú. Te desconoces en esencia y no importa cuántos amigos tengas ni cuán grande sea tu familia, siempre estas aislada. ¿Qué será peor: estar sola o sentirse sola? ¿Por qué no vagas y escudriñas en tus sueños más intrínsecos y dejas en libertad tus instintos? ¡Sí! Esas fantasías que te apresuras a guardar hondo con tan sólo asomarse. ¿Son malos pensamientos? ¿Es pecado? Cuantas veces haciendo el amor con tu esposo, quisieras experimentar nuevas formas de amarse. ¿Por qué no explorar nuevas maneras de dar y recibir placer? ¿Tienes miedo de lo que piense él si acaso se lo propones? ¿O me equivoco? ¿Sabes qué pensamientos deambulan en su mente? ¡Lo mismo! Y al igual que tú, ni siquiera se atreve a mencionarlos  ¿Y sabes que hace él? Va y paga una prostituta. A veces tiene aventuras, pero…  dime…. ¿confías en su fidelidad? Tal vez soy un mentiroso.

—Quiero pensar… bueno, no importa mucho. Las demás serán aventuras, yo… yo siempre seré la esposa, las demás son… — y con aires de mujer digna… — yo soy la reina, las otras… son cortesanas.

—Interesante manera de manejar la infidelidad, pero… ¿por qué ir a escuchar misa en una capilla cuando puedes hacerlo en la Catedral?

—Pues sí… los hombres son así. Son niños experimentado emoción tras emoción.

—¿Y por qué no le brindas las emociones que busca? Haz que cada entrega sea mejor que la anterior, cada ocasión debe ser una nueva experiencia, única e irrepetible.

—Pues sí… pero él debería dar el primer paso ¿No?

—El también tiene esa necesidad y no se atreve a externarla, por ello alguien deber dar la pauta.

—Pues que sea él…

—¿Y por qué no tú? ¿Por que él es el hombre? ¡Ah! Ustedes las mujeres hablan de la liberación del hombre, pero antes deberían autoliberarse. Deberías saber que un hombre en brazos de una mujer comprensiva que sabe disfrutar de su sexualidad, es barro. El hombre quiere a una mujer que sea una dama en la mesa y una puta en la cama, y esto nada tiene que ver con la hermosura; por ello, fúndelo, moldéalo a tu gusto, edúcalo; y será tu esclavo.

—¡Vaya! Eso que usted dice es muy interesante… pero hay cosas más importantes que el sexo.

—¿Cuáles?

—Los sentimientos

—¿Cuáles?

—El amor… la fidelidad…

—Los sentimientos son un lastre. Dime: ¿Cuántas lagrimas has derramado por culpa de ellos? Aun así te aferras, admiro tu terquedad de poseer lo desconocido. ¿Deseas hallar un fantasma aun cuando sólo has escuchado historias de él? ¿Por qué? Nunca lo has visto, ni siquiera tienes pruebas de su existencia y aun a sabiendas de ello, vagas por laderas escabrosas, padeces sed cargando a cuestas un gran espino, con el único anhelo de ver brotar algún botón, y no te das cuenta que desperdicias tu vida, porque las espinas chupan tú sangre marchitando los mejores días de primavera en busca de una fantasía y, cuando te des cuenta, el invierno pisará tus talones; entonces querrás correr, pero tus piernas ya no responderán de lo exhaustas. Entonces, arrodillada, observarás cómo la nieve te cobija, y así, bajo el abrigo de una blanca soledad, contemplarás el ocaso, mientras las ilusiones del pasado se desvanecen entre tus huesos.

Y a pesar de las singulares ideas de Dadahellux, Alétse sabe que tiene razón, pues aunque esté casada con Deizkharel, él no la ama; pero ella a él, sí. Esta situación le entristece mucho, la deprime y muchas veces llora, pero no quiere dejar al hombre amado, porque guarda la esperanza de que el tiempo y el cariño profesado serán suficientes para germinar amor en el corazón de Deizkharel.

—¡Vaya…! creo que ya acabó la canción… Sin embargo, podríamos seguir bailando; mira a Deizkharel—en tanto él, tiene la cabeza ligeramente inclinada con el mentón apoyado en un puño y el codo sobre el brazo del sillón—A ver, quiero saber cuán bien lo conoces; dime: ¿En que esta pensando?

Alétse le mira un instante, y mientras se encamina hacia él, asegura:

—Deizkharel esta dormido.

Dadahellux de pie, entrecruza las palmas, camina a la sala moviendo la cabeza, sonríe y entre dientes:

—¡Ah! Mi buen Deizkharel, no hay duda que ella fue la mejor elección.

Alétse inclinándose frente a Deizkharel le da un beso en los labios.

—Despierta cariño..

Deizkharel se disculpa por dormirse, Dadahellux invita a tomar asiento a Alétse y ella sentándose a lado de Deizkharel:

—Sólo un momento, porque debo ir a preparar su habitación.

—¡Ah! ¡Claro!

Dadahellux se acerca a Alétse, posa su mano izquierda en la faz de ella; casi acariciándola y ella cae desmayada en las piernas de Deizkharel.

—¿Qué le hiciste?

—Es el velo de la muerte.

Deizkharel intenta golpear a Dadahellux, pero esquiva el golpe, y con  el cuerpo inmóvil de Alétse entre sus piernas se ve imposibilitado ante el miedo de perder a su esposa.

—¡Tranquilo! ¡Te exasperas! Ella no ha muerto, está viva… sólo duerme… Esto es entre tú y yo…

Deizkharel sin recapacitar, da por sentado que Dadahellux habla con la verdad.

—Sí, tienes razón…

—Dime, ¿Aun no me reconoces? ¿Aun no sabes quién soy?

—Eres… te conocí en la mañana.

—¡Ay! ¡Deizkharel!

Dadahellux toma entre brazos a Alétse, cuidadosamente la recuesta en otro sillón, voltea, ve a Deizkharel, camina inclinándose frente a él, con ambas manos toma la cabeza de éste para llevar el rostro frente al suyo, con voz pausada y suave:

—Mírame a los ojos, tal vez así puedas recordar quiénes somos.

Deizkharel fija la mirada en la de su huésped. Paulatinamente su imaginación es invadida por entes, imágenes imprecisas arrejuntándose unas y otras, olores y sensaciones jamás palpados se arremolinan en sus sentidos, y todo ello semejan recuerdos fugaces destellando en su pensamiento. Repentinamente, una palabra emerge desde el vació interponiéndose a todo el collage de recuerdos, dicho vocablo masturba su conciencia a una intensidad tal, que necesita expulsarla de su ser e, inconscientemente, musita:

—¡SAXARBA!

Al momento de pronunciarla, Dadahellux avienta la cabeza de Deizkharel, llevándose las manos a la suya lanza un estridente grito. Deizkharel aturdido, permanece en trance. Dadahellux apoya su cabeza en una pierna de Deizkharel, sollozando:

—¿Por qué Deizkharel? ¡Ah! Mas, tuyo no es el yerro. Los culpables son ellos, abusan de ti. ¡Cuánto tiempo te han utilizado! Tú y yo nunca debimos separarnos, sin embargo, ello no volverá a suceder, y me encargare de cumplir mi promesa.

Dadahellux erigiéndose, con ambas manos abofetea a Deizkharel, éste apenas reacciona al primer bofetón y, al segundo, vuelve en sí de un sobresalto. Dadahellux se disculpa, cruza los brazos y solemnemente pregunta:

—Dime: ¿Qué te han dicho?

El delirio mantiene a Deizkharel sumergido en la abstracción de sus pensamientos, en donde, en medio del aturdimiento, deambula una pregunta a la que intenta hallar respuesta, no obstante, dentro de sí sólo halla incoherencias que sus labios pronuncian:

—SAXARBA, un Demonio… un Dios… no… un Demonio… sí, eso es…… o no sé…

—¡Ah! Mi buen Deizkharel de cuantas nimiedades te han llenado la cabeza… ¿Y que más…?

—El tiempo… tú eres el Demonio…

—¡Ah! qué te puedo decir. Mejor ve y pregúntaselos, podría decírtelo, pero la curiosidad me embriaga y quiero ver qué hacen. Ve y diles lo que pasó, tal vez al saber que ya estoy aquí te digan la verdad, anda, ve y pregúntales.

Deizkharel le mira con rostro asombrado:

—¿Cómo?

—Tú sabes como, cierra los ojos, recuerda el momento en que tuviste esas visiones. —Deizkharel asienta con un gesto, baja sus párpados.—Torna tus recuerdos un poco más atrás de ese instante, sólo un poco, ahora fija tú mente y evoca la mayor cantidad de detalles que puedas.

En los pensamientos de Deizkharel se observa en la cama, acostado con los pies en el suelo, al abrir los ojos ve el techo azul pálido de su recamara y escucha una voz en lontananza apenas perceptible para sus oídos.

IMAGEN

El demonio sentado >> Óleo >> Mikhail Vrubel

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